viernes, 11 de diciembre de 2009

Pablo, el semáforo en rojo y una chamarra de astronauta

Esta Navidad va a ser una mugre, pensó. Y es que el clima no ayudaba tampoco. Era una tarde invernal, pero a esas horas el día se empezaba a transformar en noche. La somnolencia causada por la calefacción del coche lo adormecía, la marcha lenta de los coches lo sumía poco a poco en un letargo que se interrumpía con cada frenada suave que daba el vehículo. La lluvia tamborileaba el cristal del parabrisas rítmicamente. Con los ojos cerrados, se dejaba sorprender de pronto por el ruido que causaban las llantas del tráfico lento sobre los charcos del pavimento en la avenida. Se imaginaba olas que desde el punto de vista de una hormiga debían de ser terribles, pero desde la perspectiva de los seres humanos eran simplemente una molestia que aumentaba la miseria de los peatones que allá afuera se empapaban esperando algún transporte urbano o algún taxi. Así es fácil imaginar el frío.

Su padre manejaba el coche mecánicamente. Alguna vez se preguntó Pablo si podría manejar como él. Se preguntaba demasiadas cosas porque no sabía si algún día él mismo podría arreglar una fuga como lo hacía su padre, o cambiar un fusible, o encender el boiler cuando se apagaba accidentalmente, igual a como lo hacía su padre. Lo miró desde su propia estatura de ocho años de edad y se preguntaba si los papás van a alguna dependencia de gobierno donde les enseñan a ser adultos o si eso te lo van enseñando en la escuela conforme vas cumpliendo años. Él mismo, por ejemplo, tenía poco tiempo de saber como amarrarse las agujetas de los zapatos. Su madre lo había festejado ampliamente por un rato por aquello, pero viendo a papá conducir el coche, sabía que era poseedor de un conocimiento menor. Aquello era algo de todos los días para un adulto cualquiera.

Un bocinazo lo trajo de vuelta al asiento del coche. Su padre nunca hacía sonar el claxon, lo consideraba de pésimo gusto y supo de inmediato que el conductor del vehículo de atrás era el culpable. Estaban en el cruce de las calles de Carranza y Arteaga, un camión se atravesaba en ambos sentidos, obstruyendo la circulación de la avenida. El semáforo en verde les daba el paso pero aquel camión maniobraba lentamente. Había que esperar. Su padre se veía contrariado. Cuando se desesperaba por algo al ir conduciendo, acariciaba el volante con la mano izquierda, se tranquilizaba y se mordía una o dos veces los labios. Nunca decía nada, nunca gritaba y en esas ocasiones simplemente se volvía hacia él, le acariciaba una pierna o cariñosamente le daba palmaditas en el cachete “¿Cómo está el Jefe Cejas?” preguntaba sonriendo, así le decía de cariño desde la cuna. Solo lo llamaba así cuando estaban solos, nadie lo sabía, ni los abuelos, ni los tíos: era un secreto de ellos tres. Pero en esta ocasión, su padre permaneció con la vista al frente, acariciando el volante, mordiéndose los labios. El camión lentamente desalojó la calle, huyendo por Arteaga. El semáforo cambió su luz y el disco color rojo detuvo el flujo de los vehículos. Pablo entrecerró los ojos y giró su cabeza hacia la acera.

Ahí, parado sobre la banqueta estaba un niño. La lluvia, el frío y la grisura de la tarde lo hacían ver como si fuera una foto borrosa, irreal. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, el suéter sucio a franjas horizontales en blanco y azul, llevaba unos pantalones ajados que no aguantarían una lavada más.

Pablo bajó el cristal de la ventanilla - la pequeña figura estaba a escasos dos pasos del coche - y lo miraba fijamente.

Había bajado el cristal a medias cuando se le ocurrió voltear hacia su padre. ¿Se habría dado cuenta? ¿Por qué no le decía Hijo, la lluvia, el frío, no lo hagas o algo así? Su padre veía hacia el frente.

El disco rojo detenía el tráfico con su mirada sin parpadeo. La lluvia estaba en suspenso, entre el cielo y el suelo. El tiempo, el tráfico y el frío se habían detenido de pronto. Al volverse se topó son la mirada fija del niño que lo tocaba con el vaho de la respiración. Un sobresalto casi lo hace irse hacia atrás.

Hola Pablo. ¿Tú me conoces? Claro, desde siempre. ¿Por qué? Porque así es, por que si te fijas bien, somos iguales. ¿Iguales? Casi, casi iguales, pero hay algo que nos hace diferentes, es algo imperceptible: el tiempo ¿El tiempo? Claro, el tiempo, el pequeño tiempo, los segundos o los minutos, esos que todo mundo gasta sin darse cuenta. ¿Cómo es eso? Muy fácil: sales a la calle y saludas al vecino y mira, ya se te fueron un par de minutos, ves la tele y se te van veinte o treinta y ni los extrañas: tú y yo somos idénticos excepto por el tiempo.

Pablo lo observó de cerca: podría ser su hermano gemelo sin problema, salvo por que sus ojos tenía unas ojeras profundas. Un lejano olor a podrido se filtraba discretamente hasta el interior del coche. Sobre todo Pablo sintió temor por esos ojos profundísimos, que no iban a ninguna parte.

Trató de ser amable: Tendrás frío, toma, te doy mi chamarra de astronauta, me la ha traído mi papá cuando fue a Ciudad Juárez, es impermeable ¿ves? nadie en la escuela tiene una como ésta. El frío es lo de menos, Pablo. Hambre tendrás, yo tengo por aquí mi sándwich que no me comí en el recreo, no tuve tiempo de comerlo. Sí, ya sé, fueron por ti para llevarte al hospital, pero no, hambre tampoco tengo. Tú lo sabes todo. De ti, sí, es natural. Eres raro. No, mírame bien, yo soy tú: ahorita mismo te estás viendo. ¿Y qué tiene que ver eso con el tiempo? Es que el tiempo se detiene a veces para algunos, para que puedan ver como unos segundos lo cambian todo. Nadie en mi cuadra me creerá que me he visto. Nadie le cree nada a nadie, mira, yo soy tú diez segundos antes o diez segundos después de que nacieras, diez segundos antes o diez segundos después de que tus padres te imaginaran, diez segundos antes o diez segundos después que tu resultaras ser el hijo de un matrimonio que vive aquí en Monterrey, y no un niño africano muriéndose de hambre o el príncipe heredero de España ¿ves? yo no soy nada, pero tú si eres. ¡Eres un fantasma! La gente se inventa sus fantasmas, Pablo, pero ahora no necesitas ninguno, simplemente yo estaba en esta esquina y tú atinaste a pasar justo en ese mismo momento. ¿Qué quiere decir esto? Que las posibilidades de que cualquier persona se cruce con el que nunca fue son remotísimas, los que nunca fuimos estamos al alcance de los dedos de quién sea, pero únicamente el tiempo de detiene cuando por coincidencia nos llegamos a encontrar con quién nunca seremos. ¿Tengo suerte al haberte encontrado? No sé, aunque creo que te llevaste toda la buena suerte que me pudo haber tocado. Lo siento. Tú no tienes nada que ver con eso, estas fuera de pedir disculpas o necesitar lástima, pero fíjate bien, en esta ciudad en que tu vives hay otra que se sobrepone y que tiene sus semáforos en rojo y sus chamarras de astronauta: ahí vivimos los que nunca fuimos y todos los días nos rozamos con los que han sido, tal vez eso sirva. Entonces esto tiene una moraleja. No sé, dime tú si tengo cara de fabulista. Se rió y sus dientes amarillentos contrastaban con la palidez de su cara. La sonrisa del otro Pablo era una segunda cicatriz aguda.

El semáforo cambió a la luz verde, el tráfico inició su desfile lento y un camión urbano levantó una ola de agua que mojó a una monja y dos enfermeras que esperaban una unidad de transporte de otra ruta. El padre de Pablo trató de acelerar. El tráfico por Venustiano Carranza apenas se arrastraba por el pavimento.

Pablo nunca lo había visto tan desesperado. El teléfono móvil de su padre sonó y él se tardó en reaccionar. Apenas iba a decirle “Papá, tu teléfono” cuando el hombre se había abalanzado sobre el aparato, entre la densidad del tráfico, se trató de orillar al ver el número. Contestó “Si, si, soy yo Belinda ¿Cómo está el niño?”.

El tráfico se detuvo y varios peatones sacaron al hombre histérico que gritaba desde adentro del automóvil. No, mi hijo, no, Pablo, no. Pablo se trató de quitar el cinturón de seguridad. No entendía nada. ¿Papá? Volteó hacia todos lados.

Desde el cruce de la Avenida Venustiano Carranza y la calle José María Arteaga, un niño con los dientes amarillentos y ojeras profundas le decía Adiós con la mano.

En la otra llevaba una plateada chamarra de astronauta.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Monólogo de Visitante Extranjera














Ahora mismo estoy conociendo tu país desde la ventanilla del avión.

Es grande, y aunque esto ya lo sabía, me sorprende descubrirlo por mí misma. En mi país, los pequeños bimotores de nuestra aerolínea local lo atraviesan de lado a lado en un par de horas y les sobra tiempo.

Desde acá arriba veo campos arados, pastizales extensos o bosques impenetrables. Veo montañas que desde el suelo deben ser majestuosas y retadoras, pero desde las alas del Airbus que me trae hasta acá, parecen pequeñas y humildes. Allá abajo, pasan lentas y heladas, mientras volamos a ochocientos noventa kilómetros por hora, a veinticinco mil pies de altura. Desde aquí paso revista a las serranías de tu tierra. Como jirones y manchas veloces de verdes oscuros y marrones van asaltando mi horizonte, casi como me lo constaste alguna vez.

No sé como son tus ciudades. Por más que las imagino me pregunto ¿Qué magia tienen? ¿Qué miseria esconden los rascacielos, los monumentos, los neones? ¿Qué historias oscuras podrían contar sus paredones y sus calabozos, los claustros y los monasterios, las fortalezas de tu ciudad? Sabrás, por que te lo he dicho, que en mi país no hay héroes. Allá solo existen los ciudadanos, y los ejércitos, que ya solo existen por costumbre, se aburren en los cuarteles... Es triste que un país tenga tantos héroes, por que para que estos existan son indispensables los canallas.

Estoy emocionada, pero el ronroneo de los motores me arrulla y finalmente, duermo. Sueño desde la isla presurizada de mi asiento, desde la península minúscula de mi patria (donde deseo que solo habitemos dos personas) ¿Qué me espera allá abajo? Yo solo acudo a encontrarte... ¡Y me mandas a tu país por delante a recibirme!

El manto de nubes interviene: las hay delgadas como sábanas e intervienen en esta breve introducción con montañas. ¿Sabes? He aprendido demasiado de este país y de su historia, su sucesión de partos solitarios, de batallas perdidas, y también que detrás de las letras muertas, palpita todo lo que muy pronto me enseñarás: Lo que no conozco de sus sueños y sus secretos. Su fe ante el dolor pesado y espeso de la incertidumbre, barnizado de una alegría desesperada, pero auténtica y sólida como un buen cimiento.

Sueño con sus sonidos particulares, los que se conocen por la noche.
Bajo mi pie murmuran la madera joven, el canto rodado de algunas calles y la cálida carne de su cantera. Ásperos son en mi imaginación el granito de sus templos y el basalto de los monumentos. Todo envuelto en música de mar, de aire, de sol nuevos y que ignoro, pero poco a poco reinvento... En fin, no sé si algún día te llegue a contar esto: me siento indefensa cuando logras traspasar mi mente y conoces lo que pienso, aunque intuyes lo que yo retengo ¿No es esto lo más privado que tenemos? El cuerpo se posee y hasta se intercambia, pero no existe callejón más privado que la conciencia y la memoria concreta. Me da miedo pensar que somos extraños aún conociéndonos. Estar tan cerca y tan lejos.

“El piloto aplica los aerofrenos. Son las seis de la tarde y los techos de lámina de las fábricas de tu ciudad brillan como las escamas del pez dorado y ardiente de los agostos mexicanos. Son novedades que no aparecían relatadas en tus cartas y no me gustan. Las fábricas y su rutina son tan antagónicas al viento (y a ti y a mí) como lo son la libertad a la corona. El avión tomará pista en un par de minutos: ¡Te extrañé tanto por tantos meses y ya voy a verte! El cielo sucio de tu ciudad me recibe como una asquerosa sonrisa de dientes amarillentos por la nicotina. Cortamos el smog de tu país, quizás ya lo respiro y esto ya es algo. ¿Habrá traducción al español para mi nombre? Lo ignoro. El lenguaje de tu tierra es autocrática como la lumbre y, para mí, musical como la lluvia. A ciento ochenta kilómetros por hora, tocamos en llantas de caucho la pista. Nos movemos cada vez con más lentitud... el avión ha parado totalmente: estoy llamando a tu casa. ”




Buscando Ítaca











Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca/
Debes rogar que el viaje sea largo…
(Constantino Kavafis/ Itaca)


Hace décadas partí.
Abandoné Ítaca, la de muros blancos, playas cristalinas.
Y ahora que intento regresar, extenuado de la guerra,
Yo te pregunto a ti,
¿En dónde está Ítaca, viajero?
¿Me reconocerán su aire, su playa, sus muros blancos?
Si ya no me conozco yo, si ya dejé atrás tanto
Si ya no recuerdo el camino de vuelta,
Si quedaron en algún lugar mi equipaje y mis días
¿A dónde volver, si es que vale la pena volver a algún lado?
¿En dónde está Ítaca, viajero?
Llevo en la memoria mil deseos muertos
Banderas arriadas
Retiradas al amparo de la noche
Sueños muertos de sed y frío
Pero ningún recuerdo de mi infancia,
Ni un ladrillo que sea mi casa
Ni un terrón de suelo amado
Por eso vago - es cierto - y la brújula quedó guardada en algún lado,
O ronda perdida en algún tiesto, con la carátula quebrada y el Norte inútil.
Y si no existe ya Ítaca,
¿Cuál playa es la indicada?
¿A dónde descansará la proa de las negras naves?
Yo te pregunto a ti, viajero,
¿Existió Ítaca alguna vez?
¿Valdrá la pena seguir buscando?

jueves, 17 de septiembre de 2009

"Mas vale morir de pie..."










"Más vale morir de pie, que vivir de rodillas..."
- Miguel Hidalgo
(Septiembre de 1810)


Firmaste la carta y leíste otra vez la última frase. Sí, era un buen remate para una carta, Miguel, pero los gritos - esos gritos insoportables - no te dejaban en paz. Todos ellos estallaban dentro de tu cabeza. Todos eran de dolor y de guerra, de muerte.

Afuera del improvisado despacho desde donde escribías tu correspondencia, ardía ferozmente Guanajuato. Cerca, en la Alhóndiga de Granaditas, todos los españoles de la ciudad que se habían atrincherado allí habían sido pasados a cuchillo sin miramientos: hombres, mujeres, niños. Todos. Paradójicamente, el intendente Antonio Riaño, el líder de la resistencia española, había sido buen amigo tuyo.

Muérete de vergüenza, Miguel, con artimañas le habías pedido prestados a Riaño varios tomos de su magnífica "Enciclopedia" - la edición francesa de Denis Diderot- para aprender cómo fundir bronce y hacer cañones, como reparar mosquetes, como fabricar armas: indirectamente llevabas en las manos la sangre de un buen amigo.

Tu escasa artillería, dirigida por Mariano Jiménez con algo de habilidad y mucha suerte, escupió metralla y balas sólidas de fierro toda la mañana hasta que la Alhóndiga y los barrios circundantes eran solo ruinas humeantes.

Para entonces, ya había surcos de sudor y lágrimas de arrepentimiento en tu rostro cubierto por el polvo generado por tanta demolición. Ignacio Allende, el verdadero líder militar de la revuelta, te encontró repartiendo extremas unciones y pidiendo perdones aquí y allá.

Lo viste enorme, montado en su caballo negro como la guerra, traía el sable aún desenvainado, sus pantalones blancos de capitán de dragones tenían manchas color óxido de la sangre seca y lumbre en los ojos.

Te miró con algo parecido al desprecio, "Va a haber muchos muertos, Miguel" te había advertido hacía tiempo ya. Tú no escuchaste.

Creías cándidamente que la turba desorganizada que comandabas sería suficiente para lograr que las plazas del Bajío se rindieran ante tu ejército, una a una, sin un solo tiro, sin un solo muerto. Bueno deseos. Amargos despertares. Allende tenía razón, la tuvo siempre.

Y es que, aunque te pesara, Ignacio José Allende era un héroe nato: valeroso y enamorador, inteligente, buen táctico, estratega natural, inmune a todas las heridas aún cuando estuvo siempre en lo grueso del combate.

Allende te reprochó mil cosas. Era un soldado: los muertos le tenía sin cuidado. No era un desalmado, era un -excusando el término- un realista.

Algunos meses después de que escribiste aquella carta, convertiste esa frase en un grito de guerra.

"Más vale morir de pie, que vivir de rodillas".

Eso se lo repetías a los indios y los desamparados que te seguían como una plaga bíblica, sin mayor afán que la rapiña del que no tiene que perder.

Caían en combate como insectos, pues sus armas eran las mismas piedras del campo de batalla, los cayados del pastor o sus instrumentos de trabajo. Y esa conciencia tuya, Miguel, te era tan leal que no te dejó nunca, obligándote a ver a los moribundos, a los lisiados de tu guerra.

A Ignacio Aldama, el "abogado insurgente" le dijiste en secreto que ninguna independencia valía todo aquello. Pero ya no podías hacer nada al respecto, lo sabías.

Terribles errores provoca en el líder militar el sentimiento a flor de piel. Quién manda un ejército debe calcular un número de muertos y aceptarlo, por eso la guerra es uno de los caballos del Apocalipsis, pero tú eras un libertador que amaba la vida demasiado.

Así, a pesar de que la ciudad de México había perdido todas sus defensas tras la rotunda y casi definitiva victoria que obtuviste en la batalla del Monte de las Cruces, te negaste a tomar la capital de la Nueva España por asalto.

El ejército español que la defendía había sido arrollado por tus soldados improvisados, el estupor del gobierno virreinal era absoluto y las fuerzas españolas disponibles quedaban dispersas y lejanas.

Inexplicablemente, decidiste retroceder hasta Querétaro, pero tampoco quisiste tomar esa ciudad. Cuando alguno de tus soldados exclamaba, excitado, aquellas palabras triunfales de Guanajuato -"Aún quedan muchas Alhóndigas por incendiar"- te estremecías, preferías escapar.

Los fantasmas de los asesinados hijos del intendente Riaño te quitarían el sueño para siempre. Allende nunca te perdonó eso, y simplemente en las juntas del Estado Mayor Insurgente te llamaba cobarde y miserable. Los líderes de esa accidental guerra de Independencia que empezó con vivas al rey de España, ya eran agua y aceite.

Autonombrándote Generalísimo, ordenaste varias retiradas a tu ejército victorioso, que se desmoralizó, enflaqueció por la deserción, perdió el respeto del enemigo y terminó perdiendo en todos lados.

Tú sabías que la amalgama de ese ejército era el odio. Una nación, como a un hijo al que se le espera con ansia, no puede nacer del odio. Eso pensaste tú, Miguel. Decidiste esperar. No sabías qué, pero decidiste esperar. No te diste cuenta que un ejército que huye está condenado a la derrota.

Los españoles se reorganizaron. El mando de los ejércitos realistas - que estaba formado por nativos de estas tierras, por lo que nuestra guerra de Independencia tiene mucho de guerra civil - le fue entregado al feroz general Félix María Calleja, "Culo de Fierro", y el resto del cuento es del domino público.

Te venció en Puente Calderón y también en Aculco. Eran batallas a las que Allende se oponía: no se debían comprometer los indisciplinados ejércitos insurgentes. Supo que la gran oportunidad se había perdido en el Monte de las Cruces.

Tu formación de clérigo te permitía buscar un perdón, pero su formación como militar le impedía aceptar la derrota como camino de redención.

La ruptura entre ambos y tu falta de decisión a las puertas de la ciudad de México significó el alargamiento de nuestra guerra de independencia por diez larguísimos años más: eres el gran humanista de nuestras guerras, porque trataste de evitar el sufrimiento de tu nación, olvidando que los partos son dolorosos.

Leales a pesar de todo – a pesar de ti mismo - los insurgentes de 1810 cayeron contigo: Aldama, Allende, Jiménez...

Última paradoja, Miguel, rápido, ahora que ya viene por ti el pelotón de fusilamiento.

Los tribunales eclesiástico y militar se quisieron vengar de tí, sin lograrlo: por órdenes directas del virrey, fuiste condenado a ser fusilado atado en una silla de madera.

"Más vale morir de pié que vivir de rodillas..."

sábado, 5 de septiembre de 2009

Dancing Queen












“The reason that the all-American boy prefers beauty to brains is that he can see better than he can think…”
(Farrah Fawcett, 1947-2009)


Don Antenor Patiño, fíjense Ustedes, murió un día dos de febrero.

En el mismo día en que se conmemoraba el aniversario luctuoso del acaudalado millonario boliviano – si es que alguien todavía lo recuerda - festejaba su cumpleaños nada más y nada menos que Farrah Fawcett.

Don Antenor heredó un imperio minero: controlaba como el implacable mercenario que fue el precio internacional del estaño - del que Bolivia era el mayor productor mundial - y cuando la revolución boliviana de 1952 nacionalizó los extensos complejos mineros del poderoso Grupo Patiño, el enrabiado multimillonario provocó la caída del precio internacional del estaño, organizando después un golpe de estado que derrocó al gobierno, provocando el caos.

Vivió poco en Bolivia, Don Antenor: odiaba a su país y a su gente.

Este sentimiento se renovaba cada mañana, cuando se veía al espejo y este arrojaba un rostro de pómulos prominentes, tez de bronce, nariz chata: la fisonomía andina del indígena puro.


En cambio, amaba Europa. Coleccionaba barones y duquesas para adornar sus fiestas. Cuando los motivos para celebrar eran lo suficientemente importantes, lograba que aristócratas segundones – príncipes daneses, condesas italianas – acudieran a sus salones y alternaran con algunas aves del paraíso como Salvador Dalí o Pablo Picasso, a los que nunca les compró un centímetro cuadrado de lienzo pero que eran indispensables si esperaba llegar a ser algo más que un indígena adinerado viviendo en Paris.

Un día se le metió entre oreja y oreja invertir en bienes raíces. No, no lo haría en un país de ingratos como Bolivia. Tampoco lo hizo en Europa, donde los trámites eran engorrosos y los sistemas tributarios eficaces. Prefirió México, y adquirió la que sería la esquina más cara del país, una donde se podía ver al Ángel de la Independencia como deben hacerlo los millonarios sin escrúpulos, tanto de México como de cualquier otro país: hacia abajo.

En esa equina se alzó el hotel María Isabel, llamado así en honor a una de sus hijas, producto de un matrimonio de conveniencia llevado a cabo por su padre con una mujer que aprendió muy pronto a despreciarlo: Maria Cristina de Borbón y Bosch-Labrús, III duquesa de Dúrcal y Grande de España. María Isabel – su hija predilecta - moriría en labores de parto años después.

De la señora marquesa fue la idea de construir una casa de playa en alguna playa mexicana virgen y remota, sin el oropel barato de Acapulco, sin el voyeurismo de Puerto Vallarta: sería una casa grande, un club de playa privado.

En la península de Santiago, en Colima, descubrieron una playa en que por las noches de luna llena se veían siluetas misteriosas danzando sobre el rompiente de las olas. Los navegantes españoles que zarpaban del la desembocadura del río Salahua hacia las Filipinas llamaron a aquel lugar “playa de las hadas”.

La casa fue diseñada por Jose Luis Ezquerra y su ejecución duró diez años. En 1974 acudieron trescientos invitados a la fiesta más dispendiosa en la historia del estado, pero para 1976 don Antenor Patiño vivía enfermo y casi arruinado: una de sus hijas vendió a sus espaldas la enorme casa de playa y sus nuevos dueños lo convirtieron en un hotel de arquitectura fantástica. Las Hadas.

Y bueno, todo esto tuvo que ocurrir para que a principios de febrero del 78, apenas anocheciendo y con nueve años encima, yo me asomara furtivamente dentro de una palapa amplia y abierta que era la “discoteca” del hotel: ahí, a media luz, Farrah Fawcett bailaba sola mientras una canción nueva, Dancing Queen de Abba, se iba desgranando en el aire, nota por nota.

Ojos cerrados, pies descalzos, jeans deslavados y justos, una playera de algodón roja – del mismo tono del célebre traje de baño inolvidable de su póster que vendió ocho millones de copias – y despachando un trago tras otro, Farrah Fawcett celebraba sola su cumpleaños treinta y dos, dividida entre su matrimonio en proceso de demolición con Lee Majors y su tormentoso romance en puerta con Ryan O’Neal.

Leslie, el barman, pretendía no verla, manteniendo la vista baja, ocupado en pulir la barra de mármol, en limpiar los vasos largos a conciencia, eso sí, con la ginebra atenta, la licuadora impecable, por si antes de marcharse a su suite, la mujer más deseada del mundo pedía otro trago, solo uno más, para irse temprano - y sola - a su habitación.

Ella bailaba suavemente – imagínense - sin hacer ruido, levitando sobre el fresco piso de cemento pulido, con un atisbo de curvatura en los labios, muy distinta a la que la convirtiera en la reina de los comerciales de Ultra Brite. Era una de esas sonrisas satisfechas que no le regalas a nadie, que logras al recordar una travesura de hace mucho tiempo, o cuando disfrutas un futuro inalcanzable, o cuando cometes el crimen perfecto: una sonrisa que pocos se pueden dar el lujo de tener alguna vez.

Verla era el mar: un azote de tendones corriendo marea arriba, desde sus pantorrillas hasta las caderas. El suave látigo de su espalda, tersa y perfecta, que terminaba en el oleaje dorado de la cabellera más envidiada del planeta.

Nunca había visto algo parecido.

Ese mismo año, la Farramania estaba en su apogeo y todas las semanas se publicaba algo sobre ella, al punto que la revista New Times Magazine – de corte político liberal – reconocía en un número de ese año que “en esta edición (lo sentimos mucho) no encontrarán nuestros lectores mención alguna sobre Farrah Fawcett”.

Y, cosas de un México más ingenuo pero igual de cruel y desigual que el de ahora, nadie la molestaba. Ni un solo paparazzo se adentró en el hotel, ni se ocultó entre las buganvillas o se colgó de alguna palmera para robar fotografías. Ningún mesero le pidió un autógrafo.

El fade out de la canción me sorprendió viéndola desde la entrada y ella sonrió. Sonrío como en los comerciales. Dejó el trago a medias: un discreto y silencioso carrito de golf se deslizó a la entrada para llevarla hasta su habitación. Lo vi hasta que se perdió en aquel laberinto de muros blancos.

La playa estaba a la vista y esa noche había luna llena. Las hadas danzaban, lejanas, sobre el oleaje, pero no les presté atención: yo ya las había visto de cerca – o al menos había visto una, la más bella de todas – bailando suavemente Dancing Queen.




Bufanda Roja




En memoria,
SCR
(1928-2006)


Cuando esto termine, voy a comprarte una bufanda roja.
Una como la que alguna vez, hace muchos años, vimos en el aparador de una tienda del centro. Era julio, y decidiste no comprarla, pues ya no era temporada de llevar bufandas.

Yo tenía siete años, lo recuerdo como si fuera ayer: bajamos al puerto y visitamos los muelles, fuiste señalando cada barco anclado en la dársena. Leíamos sus nombres sobre los cascos inmóviles y las banderas desplegadas por el viento apacible del Golfo. Cuando no conocíamos los países correspondientes a cada bandera, inventábamos países y banderas, y terminabas convenciéndome que la geografía era sumamente importante: "Imagínate que estás en un país y no sabes como se llama – me preguntabas - ¿Pues entonces cómo le haces?".

Cuando llegó el verano siguiente y fui a visitarte, pude adivinar todas las nacionalidades de los navíos del puerto, y me sentí muy contento, pues ya había solucionado un problema que se me había metido en la cabeza desde mi visita anterior. Ahora que puedo viajar solo, si me pierdo en un país lejano, al menos puedo presumirte que sé como se llama.

Después de ver los barcos, dimos una vuelta en lancha, hasta un restaurante que, según creo, estaba en medio de alguna bahía. Te daba risa que yo me pasara un buen rato buscando camarinas entre mi orden de mariscos, pues solo había camarones, y según yo, eso no estaba bien. Recuerdo que un marino me trató de convencer que podía haber jaibas y jaibos, pero no camarones y camarinas: no le creí. Esto tal vez lo haya soñado esa misma noche, pero de lo que sí me acuerdo es de haber regresado a casa agotado por el calor, por la emoción y porque el día me había parecido demasiado corto.

Ahora que le doy una vuelta a mis recuerdos, pasaron ya treinta años desde entonces, y nunca volvimos por la bufanda roja que tanto te había gustado.

Ese mismo día, o el siguiente, fuimos a dar una vuelta en helicóptero. Cómo lo lograste, a quién tuviste que convencer, nunca lo supe, pero recuerdo que sonreías cuando el piloto del helicóptero, uno de verdad, con galones dorados en las bocamangas del uniforme, me subió a la cabina, que era una burbuja de cristal. Sobrevolamos el mar, los muelles, y los manglares, que seguramente ahora ya han sido destruídos por el crecimiento del puerto y por nuestra irresponsabilidad suicida. Pasamos cerca de algunos pinos que crecían casi al filo del agua y recuerdo haber visto una solitaria pieza de artillería que apuntaba al mar abierto desde aquel pinar. Recuerdo que te pregunté porqué estaba ahí, y me dijiste que estaba ahí "para hacer pinole al enemigo si se acercaba". Reímos mucho, porque entonces dijiste que el enemigo era un tal masiosare, el fulano ése del himno nacional, que siempre estaba haciéndole maldades a los mexicanos.

Recuerdo – el verbo de este sueño es recordar – que reí mucho ese día, pero no sabría decir cual de todos los días en que te acompañé a pasear fué, pues siempre reía contigo. Ahora que me doy cuenta, me quedó un sabor extraño en la boca, un sabor dulce que nunca me llegó a empalagar, pero que todavía me falta definir con la precisión de un diccionario.

De lo que sí me acuerdo, es que cuando alguien mencionaba tu nombre, de inmediato saltaba a mi mente el verano, el color rojo o el naranja. Tal vez se me quedó fijo en la mente lo de la bufanda, por eso tu nombre desde ese día tiene algo que ver con el calor del verano, con el viento tibio acariciando mi cara cuando sacaba la cabeza y los brazos por la ventanilla del coche, cuando tomábamos aquella carretera llena de hoyancos que hoy está igual de maltratada. Tu nombre, además, tiene el sabor de un helado, comprado a escondidas solamente para mí, que siempre era de sabor diferente, pero que desde entonces no he vuelto a probar en ningún lado, y es que nadie ha inventado aún el sabor a complicidad inocente, de verano de hace treinta años del que me acuerdo con todo detalle.

Recuerdo una noche – pero seguramente fueron varias - en que el calor era intenso, y mejor salíamos a ver las estrellas a la terraza, pues la casa era un horno. En la oscuridad de la noche sin luna, las observábamos en silencio. Instantáneamente viene a mi el recuerdo del olor a mangos dulces, pues sacabas un par de ellos del refrigerador, para que los comiera en silencio, y mientras veíamos el cielo, el aroma suave a fruta nos envolvía calladamente. Algunas veces vimos pasar un aerolito: un rayita blanca en el telón de fondo, que duraba unos cuantos segundos. Otras veces nos acompañaban los ladridos de los perros de la casa, que se alborotaban por cualquier cosa, pero nunca nos alcanzó la madrugada, pues antes llegaba el cambio de la marea. Una leve brisa de mar soplaba tierra adentro, refrescando la casa, llenando sus rincones, y escuchábamos desde la costa la sirena larga y grave de un barco que abandonaba el puerto para cruzar el Golfo de México. Me decías que seguramente algunos pasajeros iniciaban un viaje largo, y yo los imaginaba casi entre sueños, agitando pañuelos blancos desde la barandilla.

Eso fue hace tiempo, pero lo recuerdo ahora mismo como si hubiera sido ayer.

Cuando esto termine – me repetía entre sueños – voy a comprarte una bufanda roja. Volvía a subir al helicóptero, a tener siete años, a montar una lancha, a contar los barcos en la dársena, como en aquel día que no recuerdo cuál fue, pero que fueron muchos.

Desperté al sentir unas insistentes palmaditas en la manga de la gabardina. Un médico se inclinaba a mi lado. Recordé que estaba en una sala de espera, en el pabellón de cuidados intensivos, y sentí un frío atroz. Amodorrado, pregunté "¿Ya?". El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza. " Fue a las cinco y media, apenas hace unos minutos... no hubo dolor".

A lo lejos, escuché una sirena. Un barco partía y su única pasajera me agitaba un pañuelo blanco desde la barandilla, a manera de despedida.

Cuando esto termine - te lo prometo - voy a comprarte una bufanda roja.

martes, 18 de agosto de 2009

EL BLUES DEL AUTOBÚS




Pues sí, tengo tres semanas con el auto arruinado, y como por lo pronto no tengo dinero para que el mecánico le meta mano, decidí dejarlo a la sombra de un árbol (al auto, se entiende, el mecánico creo que está en su taller), y, de paso, disfrutar de las maravillas del transporte público de esta mezcla de Ciudad del Conocimiento, Chicago de Al Capone y reino de los Teletubbies en versión platanera en que se ha convertido la Sultana del Norte. Esto último lo digo sobre todo por Adalberto Madero, que es alcalde de una extraña ciudad: “Montedey”.

Como update, Monterrey acaba de cambiar de un alcalde gangoso a un alcalde que robó en uno de los lugares de los que los políticos se mantienen bien apartados: una biblioteca. A joderse.

Volviendo al tema, confieso que volví a ser peatón. Y, naturalmente, a estas alturas empiezo a tomarle un coraje horrible a las clases altas: estoy desarrollando algo que mi profe de metodología llama “conciencia de clase”, y ya hasta el poseedor de un volkswagen modelo 94 se ha convertido, ante mis ojos, en un maldito pequeño burgués, de esos que los soviéticos (Stalin no ha muerto: ¿ya vieron una foto reciente de Fernández Noroña?) confinaban a los gulags de Siberia.

Si sigo en esta espiral de decadencia, terminaré como militante perredista, o lo que es peor, como fanático de los Tigres.

Aprendí a evitar las horas pico, a perder la pena de buscar monedas de a cincuenta y veinte centavos en los bolsillos para completar el pasaje, a pedir cambio en monedas de a dos pesos en los Oxxos, y a dar de baja algunos hábitos arraigados, como dominar mi natural inclinación a proteger mi espacio vital: he ampliado mi conciencia para darle cabida a descubrimientos interesantes, por ejemplo, que cuatro personas pueden ocupar el mismo sitio al mismo tiempo sin conocerse, sin saludarse y, lo que es más raro, también sin desvestirse.

Dirán a estas alturas que qué carajos tengo. Que qué importa esto de subirse a un maldito camión. Que millones de mexicanos lo hacen. Que hay gente sin piernas y transitan por la vida en una Avalancha, de esas que regalaba Chabelo, digo, para irnos al extremo. O que hay cosas más importantes, como el calentamiento global, la posibilidad de que un negro se convierta en presidente de los Estados Unidos - como si importara: el tipo podrá ser esquimal, igual nos va a joder a nosotros y a los afganos - o el hecho terrible de que nadie, ni el Secretario de Hacienda, sepa como se va a pagar el IETU. Y tienen razón, pero como el calentamiento global no me lleva de mi oficina a mi casa, y viceversa, decididamente lo del camión me preocupa más.

Total, ya lo decía Napoleón (me refiero a Bonaparte, no a González Urrutia): “los hombres siempre atenderán sus intereses, más que a sus derechos”.

Aclarado el punto, volvamos al tema: por lo pronto superé etapas como la negación, esa angustiante sensación como de león perdido en el taller del taxidermista, para entrar a la más atroz del proceso, que es la aceptación.

Descubrí que en esta etapa se transita por algo que he definido como el Síndrome de Roberto Benigni, (Si, el tarado de Buongiorno principessa!) en el cual recurres a contarte mentiras piadosas para evadir tu propia miseria.

En mi caso, imagino que no voy en camión de ruta atestado, disfrutando el reggetón más selecto, sino que soy un rock star abordo una limusina brasileña con chofer y cuarenta de mis más adictos groupies, pensamiento que se reafirma sobre todo en horas pico, cuando las involuntarias pasteleadas son de rigor.

Y digo que son involuntarias porque, al igual que Ana Frank, estoy convencido que la gente es esencialmente buena.

Claro, mientras que no me vaya igual que a ella…

¡Salud y república!

lunes, 17 de agosto de 2009

TREN DE LARGO RECORRIDO

Subimos al vagón de Metro como todos los días, siempre a la misma hora para hacer el mismo recorrido. A veces, ella reconocía a algún pasajero: intercambiaban sonrisas, saludos breves, señales de reconocimiento, esas que se dan entre extraños cordiales.

La acompañé en silencio, como suelo hacerlo, hasta el portón de la escuela. Esperamos brevemente, pues a las cinco en punto salen los niños con sus libros y su gritería, rodeándome, perdiéndome un poco entre ellos, como entre un cardumen de peces dorados. Uno de ellos la toma siempre de la mano y caminamos los tres de vuelta a la estación, mientras el sol se escurre por las ramas de los árboles, entre la tristeza y el poniente.

En invierno, cuando oscurece temprano y las luces interiores del vagón tardan en encenderse algunos minutos, ella descansa la barbilla sobre su pecho, como si dumiera, pero en realidad se despide del mundo brevemente para acariciar con ternura el pelo del niño adormilado en su regazo. Entonces el tiempo parece detenerse, mientras ellos se arrullan con el continuo deslizar de las ruedas viajando sobre rieles. A veces, si forzo la vista un poco más, puedo verla llorar en silencio, como suelen hacerlo las mujeres fuertes.

Entonces me doy cuenta del paso de los meses, de los días, y me siento infinitamente triste por haberlos dejado solos, sin haber escrito una nota de despedida.

NIÑA VESTIDA DE MARIPOSA

NIÑA VESTIDA DE MARIPOSA

Hoy que abrí la ventana
pasó una niña disfrazada de mariposa
después de saber que se inició la guerra
ésta fue una buena noticia
me refiero a saber que no se entera
que todavía no sabe
eso que otros niños sobrellevan
de una manera,
que es odiando
o de otra,
que es muriendo.
Ustedes saben a qué me refiero.
No me vio,
ni al caso que lo hiciera.
Iba concentrada en hacer bien su papel
en el festival de la primavera
llevaba un leotardo negro
y alas verdes de gasa a la espalda
ignora que vive milagros pequeños:
(como la mano de su papá
llevándola tarde a la escuela)
y son un lujo caro
de los que ojalá nunca se dé cuenta.
Ahora que no cuenta el Hombre
(lo digo filosóficamente hablando)
ése que inventó la rueda
aquel que dominó el fuego
y que celebran al que miente
o respetan al que mata
necesito un milagro diario.
Aclaro: no soy creyente,
pero creo que a veces Alguien lo manda
les diré mi secreto:
Hoy que abrí la ventana...

martes, 2 de diciembre de 2008

NABUCODOONOZOR ESQUINCA, ALIAS "PANTERA ROJA"








“Y retiemble su centro la tierra...”


Esa era la frase que usaba mi abuelo para darle énfasis final a alguna discusión o plática. O sea, quería decir que después de lo que había dicho, pues nada, todo estaba completamente de más.

A veces era cierto, pero la mayoría de las veces estaba en un error que no le importaba corregir... pero me estoy adelantando.

Empiezo por presentar a Ustedes al personaje. Nabucodonozor Esquinca nació a la vuelta del siglo, por ahí de 1910 ó 1915. No lo recuerdo bien. Y él menos. Contaba que era de La Laguna, pero el recuerdo más presente de su infancia, era que la gente en Zacatecas se detenía, a diario, a las once de la mañana para tomarse un mezcal y combatir el frío. Según esto, todos lo hacían: las damas, los caballeros, los ancianos... los niños obviamente no. Añade que no era raro que la “gente decente” entrara unos minutos a cualquier cantina a beberse un caballito de mezcal, colocar algunas monedas de cobre en el mostrador, y despedirse. Y eso es todo lo que recuerda de su infancia, salvo uno que otro ahorcado colgando de los postes de telégrafo, durante la revolución cristera.

Le he ido siguiendo las huellas a sus cuentos, y de ahí he ido hilvanando algunas cosas. Cotejo la historia real con los recuerdos, sacando las conclusiones pertinentes.

Por ejemplo, existe una foto de uno de sus hermanos pequeños. En la imagen, el niño tendría cuatro o cinco años, pero se le ve ataviado con uniforme militar, gris oscuro, propio de los soldados alemanes de la era nazi. En la cabeza lleva una gorra cuartelera con una siniestra calavera plateada: la totenkopf, el pelo lo lleva cortado a cepillo. Parecería una imagen salida de la propaganda alemana, pero al calce se lee un mensaje supuestamente escrito por el improvisado guardia de choque, pero que indudablemente es de mi abuelo: “Aquí estoy, rumbo a Estalingrado, Septiembre, 1942”. La caligrafía, rimbombante y barroca, no eran de un niño como el de la foto, si no que era un añadido del abuelo, que entonces, como el 60% de los mexicanos, era germanófilo.

Incluso don José Vasconcelos creía en esas burradas de la súper raza, de ahí lo de la “Raza Cósmica” y todo aquello. Precisamente al final de la batalla de Estalingrado, y con nuestro país declarándole la guerra al mismo tiempo a Alemania, Italia y Japón, (eso es tener huevos, digo yo) los mexicanos decidieron unirse a regañadientes al esfuerzo aliado, y el aquí biografiado no fue la excepción.

Por cierto, seguramente el hermano de mi abuelo agradecerá no haber estado “camino a Estalingrado en septiembre de 1942”, pues para febrero del año siguiente, los alemanes y sus aliados rumanos e italianos ya eran pasto para los zopilotes.

Mi abuelo fue piloto, estuvo en el Pacífico, junto con el reducido contingente nacional que combatió en la liberación de las Filipinas con el escuadrón 201.

Era el peor de todos ellos, como alguna vez lo reconoció, pero su talento como oficial meteorólogo era innegable. Después de su tercer aterrizaje de panzazo con un avión caza nuevecito, lo dejaron detrás de un escritorio. Fue una decisión sabia. Así que, después de todo, el abuelo sí marchó al frente, aunque no al ruso, como solía fantasear.

Le decían “Nabo”, aunque el apodo no era de su agrado, como pasa con todo mundo: insistía en ser llamado Pantera Roja, que era el “call name” que usaba para comunicarse por radio cuando volaba, nadie recordaba quién era el tal Pantera Roja, hasta que algún compañero tenía un chispazo de inspiración “Ah, es el cabrón del Nabo”, y entonces volvía a ser el Nabo para todo mundo.

Tras la guerra, siguió de uniforme un rato en la Fuerza Aérea Mexicana, lo suficiente para terminar de aburrirse por pertenecer a una institución relegada al olvido. Se quejaba: en las Filipinas, todos los días los pilotos mexicanos salían a tres o cuatro misiones diarias, misiones que los pilotos yankees rehuían hacer, pero que en tiempos del presidente Alemán - cuando mencionaba ese nombre, escupía al suelo un gargajo oscuro y pastoso - la hierba crecía sin control en los hangares, e incluso entre el fuselaje de los aparatos aparcados.

Se retiró antes del poco conocido “incidente guatemalteco”, cuando Guatemala casi invade México, el cual por falta de un ejército decente, tuvo que encargar su seguridad a la diplomacia brasileña y norteamericana.

Antes de volver a la vida civil, Nabo dibujó la mascota del escuadrón de caza 202, el fantasma Gasparín con una ametralladora en las manos. Era una broma cruel: en el papel, el escuadrón sí existía, pero en la realidad, algún generalote, o quizá el presidente mismo, se había embolsado el importe por la compra de doce aviones jet, por lo que los pilotos del 202, pasaban sus días jugando a las cartas, o escribiendo obscenidades en los sanitarios de la base de Ixtepec, Oaxaca.

Tengo otras fotos de él. Tengo un par de cuando fue capataz de una finca de hule, en Colima. En ella, se le ve orgullosamente de pie sobre el asiento del conductor de un jeep Willys. Lleva un casco tipo sarakoff, fornitura al cinto (sin arma, claro) y una mirada solemne, que más que la de un encargado de un rancho chiclero, es la de un amito blanco en una mina de diamantes en el Congo belga.

De esos años surgió la expresión esa de “y retiemble en su centro la tierra”: se quejaba amargamente de que el Himno Nacional estuviera escrito “Y retiemble en sus centros la tierra...” pues decía que era un error fatal suponer que la tierra tiene varios centros. Otra cosa peor: que la gente al entonarlo, cantara “Y retiemble en sus centros la tieee-rraaa” lo cual – según su opinión – era de un afeminamiento aborrecible.

Para él, el Himno era una cuestión de virilidad y marcialidad absolutas, por tanto, la entonación adecuada era “Y retiemble en sus centro la Tierr-a”. Nada más. Seguramente esos años fueron de completo ocio, pues solamente en esas circunstancias a alguien se le pueden ocurrir semejantes cosas.

Poco después vivió en Mulegé, en la punta sur de la península de Baja California. Ahí conoció a Raymond Chandler. Se hicieron amigos pronto por su afición compartida a los destilados mexicanos fuertes: sotol, mezcal, aguardiente o bacanora. A ambos los llevaban en carretilla a sus respectivos cuartos de pensión después de las horribles borracheras que protagonizaron.

El resultado de tanta inspiración fueron las novelas policíacas que Chandler publicaba con mucho éxito en los Estados Unidos.

Una noche, mi abuelo se adelantó al bar. En el bolsillo de la camisa llevaba una carta en la que su esposa, cansada de esperar a que regresara, a que creciera, o lo que ocurriera primero, anunciaba que lo abandonaría irremediablemente. Claro, él la había abandonado primero: mientras que la paciente mujer permanecía en Torreón, que es un pueblo aburridísimo, él se pasaba los días brincando de un puesto excéntrico al otro, siempre lejos de casa, y sin aportar un solo cinco.

El escritor gringo lo descubrió llorando en la barra. No era que le doliera el abandono. No. Le dolía el concepto: el concepto de ser abandonado le parecía atroz aunque él no se sintiera abandonado en absoluto. Raymond Chandler estaba azorado por aquel razonamiento tan prístino.

Esa noche, Chandler escribió una gran verdad: “No hay nada más triste, que un mexicano triste...”

Nabo, tras la resaca, ya no recordaba qué le había producido tanta tristeza pero celebró la frase lo suficiente como para que junto a la canción “A mi manera” de Paul Anka, que era su himno de batalla personal, tuviera la fuerza de un mantra tibetano.

Años después de la muerte de Raymond Chandler, Nabo se trasladó a otro lugar, pero se negó a decir a dónde, hasta la década de los 70.
Hasta entonces lo conocía únicamente a través de una serie de fotografías o de cartas que yo guardaba en un cajón: Nabo en la carlinga de un biplano amarillo; con uniforme militar caqui, cuando fue director de la Ciudad de los Niños ; pateando un cura, durante una manifestación de los seguidores del gobernador de Tabasco Garrido Canabal en los 30; con el barro hasta media pantorrilla, en medio de un arrozal inundado, estirándose los ojos hasta que estos eran un par de líneas oblicuas, como si fuera chino o vietnamita; entrenando a un perro pastor alemán a subir por una escala marinera (el perro se llamaba “Teutón”, por aquello de la germanofilia) y otras imágenes más, entre las que destacaban las que contenían al dorso mensajes grandilocuentes: “Así me observa la lente de la cámara, hacia 1956” o “Durante una misión, en la que la situación fue delicada por lo que únicamente consumíamos tortillas duras con tragos de aire, Isla de Formosa, 1944”, etcétera, etcétera.

Cuando finalmente lo conocí personalmente, sus mejores años ya habían pasado pero su memoria seguía siendo prodigiosa. Recordaba completa la obertura de una obra teatral, cuyo nombre no he vuelto a escuchar, pero que declamaba completita, con mucha soltura.

Siempre que llegaba de algún viaje, yo le pedía que la repitiera. Era una perorata nacionalista, pero me impresionaba su manejo de las emociones: lloraba, reía, podía enfurecerse cerrando sus manos en un par de puños funestos, o ver al horizonte como si la virgen le hablara:

“Desde el seno de las tinieblas, hasta donde ha descendido mi estirpe de águilas, vengo henchido de glorias y recuerdos de grandezas derruidas... ¡soy mi raza!”

Desde el comedor de la casa, podía escuchar a mi madre reclamando: Papá, ¡Vas a asustar a los vecinos! Y desde arriba, como un Hamlet mestizo, manaban contundentes los ríos de palabras:

“¡No arraigarán en suelo de mexica tus pinos y mis palmas! ¡No dejarán mis águilas al buitre hollar el pedestal de mis montañas! ¡Ni tu sangre unirás, de mercaderes, con mi sangre de dioses, que es sagrada; raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!”

Al final de una de estas largas recitaciones, y creo que el año era 1994, decidió dejar de hablar. Se retiró a un rincón de la casa donde solíamos él y yo pasar las tardes de verano jugando ajedrez.
Ahí escogió morirse.

Al retirar los de la funeraria su cuerpo del catre donde pasó esos últimos días, descubrí bajo las sábanas varios pliegos manuscritos con esa letra preciosista, la que solía utilizar cuando lo que estaba a punto de escribir tenía – al menos para él – alguna enorme trascendencia. Era la versión completa de ese poema, Aguilas y Estrellas, escrito para mí.

En medio de los pliegos de papel, había una fotografía en sepia, donde aparecía él a punto de declamar el citado poema, pero disfrazado de Cuauthémoc.

La foto la quemé: después de todo lo que he estado contándoles, seguramente esa imagen le quitará toda la seriedad al asunto.

lunes, 1 de diciembre de 2008

UNA CARTA DEL ZORRO






Estimado Amigo mío:

Por los mensajes y los bandos que se han dado a conocer, ya sabes cual será mi desdichada suerte. Si recuerdas nuestros años en el colegio de San Nicolás, ¡Hace tanto tiempo! en Valladolid, recordarás que nunca fui partidario de pedir falsas clemencias, de inclinar la cabeza. Siempre fui terco y testarudo. En esta ocasión, tan de sí extrema, no pienso variar mis convicciones. Nada de lo hecho por mí hasta ahora merece que pida clemencias o perdones ante la autoridad. Prefiero morir de pie, que vivir de rodillas.

Cuando ésta carta llegue a ti, yo hace tiempo que habré muerto. Te ruego no intentes contestarla, pues podría comprometerte inútilmente en algo en lo que nunca has creído. Como siempre, aunque no comprendo tu postura, respeto tu buen juicio y criterio.

Escribo esta carta porque, entre el chocolate y el pan dulce que conformaron mi última cena, y el amanecer en que hará de llevarse a cabo mi ejecución, me serena recordar nuestros diálogos y discusiones irreconciliables. Siendo los más grandes amigos, nunca compartimos nuestros destinos divergentes.

Ahora, tú has llegado hasta el Arzobispado. Tu sabiduría y buena voluntad te han deparado un destino promisorio y una vejez tranquila rodeado de lo que siempre amaste: tu biblioteca particular repleta y dispuesta. Yo te escribo desde el norte, y sabes que mi futuro se limita a unos pocos minutos.

Recuérdame de vez en cuando, pues temo que nadie lo hará de mañana en delante. Comparte mi última suerte con los pocos amigos que quedan entre nuestros condiscípulos y contemporáneos del Colegio o de la Curia, diles de mi parte que el Zorro les manda un cálido abrazo.

Te confesaré algo: he tenido el más extraño de los sueños. Ahora que estoy a punto de morir, he tenido tiempo de soñar. Soñé con esa libertad peligrosa de la que tanto nos pretenden cuidar. Soñé con muchos, con miles de hombres y mujeres fabricándose tiempos mejores diariamente, en este mismo suelo que hollamos hoy tu y yo. Soñé con hombres libres ejercitando la obligación de disentir, de respetar de quién disienten, y de ser ellos mismos respetados por sus criterios. Soñé con la autoridad como primer siervo del ciudadano, el cual es, en realidad, el máximo soberano de su patria y su propio destino.

¿Existirá alguna vez este mundo nuevo, incomprensible y caótico? ¿Lo llegarán a ver los hijos de este suelo?

Te pido disculpas por hacerte divagar tanto, tú tan propenso al la lógica y el orden establecido.

Pero, si hubieras estado en este sueño de patria, hubieras visto confines infinitos, horizontes múltiples e inalcanzables; aquí mismo, colándose entre los barrotes de mi celda, veo serranías indómitas y frías que me impresionan y avasallan. Allá me extasiaba con nuestras minas de entraña incesante, con nuestros sembradíos inacabables. Permíteme hacerte este mínimo recuento de lo que vi en mi último viaje, en mí cabalgar de leguas y leguas para terminar aquí, donde nadie me conoce y donde están los confines del territorio civilizado.

Finalmente permíteme decirte cuánto añoro ver surgir ese Anáhuac que citaban los cronistas antiguos cuando éramos estudiantes y del México que acuñaron los primeros que creyeron en nuestra diferencia, nuestra individualidad, nuestro propio pasado e inexorable futuro. Tal vez tú lo alcances a ver algún día y esto es lo único que te podría envidiar en realidad.

En fin, me permito la última rebeldía, ante Dios y la Corona, de negarme a sentir culpa alguna por creer firmemente en la libertad de esta tierra , por el derecho de los nuestros a ser felices, y de exigir ser iguales ante sus semejantes. Y de buscar su existencia como nación soberana en el concierto de las naciones orgullosas y responsables. De ser poseedores de nuestra historia particular, que se está escribiendo vertiginosamente.

Encomiendo a mi Dios, un Dios distinto al que le rezan los tiranos, mis últimos pensamientos, pues ya amanece y el día nuevo es mi señal de despedida. Los pasos del carcelero suenan por el pasillo y me apuro para que recibas un afectuoso abrazo de mi parte. No quiero que mis ejecutores crean que uso como excusa la redacción de este último mensaje para robarle a la justicia de los ruines unos breves minutos de vida.

Para los que creemos, sabemos que la eternidad es un punto de reunión para coincidir con los seres queridos. Allá esperaré tu llegada. Mientras, atestiguaré como nace nuestra Patria.

De lo que sigue, te diré una cosa: te juro que no tengo miedo.


Afectuosamente
Tu amigo,

Miguel Hidalgo y Costilla
Chihuahua, 30 de julio 1811

LA EDAD DEL HIERRO










Y entonces Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera." Y cuando estaban en el campo, lo mató...
- Génesis, 4.8


Llegaron a la madrugada, cuando el sol anunciaba apenas su salida al oriente. No podría asegurar exactamente a qué horas, pero si que era un día de domingo y que todos dormíamos. Primero entraron al pueblo un par de blindados de exploración, y poco más atrás, dos o tres decenas de camiones llenos de soldados de rostro inescrutable.

Arriaron nuestra bandera, que el comisario político, en su huída, olvidó retirar. En su lugar, colocaron la suya, que ondeó con la brisa de la mañana como si fuera un ave liberada. Desde un altavoz, fuimos conminados a salir, como estuviéramos vestidos, como fuera. Una voz severa y autoritaria nos ordenó presentarnos a los nuevos dueños de esta tierra. Amodorrados la mayoría, pero asustados todos, salimos descalzos, a medio vestir.

Estábamos demasiado aterrados como para reparar en la desnudez propia o en la del vecino. Los invasores, indiferentes, no perdieron el tiempo: recorrieron nuestro pequeño poblado marcando las puertas de algunas viviendas con una ominosa cruz negra. A los dueños de esas casas marcadas, los obligaban a permanecer en su interior, con palabras altisonantes, con gritos o, incluso, con golpes: por aquí o por allá, se escuchaba el sordo ruido de la culata de un fusil rompiendo una nariz, quebrando algunas costillas. Un disparo acalló el llanto atemorizado de un niño, los alaridos de dolor de una madre cesaron tras el tartamudeo seco de una ametralladora.

Todos temblábamos. El sol, empezaba a calentar la tierra como si aquel amanecer fuera igual a todos los demás, y no lo era. Era junio, el ardiente verano desgranaba otro día de estío, pero yo sentía mucho frío.

Un militar en uniforme de campaña, un coronel, nos reunió a los hombres del pueblo en el rectángulo irregular de tierra apisonada que hacía las veces de plaza. Encaramado a un cajón de madera a modo de tarima, nos arengó por algunos minutos. Habló de los crímenes indecibles que habían llevado a cabo los que habitaban esas casas marcadas. Y sus mujeres e hijos, afirmó, también eran culpables. Al principio, yo, incrédulo, bajaba la vista hasta mis pies descalzos manchados por el barro. Entonces recordé que Miklas, el lechero, alguna vez nos había vendido de menos, pero había cobrado de más. Y aquel coronel seguía rugiendo, alzando la voz paulatinamente, como en oleadas, temblando de coraje, como si nuestras afrentas fueran de él. También recordé – como si fuera ayer – como Burian se burlaba porque su rebaño producía más crema y mantequilla que mi propio hato de ganado. Esa gente era la gente que traía la miseria y el hambre a estos lugares, continuaba el coronel. Nuevamente vino a mi memoria el día en que Damek me negó un préstamo que habría salvado el trigo de mi parcela. Allá al frente, el coronel cedió su puesto a un sacerdote. Era tiempo de que aquellos expiaran sus culpas, y era tiempo en que pagaran la desgracia y la degradación moral que extendían como una plaga entre nosotros, dijo aquel hombre de Dios, refiriéndose a nuestros vecinos cautivos. Y era cierto. Recordé como Milos veía con lascivia a las mujeres cuando acudían a su tienda. Era un rumor conocido por todos que a las que se les retrasaban los pagos, las perdonaba a cambio de manosearlas en la trastienda, fueran muy jóvenes o muy viejas. Era cierto, todo cierto, y ahora mis pies cubiertos de lodo no me daban vergüenza: me daban rabia. Seguramente mi pobreza era culpa de ellos. Seguramente nuestros pesares eran culpa de sus embrujos, de sus maldiciones, de sus fechorías. Observé a mí alrededor. Mis vecinos asentían. Algunos con la mirada afiebrada de los que han encontrado una misión que cumplir. Otros, los menos, con apenas un atisbo de convencimiento. Todos estábamos de acuerdo y los que quedábamos en las orillas de aquella formación, recibíamos miradas de aprobación de los soldados, que mantenían sus fusiles distraídamente apuntando al suelo. Algunos de ellos, los más entusiastas, nos daban palmaditas en el hombro y otros empezaron a repartirnos tablillas de chocolate.

Estamos – argumentaba nuevamente desde su improvisado púlpito el coronel – en una nueva Edad del Hierro, en el que los hombres débiles y pérfidos sobran. En el que los malditos y los que insisten en vivir apartados de la mayoría, salen sobrando en nuestra nueva sociedad, en la que – quiéranlo o no – Ustedes han sido incluidos por nuestra gran nación, aún a costa de sí mismos. Y ahora, para merecer su pertenencia a esta nueva era ¡Ahí están los culpables de la guerra! ¡Ahí tienen a los causantes de que la mitad de las familias este pueblo hayan recibido telegramas y cartas dándoles la noticia de que un padre, un hermano o un hijo han caído en el frente! Ellos son, y no nosotros, los verdaderos culpables ¡Cumplan de una vez con el destino y háganlo sin dudar!

Sentí rabia subir por mi garganta. Sentí odio infinito – ni siquiera me detuve a pensar un momento si todo aquello era verdad o no – pues en el bolsillo de mi pantalón quemaba como una brasa el telegrama recibido hacía algunos días, anunciándome la muerte de mi hijo mayor por heridas recibidas en combate. Lloré, y recordé con coraje, como esos malditos se recluían en sus templos a orar en secreto. Como sus sacerdotes únicamente santificaban los matrimonios entre aquellos que profesaban su misma religión, ya fueran de aquí mismo o de ciudades más alejadas. Se creían superiores – me escuché farfullar en voz alta – no se sienten dignos de calentar nuestros lechos, ni de compartir nuestra suerte. Me sorprendí escuchar mi voz, que no era mi voz, si no una ronquera temible. Me sorprendí porque, como viejas fotografías, me llegaron imágenes que me hicieron estremecerme involuntariamente: Kasia, la vecina lavandera, abrazándome cuando murió de fiebre mi hija pequeña, sin importarle su ropa recién lavada volcada sobre el polvo, mis pulmones llenándose del suave aroma a lavanda. Zakari, rompiendo la boleta de empeño el día de mi boda, para que iniciara mi vida de casado sin la losa de una deuda. Rurik tocando su violín hasta el amanecer los años en que la cosecha era buena, cuando el mundo parecía sonreírme de repente y sin merecerlo. Y otros recuerdos acusadores más, que hacían arder mis ojos, pues todos ellos estaban encerrados en sus casa marcadas con la cruz negra y yo estaba aquí, pidiendo su castigo sin haberme hecho ellos nada. Mi cobardía aumentó el volumen de un odio que nunca había sabido que existía..

El coronel nos observaba, satisfecho, a su lado, el sacerdote repartía bendiciones aquí y allá, como si nos embarcáramos a una cruzada. A nuestras espaldas, escuchábamos un rumor callado de sollozos y plegarias: los habitantes de las casa marcadas eran llevados a empellones hacia la barranca seca formada por el antiguo cauce del río. Pero eso nos distrajo bien poco: los invasores nos repartieron uniformes nuevos, parecían recién planchados. Ahí mismo, olvidando nuestro antiguo miedo, los hombres del pueblo nos probamos aquellas prendas. A pesar de nuestros cuerpos desgarbados, nos sentimos hombres nuevos. Frescos para la justicia vengadora, exclamó el coronel al vernos uniformados, mientras nosotros nos observábamos, unos a otros, con sorpresa.

Ordenaron dar un paso al frente a los que supieran usar armas de fuego. Sin pensarlo, avancé y un sargento con rostro impasible me entregó un fusil. Me separó del resto, llevándome junto a un puñado de hombres que también sabían usarlos.

Se hizo el silencio. De entre el grupo de aldeanos uniformados, surgió la figura delgada y alta de Karel, el loco. A zancadas largas, llegó hasta la tarima. El pantalón oscuro le quedaba corto. El kepí no lograba cubrir su cabeza y la elegante casaca de cabo de guardias de asalto le daba un aspecto de buitre desvalido. Tan marcialmente como le permitió su cuerpo encorvado, saludó llevándose la mano a la visera. El coronel bajó del cajón, seguramente sin saber por qué, y Karel se apropió de nuestra atención. Su voz, cavernosa y grave, se multiplicó como si tuviera muchos ecos. ¿Están parados aquí – preguntó – para aprovechar la oportunidad y confundir lo que está mal con lo que les conviene? Ustedes, los de los rifles (apuntó a nosotros) ¿Saben que esta vez no cazarán al alce o al jabalí? Se volvió al coronel, que estupefacto lo miraba. Le agradezco, padrecito – dijo – este bello disfraz que Usted me regala. Yo desde hace mucho duermo en una porqueriza, y en pocos lugares podré lucir mejor estos vestidos que entre lo cerdos. Y a Ustedes, hijos del lobo (levantó el brazo derecho, abarcándonos a todos) puesto que años de vivir al lado del vecino no les ha permitido conocerle, y se creen las historias traídas por un carnicero disfrazado de héroe, y a un pope que avergonzaría al mismo Diablo, me marcho para encerrarme a cualquiera de las casas marcadas. Prefiero pertenecer a los condenados por los hombres, que a los que estarán condenados por el Altísimo, si es que Él existe, que empiezo a dudarlo.

A grandes trancos, se perdió en el patio de una de aquellas casas, donde un cerdo salió a recibirlo alegremente desde un zoquetal.

Estábamos en trance. Para entonces, la multitud abigarrada de condenados lloraba en silencio frente a nosotros. Un delicado murmullo se elevó del centro de la multitud – era uno de los cantos que a veces escuchábamos salir de su templo - envolviendo suavemente sus cuerpos desnudos. Es el Canto de la Buena Muerte, dijo uno de los que estaban junto a mí. Nos atenazó algo parecido a un temor reverencial. Los soldados colocaron a los condenados dándonos la espalda, con la vista hacia el lecho del río. Los padres tapaban los ojos de sus hijos. Las madres acurrucaban en su pecho a los niños más pequeños. Percibí una náusea terrible en mi garganta. Entonces nos ordenaron disparar. El primer disparo que salió de mi fusil recorrió mi cuerpo como un relámpago. Cerré los ojos. Recé – lo juro, en verdad – porque mi víctima no sintiera dolor, pero esa mañana hice muchos disparos más. Cuando terminamos, casi a media tarde, nuestros ojos estaban enrojecidos por el humno acre de la cordita y por el asco.

Los nuevos asesinos evitábamos vernos a la cara, intentamos, sin éxito, rehuir de todas las miradas, pero hubo algunas de las que no pudimos escapar, y eran esas que ahora atisbaban insistentes desde los recuerdos.

El coronel nos hizo formar nuevamente. Nos quitaron los uniformes. Nos retiraron las armas. Quedamos otra vez semidesnudos, temerosos, inermes. Los motores de los vehículos rugieron entre nubes de combustible mal quemado y los soldados se dispusieron a seguir su marcha, pues su guerra todavía no terminaba. El coronel nos veía con una sonrisa torcida, como el gato que finalmente saborea la captura de un canario.

Ahora, dijo por última vez, ahora pueden presumir que son como nosotros.

Sin decir nada más, la columna se retiró, desapareciendo en un recodo del camino, levantando una nube de polvo amarillo.

Era junio, recuerdo, y las cigüeñas extendían sus alas desde su nido, en el campanario de nuestra iglesia.

Me senté en el dintel de la puerta de mi casa y cerré los ojos.

TERNURA POR TRAVOLTA








Son las dos de la mañana. En la tele acaban de pasar la película Saturday Night Fever, que en los 70 parecía atrevida, porque, entre otros detalles, trataba el tema de los jóvenes y la droga de manera muy somera, tanto, que para estándares de estos tiempos, pecaría de ingenua.

Aparte, el célebre traje blanco que vestía Travolta, estaba peor que el de Juliancito Bravo en la película El Traje Blanco.

No se cómo mis padres me colaron al cine hace veinte años, para ver una película entonces clasificada para “adolescentes y adultos”. Recuerdo que apenas tenía nueve años. Creo que mi madre pensaba que el filme sería de temática familiar, pues el Travolta venía de hacer “Vaselina”, con la australiana Olivia Newton John.

Hoy tampoco quise dejar de verla, tal y como lo hice hace 26 años.

El fondo musical para los créditos con los que se cierra la película, es la legendaria “How Deep is your Love” de los Bee Gees (que dos de ellos ya estén viendo crecer los rabanitos por debajo le da todavía más solemnidad al asunto), y puedo decir sin miedo que acabo de sentir súbitamente una enorme ternura por Travolta.

No es que su papel haya sido magistral. De hecho, nada tiene que ver su actuación con esto. Para nada. Incluso, unos años después tuvo la fatal idea de hacer una “segunda parte” de la película que se llamó Staying Alive, y fue un reverendo bodrio. Tan estrepitoso fue el fracaso, que tuvieron que pasar casi veinte años (y al menos treinta kilos) para que Tarantino lo rescatara en Pulp Fiction, convirtiéndolo en un indiscutible imán de taquilla, sobre todo si no baila. O sea, John Travolta es todo un éxito, con todo y sus jaladas cienciológicas, o incluso a pesar de ellas.

A lo que me refiero es a que al escuchar otra vez “More than a Woman”, me acordé de mí, con el añadido de que esta vez observé detalles en la película que a los nueve años me parecieron indescifrables, o de plano extraños.

Por ejemplo, cuando una chica quiso seducir al cuestionablemente apuesto Travolta, después que éste la botara por otra mujer que bailaba mejor (y que estaba definitivamente más buena que ella), la tipa saca cuatro paquetes de condones, ofreciéndoselos, en una actitud suplicante, poco sensual.

Así, hace veintiocho años, salí del cine con la idea de que algunas gringas intentaban enamorar a los hombres ofreciéndoles mentitas.

Mis padres, claro, no se apresuraron a sacarme de la duda, y por varios días me dio vueltas en la cabeza la imagen de esa chica – Annete, creo que se llamaba en la película... en la vida real, de su nombre no se deben de acordar ni sus padres – su gesto suplicante, sus “mentitas”, los zapatos de tacones torcidos, un abrigo con un sospechoso peluchín blanco en el cuello, y un maquillaje policromado y horrible como el que luego haría célebre a la esposa de López Portillo.

Cuando digo que me acordé de mí, me refiero a que me recordé entonces. Travolta es una excusa. La música de los hermanitos Gibb (un tío mío aseguraba seriamente que cantaban así porque los habían castrado) solamente un móvil.

Me transporté a unos años en los que mis temores eran otros: los de ahora son verdaderos, los de ayer eran ficticios, pero para mí, eran reales. También, creía que el mundo estaba terminado, perfectamente concluido. Había solamente que pulir las esquinas en algunos lados, sacarle brillo a algunas partes.

Qué injusto fui, a los ocho años, con los constructores de lo que recibiría mi generación, apenas tres o cuatro lustros después. Escucho aquella música, y por arte de magia reviven varios de mis muertos más queridos, que suelen ser los más injustos: con todos quedaron algunas palabras pendientes, eso pasa siempre. Algunos fueron una tangente fugaz: dolieron poco, pero otros tal vez sean a los que más necesité después, incluso ahora.

Varios de ellos murieron lejos, en otra ciudad, en la curva de una carretera, en un quirófano. A otros les cerré los ojos yo mismo, al filo de la madrugada.

Al final de la historia, Travolta huye de casa, para intentar, al menos, un comienzo desde cero, en otro lado. Se quedaba con la chica bonita, aunque no de la manera clásica: un final agridulce, un poco exagerado, tal vez creíble. Un churro, pues.

En este mismo instante, Yvonne Elliman canta “If I Can´t Have You”. La película terminó. Corre el año de l977. Elvis todavía está vivo. Aquel mundo que entonces creía completo, está felizmente inacabado, y yo estoy absolutamente vivo.

Por eso digo que a estas horas sentí una increíble ternura por Travolta, pero, claro, esto no tiene nada que ver con él.

HOJAS DE ROBLE MOJADAS



El teniente Reinhard “Teddy” Suhren tenía veinticinco años y era miembro de la flota de submarinos de la marina de guerra alemana, y comandante del submarino U-564. Su tripulación la conformaban chicos de no más de veintiún años y tanto ellos como sus oficiales, eran desenfadaos y cínicos tanto como eran jóvenes pues sabían - a la larga - que sus probabilidades de sobrevivir a la guerra eran mínimas.

Ese carácter, más la propaganda oficial, y una despiadada efectividad en combate, habían convertido a Teddy Surhen en una estrella pop de la guerra. Ningún comandante de submarinos, en ninguna guerra de ninguna otra época, sería tan mortífero que ese joven comandante que, en una noche sin luna del mes de mayo, tuvo ocurrencia de declararle la guerra a México sin saberlo.

Cerca de Florida, el 12 de mayo de 1942. Surhen encontró una nueva víctima, un buque petrolero, iluminado como si fuera un árbol de Navidad: algo fuera de lo común, pues todas las naves aliadas navegaban a oscuras, para evitar ser atacadas por los Lobos Grises de la Kriegsmarine.

Surhen dudó: solo las embarcaciones de países neutrales navegaban siempre con sus luces encendidas. Era una convención internacional. Además, pintaban en gran formato su bandera nacional a babor y estribor, era imposible no verlas.

- Es un imbécil que se cree muy seguro, ya sabes, como son los yankees - fue la opinión de Ferdinand Gessler, su primer oficial.

Teddy Surhen se pegó al periscopio. Qué molestia, carajo. Con un barco más que hundiera, le podría añadir a su Cruz de Hierro un par de Hojas de Roble: pero, sí, ahí estaba la maldita bandera.

- Verifica en el manual los siguientes colores - ordenó a Gessler - rojo-blanco-verde, en franjas verticales…

-¿Rojo-blanco-verde? ¿En franjas verticales? ¡No existe!

- ¿No existe? ¡Mierda, está enfrente de nosotros, rojo-blanco-verde en franjas verticales!

Teddy Surhen se decidió rápido: Vengan esas Hojas de Roble Mojadas, como les decían los submarinistas con humor negro a esas condecoraciones.

-¿Distancia al objetivo?

-¡Seiscientos metros!

-Corregir rumbo 167 grados, preparen torpedos de proa, uno y dos

-¡Torpedos listos y armados!

-Fuera uno…y dos…

El submarino se estremeció tras el lanzamiento de ambos torpedos y medio minuto después, una gran explosión iluminó el horizonte. El buque petrolero ardió hasta el amanecer. Su casco quedó partido en dos, formando una V de la victoria, tal y como permanece hasta hoy.

Teddy Surhen nunca lo supo, y tal vez nunca le importó saberlo, pero el buque en cuestión era el BT Potrero del Llano, de bandera mexicana.

Más sorprendido hubiera quedado de saber que la cancillería mexicana declaró la guerra a Italia, Alemania y Japón, al mismo tiempo. El Indio Fernández, dicen que dijo “Eso es tener huevos”, pero más bien, eso era tener un fino sentido de la distancia, pues más de diez mil kilómetros - y los Estados Unidos - separaban a México de cualquiera de sus “extraños enemigos”.

Fue hasta 1945, en Filipinas, cuando un contingente aéreo mexicano vio combate intensivamente en el frente del Pacífico.

México perdería cinco pilotos, pero según el General Douglas MacArthur, jefe de las fuerzas aliadas en el Pacífico, los pilotos del Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana habían sido responsables de eliminar (ellos solos, según don Douglas ) a 20,000 soldados del ejército imperial japonés.

Todo gracias a un par de Hojas de Roble mojadas, una bandera mexicana mal pintada y un teniente alemán con mala leche.

UNA CHUSMA CON LOS PIES DESCALZOS






Más sobre el Factor Bisagra, o como la suerte y la estupidez humana pueden cambiar la Historia…

From this day to the ending of the world,
We in it shall be remembered,

We few, we happy few, we band of brothers;
For he to-day that sheds his blood with me
Shall be my brother…

(William Shakespeare / Henry V)

Durante la Guerra de los Cien Años, a algunos kilómetros del puerto de Calais, dos ejércitos enemigos acampan medio kilómetro uno del otro, para pasar la noche. Uno es francés, el otro inglés y el día siguiente combatirán a muerte. Entre ellos, se extiende un campo de trigo recién sembrado, que, obviamente, ese año no dará cosecha alguna.

El contingente bajo el mando de Charles d’Albret, Condestable de Francia, era numeroso: 20,000 soldados, de los cuales ocho mil eran caballeros. El resto del campamento estaba conformado por infantes armados con picas y ballestas.

Del otro lado, el rey de Inglaterra, Enrique V, supervisaba a sus soldados: apenas mil caballeros y cinco mil soldados de a pie. Habían incursionado por territorio francés saliendo desde la costa, pero viéndose acosados por fuerzas superiores, intentaron retirarse, pero el enemigo había cortado su ruta de escape.

El rey inglés sentía en la nuca el vaho helado de la muerte, sus hombres también: mientras que en el campamento francés mercaban las prostitutas, tocaban los músicos, fiaban aguardiente los tenderos y el bullicio era generalizado, los soldados ingleses afilaban sus armas, aceitaban albardas o cortaban las ramas de los abedules y los olmos para fabricar flechas, en silencio. Sufrían de disentería y hambre: estaban agobiados y la derrota tal vez fuera un mal menor, quizá el último que tuvieran que sufrir.

Harry paseó entre sus arqueros, que a pesar de los caballeros armados de pesadas armaduras y veloces corceles eran la auténtica y humilde elite de su ejército.

Los tenía en altísima estima pues podían lanzar, a poco menos de medio kilómetro, cuarenta mil flechas por minuto. Hasta la llegada de la artillería de Napoléon, en el siglo XIX, no existiría fuerza más mortífera contra la infantería que el arco largo galés, un arma primitiva y eficaz.

Uno de ellos lo reconoció:

“¡Honor al rey, que está presente!”

“¡Ho, Harry! Ho, Harry!” - el grito se extendió por el campamento y la noche.

El rey encaró al soldado que lo había reconocido.

“¿Cuál es tu nombre, arquero?” – demandó Harry

“¡Fuellen de Gales, sargento en armas de Su Majestad!”

“Te traje a morir lejos, Fuellen de Gales” dijo sin mucho ánimo el rey de Inglaterra.

El otro levantó una mirada endurecida: la del que no tiene nada que perder.

“Mejor morir con milord en Francia, que morir de hambre en Inglaterra…”

Harry se sorprendió ¿Morir de hambre en Inglaterra? ¿Qué sabía el rey de los ingleses sobre los padecimientos de sus súbditos? Nada. Por una vez, la mirada de Fuellen de Gales y el soberano coincidieron, igualados por la muerte cercana.

“Si mañana la victoria es nuestra, tú y tus hombres no volverán a conocer el hambre…” – el rey levantó la voz, intentando un gesto magnífico que tuvo efecto sobre sus hombres.

El grito “¡Harry!¡Harry!¡Harry!” se extendió por el campamento nuevamente.

Corrían los años de la Edad Media, y en la guerra, la suerte de los nobles definía la de su infantería, pero mientras que a los aristócratas derrotados, cuando eran afortunados, los protegía el código de la caballería y se les tomaba prisioneros para pedir rescate, al soldado común se le pasaba a cuchillo sin misericordia.

Esa noche, apenas había cerrado los ojos el rey inglés, para pedir por su alma y por una muerte rápida, cuando las puertas del cielo se abrieron y llovió toda la noche.

Al despertar, Harry descubrió que la pradera entre ambos ejércitos se había convertido en una ciénega. Y aunque no era cosa de echarse a brincar de gusto, también notó que el comandante francés se había precipitado: el campo de batalla era una franja larga y angosta, bordeada en ambos lados por bosques.

En esas condiciones, el enemigo desperdiciaba su superioridad numérica: la infantería no tendría espacio para maniobrar.

El Condestable de Francia pensaba igual respecto al terreno anegado: era poco favorable para la caballería.

Esperemos - dijo a los nobles que lo acompañaban - a que el suelo recupere su firmeza. Lo rodeaban el duque de Alencon, de Borgoña, de Rohan y Orleáns. Estaban ahí los condes de Armañac y Borbón, ambos acérrimos rivales y aspirantes a la corona francesa, y también el no menos influyente duque de Brabante.
Este último se burló.

“¿Su señoría el Condestable le teme a una chusma con los pies descalzos?”

El resto de los caballeros, que de aristócratas tenían lo que tenían de necios, se unieron a la burla. Alguien acusó a d’Albret de quererles “escamotear la gloria que les correspondía”. El Condestable, estúpidamente, cedió. Ataquemos, pues, dijo flemáticamente.

En el campamento inglés, el rey entendió que su única posibilidad de salvación suponía aguantar las oleadas de caballería e infantería: se clavaron al suelo filosas estacas para proteger de las cargas de caballería a los arqueros. Estos fueron dispuestos formando una media luna que iba de un extremo a otro del angosto terreno. Los protegerían alabarderos y picadores, que con sus pértigas puntiagudas de cuatro metros de largo, protegerían a los arqueros como última defensa. Harry apostó su reino y su vida los arqueros: que los arcos largos de Gales honraran su fama.

El rey se formó entre ellos, en la línea del centro, lo acompañaba un pequeño destacamento de caballeros, por una razón obvia: cuando el rey se digna a morir a tu lado, acobardarse es impensable.

A sus flancos, quedaban la caballería del conde de Gloucester y la del duque de Oxford, con órdenes estrictas de esperar.

Los ejércitos quedaron frente a frente. Uno no podía atacar. El otro dudaba.

El Condestable, no encontrando mejor alternativa, ordenó avanzar a galope.

Como lo había temido, lo hicieron a cámara lenta. Con el peso de los jinetes y sus armaduras, los caballos se hundían en el cieno, incapaces de acelerar. Harry tomó la iniciativa. Shakespeare dice que en esos momentos, el rey pronunció un rezo desesperado: “Señor de los ejércitos, endurece el corazón de mis soldados…” y 40,000 flechas por minuto cayeron sobre la caballería francesa, atravesando armaduras, pero sobre todo, hiriendo mortalmente a los corceles, que rodaron sobre el campo enlodado, quedando sus caballeros con la cara al cielo, moviendo piernas y brazos, como escarabajos gigantes, incapaces de ponerse de pie por el peso de sus armaduras.

El Condestable de Francia, viendo el desastre, dirigió personalmente el segundo ataque. Ordenó que los caballeros fueran precedidos por la infantería, y se lanzó al asalto. En su yelmo rebotaron las flechas, en su escudo se incrustaron otras más, pero frente a la primera línea inglesa, su caballo se acobardó, frenando súbitamente y proyectándolo hacia la línea de estacas afiladas. El ataque perdió ímpetu y en quince minutos, la suerte de la batalla estuvo echada. Las crónicas de la época relatan que las oleadas sucesivas chocaron con los cadáveres apilados de bestias y hombres, que la lluvia de flechas no cesaba.

Al mediodía, Enrique de Lancaster dio por terminada la lucha.

Algunos historiadores, especialmente los ingleses, explican la muerte de los caballeros franceses prisioneros de distintas maneras. Casi al finalizar la batalla, el rey manda llamar a Fuellen de Gales. Empeñó su palabra, no lo olvida: No volverás a tener hambre.

Y permite – ordena - que él y sus arqueros vencedores arrasen el campamento francés, que tomen sus pertenencias, que asesinen a los cautivos. Sus caballeros respingan. ¡Eso es contrario a las leyes de la caballería! protesta el duque de Gloucester. El rey apunta a su infantería. Ellos no son caballeros. Son el cuerpo de arqueros del rey.

Está conciente de su falta. Es más, teme al juicio que harán sus pares, Dios y tal vez hasta la Historia, pero de eso se ocupará después.

Ahora, debe atender labores protocolarias: en su tienda de campaña lo espera el heraldo, el Conde de Montjoie. El heraldo es francés, y es también una institución que está por morir, pues pertenece a la época que acaba de desaparecer, la de los caballeros de armadura montados.

Se trata de un árbitro imparcial, encargado de hacer observar las reglas de la caballería. Como tal, no le es ajena la masacre que se acaba de hacer con los prisioneros, pero no puede hacer nada al respecto.

Saluda al inglés, que quiere acabar con la ceremonia tan pronto como pueda, para largarse de regreso a Calais y la seguridad.

“Montjoie. ¿Cuál es el resultado de la batalla?”

“Victoria inglesa, Sire”

“Ese castillo que está sobre la colina… ¿cómo se llama?”

“Castillo de Agincourt, Milord”

“¿Y su dueño?”

Montjoie apunta al cadáver de un prisionero recién asesinado por el sargento de armas.

Enrique se estremece, pero él es el vencedor y se puede dar el lujo de ser arrogante.

“Pues quede para la historia. En la batalla de Agincourt, los bravos ingleses, inferiores en número, vencimos a la flor y nata de la realiza francesa. Puede marcharse…”

En las ciudades que recién aparecían en las encrucijadas de las rutas comerciales de Europa apareció un hombre nuevo: el pequeño burgués, el hombre libre, par de aquellos infantes bajo el mando directo de Fuellen de Gales, que probaban que la habilidad personal – así fuera para tensar la cuerda de un arco, cardar la lana o fijar el precio de la mantequilla - igualaba a los hombres no solo en el campo de batalla, sino en cualquier campo de la experiencia humana.

Así terminó la Edad Media, en un campo de batalla enlodado, donde la supuesta superioridad de la aristocracia francesa fue diezmada por una chusma con los pies descalzos, y no solo eso, de paso también moría el feudalismo y el mercantilismo, abuelo por derecho propio del sistema de libre mercado, tomo por asalto Europa occidental.

viernes, 20 de junio de 2008

"LLAMADME ISMAEL..."


Con esta frase – “Llamadme Ismael” - inicia una de las obras maestras de la literatura norteamericana: Moby Dick, de Herman Melville.

Se puede interpretar como una novela de aventuras, una versión más de la lucha primigenia entre el hombre y la bestia. Incluso, simbólicamente, la lucha entre el bien y el mal. Pero Melville es implacable, más aún que los villanos de su obra, por eso llenó su libro de analogías que son y serán válidas, por los siglos de los siglos, o hasta que el sol se funda, que es casi lo mismo.

Ismael, el narrador, se enrola en la tripulación de un buque ballenero, el Pequod, comandando por el capitán Acab, pero no llega a conocerlo personalmente sino hasta varios días después, cuando ya navegan en alta mar. Describe a toda la tripulación minuciosamente, pero al referirse al capitán, lo refiere como un individuo con una sola obsesión, que es la de cazar a una furiosa ballena blanca, a la que los arponeros del barco apodan Moby Dick.

En el capitán Acab la vida se ha reducido, sobre cualquier otro objetivo, a la venganza, aunque esto signifique la destrucción de su buque y la muerte de todos sus tripulantes. Sus subalternos se dan cuenta de esto, de una manera u otra llegan a la misma conclusión, pero dejan que la conducta obsesiva de su capitán los arrastre a todos sin remedio, siendo el clímax del relato el enfrentamiento final entre la tripulación del Pequod y la mítica ballena, quedando destrozado el buque, su tripulación muerta: Moby Dick ha triunfado, y Acab, atrapado entre las cuerdas de los arpones que erizan el lomo de la ballena blanca, es arrastrado a las profundidades del Atlántico Sur, prisionero final de su obsesión.

Ismael es el único que vive para contarlo, su historia es el relato de un sobreviviente.

Melville en su libro parece que intenta prevenir, para quien quiera leerlo, de los capitanes Acab de este mundo, que existen, que de ficticios solo tienen sus principios.

Son esos que insisten torpemente en destruir naves, aunque no sean las propias; y de arriesgar a sus tripulantes sin su consentimiento.

En estos comandantes derrotados, sus causas han superado a sus afectos, si es que los han tenido alguna vez.

Pensando en esto, ayer encendí una vela por la presunta tripulación de un capitancito Acab de nuestro tiempo, el impredecible señor López Obrador, que a falta de votos para alcanzar la presidencia de la república, pretende lanzarse a la caza de su muy personal ballena blanca, sin darle importancia a las consecuencias, así sea perder a su tripulación, o a dañar la nave, que, igual que pasaba con el Acab de Melville, tampoco le pertenecía.

Es condenable, sí, pero que la tripulación quede expectante y sin saber qué hacer, o que lo vea como una broma para humores feroces, es lo más preocupante de la situación.