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viernes, 16 de julio de 2010

Espacio en el Tiempo


Viendo tu fotografía en el periódico, caigo en cuenta que por ti no había pasado el tiempo desde nuestra graduación de la escuela preparatoria. Soy especialmente sensible a esos cambios: noto como voy dejando de ser aquella persona que quería ser y que poco a poco va difuminando la erosión inclemente de los días.

Pero te alcanzó el tiempo de repente y lamento no haberte saludado aquellas veces que te vi de lejos. En todo caso, mi descortesía siempre tuvo un motivo, y por eso a lo largo de los años evité llegar hasta donde estabas para no echar a perder el rato. Para no romper el momento.

Recuerdo entre varias una ocasión: estabas en un parque cercano a la casa de mis padres. Jugabas con un niño de tres o cuatro años, seguramente tu hijo. Lo hacías girar por encima de tu cabeza, con suavidad y cuidado mientras él abría los brazos, estirando la punta de sus dedos, estallando con cada carcajada. Tú tenías los ojos cerrados y también reías. Aproveché para verlos de lejos, acercarme hubiera roto la comunión y el instante de algo tan fugaz. Seguramente, pensé entonces, eso es la felicidad.

Te vi otras veces. De lejos. De paso. De prisa. Nunca hubo oportunidad de cruzar palabras, de intercambiar datos, suertes, direcciones. Y siempre me quedé con ese día en el parque identificándote con los que ya tienen la vida encarrilada, segura, duradera, predecible, recordándola así en un recuento fugaz de las vidas de los otros.

Fuiste esa imagen hasta la mañana de hoy, en que una esquela del periódico informó que habías muerto, que desde aquellos años hasta ahora, habías tenido (dejado) dos hijos más. Verás, no encuentro la forma de decirte como duele no haber cruzado una calle transitada, una acera lluviosa, o un par de escaleras para darnos un poco de espacio en el tiempo para despedirnos.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Monólogo de Visitante Extranjera














Ahora mismo estoy conociendo tu país desde la ventanilla del avión.

Es grande, y aunque esto ya lo sabía, me sorprende descubrirlo por mí misma. En mi país, los pequeños bimotores de nuestra aerolínea local lo atraviesan de lado a lado en un par de horas y les sobra tiempo.

Desde acá arriba veo campos arados, pastizales extensos o bosques impenetrables. Veo montañas que desde el suelo deben ser majestuosas y retadoras, pero desde las alas del Airbus que me trae hasta acá, parecen pequeñas y humildes. Allá abajo, pasan lentas y heladas, mientras volamos a ochocientos noventa kilómetros por hora, a veinticinco mil pies de altura. Desde aquí paso revista a las serranías de tu tierra. Como jirones y manchas veloces de verdes oscuros y marrones van asaltando mi horizonte, casi como me lo constaste alguna vez.

No sé como son tus ciudades. Por más que las imagino me pregunto ¿Qué magia tienen? ¿Qué miseria esconden los rascacielos, los monumentos, los neones? ¿Qué historias oscuras podrían contar sus paredones y sus calabozos, los claustros y los monasterios, las fortalezas de tu ciudad? Sabrás, por que te lo he dicho, que en mi país no hay héroes. Allá solo existen los ciudadanos, y los ejércitos, que ya solo existen por costumbre, se aburren en los cuarteles... Es triste que un país tenga tantos héroes, por que para que estos existan son indispensables los canallas.

Estoy emocionada, pero el ronroneo de los motores me arrulla y finalmente, duermo. Sueño desde la isla presurizada de mi asiento, desde la península minúscula de mi patria (donde deseo que solo habitemos dos personas) ¿Qué me espera allá abajo? Yo solo acudo a encontrarte... ¡Y me mandas a tu país por delante a recibirme!

El manto de nubes interviene: las hay delgadas como sábanas e intervienen en esta breve introducción con montañas. ¿Sabes? He aprendido demasiado de este país y de su historia, su sucesión de partos solitarios, de batallas perdidas, y también que detrás de las letras muertas, palpita todo lo que muy pronto me enseñarás: Lo que no conozco de sus sueños y sus secretos. Su fe ante el dolor pesado y espeso de la incertidumbre, barnizado de una alegría desesperada, pero auténtica y sólida como un buen cimiento.

Sueño con sus sonidos particulares, los que se conocen por la noche.
Bajo mi pie murmuran la madera joven, el canto rodado de algunas calles y la cálida carne de su cantera. Ásperos son en mi imaginación el granito de sus templos y el basalto de los monumentos. Todo envuelto en música de mar, de aire, de sol nuevos y que ignoro, pero poco a poco reinvento... En fin, no sé si algún día te llegue a contar esto: me siento indefensa cuando logras traspasar mi mente y conoces lo que pienso, aunque intuyes lo que yo retengo ¿No es esto lo más privado que tenemos? El cuerpo se posee y hasta se intercambia, pero no existe callejón más privado que la conciencia y la memoria concreta. Me da miedo pensar que somos extraños aún conociéndonos. Estar tan cerca y tan lejos.

“El piloto aplica los aerofrenos. Son las seis de la tarde y los techos de lámina de las fábricas de tu ciudad brillan como las escamas del pez dorado y ardiente de los agostos mexicanos. Son novedades que no aparecían relatadas en tus cartas y no me gustan. Las fábricas y su rutina son tan antagónicas al viento (y a ti y a mí) como lo son la libertad a la corona. El avión tomará pista en un par de minutos: ¡Te extrañé tanto por tantos meses y ya voy a verte! El cielo sucio de tu ciudad me recibe como una asquerosa sonrisa de dientes amarillentos por la nicotina. Cortamos el smog de tu país, quizás ya lo respiro y esto ya es algo. ¿Habrá traducción al español para mi nombre? Lo ignoro. El lenguaje de tu tierra es autocrática como la lumbre y, para mí, musical como la lluvia. A ciento ochenta kilómetros por hora, tocamos en llantas de caucho la pista. Nos movemos cada vez con más lentitud... el avión ha parado totalmente: estoy llamando a tu casa. ”




Buscando Ítaca











Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca/
Debes rogar que el viaje sea largo…
(Constantino Kavafis/ Itaca)


Hace décadas partí.
Abandoné Ítaca, la de muros blancos, playas cristalinas.
Y ahora que intento regresar, extenuado de la guerra,
Yo te pregunto a ti,
¿En dónde está Ítaca, viajero?
¿Me reconocerán su aire, su playa, sus muros blancos?
Si ya no me conozco yo, si ya dejé atrás tanto
Si ya no recuerdo el camino de vuelta,
Si quedaron en algún lugar mi equipaje y mis días
¿A dónde volver, si es que vale la pena volver a algún lado?
¿En dónde está Ítaca, viajero?
Llevo en la memoria mil deseos muertos
Banderas arriadas
Retiradas al amparo de la noche
Sueños muertos de sed y frío
Pero ningún recuerdo de mi infancia,
Ni un ladrillo que sea mi casa
Ni un terrón de suelo amado
Por eso vago - es cierto - y la brújula quedó guardada en algún lado,
O ronda perdida en algún tiesto, con la carátula quebrada y el Norte inútil.
Y si no existe ya Ítaca,
¿Cuál playa es la indicada?
¿A dónde descansará la proa de las negras naves?
Yo te pregunto a ti, viajero,
¿Existió Ítaca alguna vez?
¿Valdrá la pena seguir buscando?

martes, 2 de diciembre de 2008

NABUCODOONOZOR ESQUINCA, ALIAS "PANTERA ROJA"








“Y retiemble su centro la tierra...”


Esa era la frase que usaba mi abuelo para darle énfasis final a alguna discusión o plática. O sea, quería decir que después de lo que había dicho, pues nada, todo estaba completamente de más.

A veces era cierto, pero la mayoría de las veces estaba en un error que no le importaba corregir... pero me estoy adelantando.

Empiezo por presentar a Ustedes al personaje. Nabucodonozor Esquinca nació a la vuelta del siglo, por ahí de 1910 ó 1915. No lo recuerdo bien. Y él menos. Contaba que era de La Laguna, pero el recuerdo más presente de su infancia, era que la gente en Zacatecas se detenía, a diario, a las once de la mañana para tomarse un mezcal y combatir el frío. Según esto, todos lo hacían: las damas, los caballeros, los ancianos... los niños obviamente no. Añade que no era raro que la “gente decente” entrara unos minutos a cualquier cantina a beberse un caballito de mezcal, colocar algunas monedas de cobre en el mostrador, y despedirse. Y eso es todo lo que recuerda de su infancia, salvo uno que otro ahorcado colgando de los postes de telégrafo, durante la revolución cristera.

Le he ido siguiendo las huellas a sus cuentos, y de ahí he ido hilvanando algunas cosas. Cotejo la historia real con los recuerdos, sacando las conclusiones pertinentes.

Por ejemplo, existe una foto de uno de sus hermanos pequeños. En la imagen, el niño tendría cuatro o cinco años, pero se le ve ataviado con uniforme militar, gris oscuro, propio de los soldados alemanes de la era nazi. En la cabeza lleva una gorra cuartelera con una siniestra calavera plateada: la totenkopf, el pelo lo lleva cortado a cepillo. Parecería una imagen salida de la propaganda alemana, pero al calce se lee un mensaje supuestamente escrito por el improvisado guardia de choque, pero que indudablemente es de mi abuelo: “Aquí estoy, rumbo a Estalingrado, Septiembre, 1942”. La caligrafía, rimbombante y barroca, no eran de un niño como el de la foto, si no que era un añadido del abuelo, que entonces, como el 60% de los mexicanos, era germanófilo.

Incluso don José Vasconcelos creía en esas burradas de la súper raza, de ahí lo de la “Raza Cósmica” y todo aquello. Precisamente al final de la batalla de Estalingrado, y con nuestro país declarándole la guerra al mismo tiempo a Alemania, Italia y Japón, (eso es tener huevos, digo yo) los mexicanos decidieron unirse a regañadientes al esfuerzo aliado, y el aquí biografiado no fue la excepción.

Por cierto, seguramente el hermano de mi abuelo agradecerá no haber estado “camino a Estalingrado en septiembre de 1942”, pues para febrero del año siguiente, los alemanes y sus aliados rumanos e italianos ya eran pasto para los zopilotes.

Mi abuelo fue piloto, estuvo en el Pacífico, junto con el reducido contingente nacional que combatió en la liberación de las Filipinas con el escuadrón 201.

Era el peor de todos ellos, como alguna vez lo reconoció, pero su talento como oficial meteorólogo era innegable. Después de su tercer aterrizaje de panzazo con un avión caza nuevecito, lo dejaron detrás de un escritorio. Fue una decisión sabia. Así que, después de todo, el abuelo sí marchó al frente, aunque no al ruso, como solía fantasear.

Le decían “Nabo”, aunque el apodo no era de su agrado, como pasa con todo mundo: insistía en ser llamado Pantera Roja, que era el “call name” que usaba para comunicarse por radio cuando volaba, nadie recordaba quién era el tal Pantera Roja, hasta que algún compañero tenía un chispazo de inspiración “Ah, es el cabrón del Nabo”, y entonces volvía a ser el Nabo para todo mundo.

Tras la guerra, siguió de uniforme un rato en la Fuerza Aérea Mexicana, lo suficiente para terminar de aburrirse por pertenecer a una institución relegada al olvido. Se quejaba: en las Filipinas, todos los días los pilotos mexicanos salían a tres o cuatro misiones diarias, misiones que los pilotos yankees rehuían hacer, pero que en tiempos del presidente Alemán - cuando mencionaba ese nombre, escupía al suelo un gargajo oscuro y pastoso - la hierba crecía sin control en los hangares, e incluso entre el fuselaje de los aparatos aparcados.

Se retiró antes del poco conocido “incidente guatemalteco”, cuando Guatemala casi invade México, el cual por falta de un ejército decente, tuvo que encargar su seguridad a la diplomacia brasileña y norteamericana.

Antes de volver a la vida civil, Nabo dibujó la mascota del escuadrón de caza 202, el fantasma Gasparín con una ametralladora en las manos. Era una broma cruel: en el papel, el escuadrón sí existía, pero en la realidad, algún generalote, o quizá el presidente mismo, se había embolsado el importe por la compra de doce aviones jet, por lo que los pilotos del 202, pasaban sus días jugando a las cartas, o escribiendo obscenidades en los sanitarios de la base de Ixtepec, Oaxaca.

Tengo otras fotos de él. Tengo un par de cuando fue capataz de una finca de hule, en Colima. En ella, se le ve orgullosamente de pie sobre el asiento del conductor de un jeep Willys. Lleva un casco tipo sarakoff, fornitura al cinto (sin arma, claro) y una mirada solemne, que más que la de un encargado de un rancho chiclero, es la de un amito blanco en una mina de diamantes en el Congo belga.

De esos años surgió la expresión esa de “y retiemble en su centro la tierra”: se quejaba amargamente de que el Himno Nacional estuviera escrito “Y retiemble en sus centros la tierra...” pues decía que era un error fatal suponer que la tierra tiene varios centros. Otra cosa peor: que la gente al entonarlo, cantara “Y retiemble en sus centros la tieee-rraaa” lo cual – según su opinión – era de un afeminamiento aborrecible.

Para él, el Himno era una cuestión de virilidad y marcialidad absolutas, por tanto, la entonación adecuada era “Y retiemble en sus centro la Tierr-a”. Nada más. Seguramente esos años fueron de completo ocio, pues solamente en esas circunstancias a alguien se le pueden ocurrir semejantes cosas.

Poco después vivió en Mulegé, en la punta sur de la península de Baja California. Ahí conoció a Raymond Chandler. Se hicieron amigos pronto por su afición compartida a los destilados mexicanos fuertes: sotol, mezcal, aguardiente o bacanora. A ambos los llevaban en carretilla a sus respectivos cuartos de pensión después de las horribles borracheras que protagonizaron.

El resultado de tanta inspiración fueron las novelas policíacas que Chandler publicaba con mucho éxito en los Estados Unidos.

Una noche, mi abuelo se adelantó al bar. En el bolsillo de la camisa llevaba una carta en la que su esposa, cansada de esperar a que regresara, a que creciera, o lo que ocurriera primero, anunciaba que lo abandonaría irremediablemente. Claro, él la había abandonado primero: mientras que la paciente mujer permanecía en Torreón, que es un pueblo aburridísimo, él se pasaba los días brincando de un puesto excéntrico al otro, siempre lejos de casa, y sin aportar un solo cinco.

El escritor gringo lo descubrió llorando en la barra. No era que le doliera el abandono. No. Le dolía el concepto: el concepto de ser abandonado le parecía atroz aunque él no se sintiera abandonado en absoluto. Raymond Chandler estaba azorado por aquel razonamiento tan prístino.

Esa noche, Chandler escribió una gran verdad: “No hay nada más triste, que un mexicano triste...”

Nabo, tras la resaca, ya no recordaba qué le había producido tanta tristeza pero celebró la frase lo suficiente como para que junto a la canción “A mi manera” de Paul Anka, que era su himno de batalla personal, tuviera la fuerza de un mantra tibetano.

Años después de la muerte de Raymond Chandler, Nabo se trasladó a otro lugar, pero se negó a decir a dónde, hasta la década de los 70.
Hasta entonces lo conocía únicamente a través de una serie de fotografías o de cartas que yo guardaba en un cajón: Nabo en la carlinga de un biplano amarillo; con uniforme militar caqui, cuando fue director de la Ciudad de los Niños ; pateando un cura, durante una manifestación de los seguidores del gobernador de Tabasco Garrido Canabal en los 30; con el barro hasta media pantorrilla, en medio de un arrozal inundado, estirándose los ojos hasta que estos eran un par de líneas oblicuas, como si fuera chino o vietnamita; entrenando a un perro pastor alemán a subir por una escala marinera (el perro se llamaba “Teutón”, por aquello de la germanofilia) y otras imágenes más, entre las que destacaban las que contenían al dorso mensajes grandilocuentes: “Así me observa la lente de la cámara, hacia 1956” o “Durante una misión, en la que la situación fue delicada por lo que únicamente consumíamos tortillas duras con tragos de aire, Isla de Formosa, 1944”, etcétera, etcétera.

Cuando finalmente lo conocí personalmente, sus mejores años ya habían pasado pero su memoria seguía siendo prodigiosa. Recordaba completa la obertura de una obra teatral, cuyo nombre no he vuelto a escuchar, pero que declamaba completita, con mucha soltura.

Siempre que llegaba de algún viaje, yo le pedía que la repitiera. Era una perorata nacionalista, pero me impresionaba su manejo de las emociones: lloraba, reía, podía enfurecerse cerrando sus manos en un par de puños funestos, o ver al horizonte como si la virgen le hablara:

“Desde el seno de las tinieblas, hasta donde ha descendido mi estirpe de águilas, vengo henchido de glorias y recuerdos de grandezas derruidas... ¡soy mi raza!”

Desde el comedor de la casa, podía escuchar a mi madre reclamando: Papá, ¡Vas a asustar a los vecinos! Y desde arriba, como un Hamlet mestizo, manaban contundentes los ríos de palabras:

“¡No arraigarán en suelo de mexica tus pinos y mis palmas! ¡No dejarán mis águilas al buitre hollar el pedestal de mis montañas! ¡Ni tu sangre unirás, de mercaderes, con mi sangre de dioses, que es sagrada; raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!”

Al final de una de estas largas recitaciones, y creo que el año era 1994, decidió dejar de hablar. Se retiró a un rincón de la casa donde solíamos él y yo pasar las tardes de verano jugando ajedrez.
Ahí escogió morirse.

Al retirar los de la funeraria su cuerpo del catre donde pasó esos últimos días, descubrí bajo las sábanas varios pliegos manuscritos con esa letra preciosista, la que solía utilizar cuando lo que estaba a punto de escribir tenía – al menos para él – alguna enorme trascendencia. Era la versión completa de ese poema, Aguilas y Estrellas, escrito para mí.

En medio de los pliegos de papel, había una fotografía en sepia, donde aparecía él a punto de declamar el citado poema, pero disfrazado de Cuauthémoc.

La foto la quemé: después de todo lo que he estado contándoles, seguramente esa imagen le quitará toda la seriedad al asunto.

lunes, 1 de diciembre de 2008

LA EDAD DEL HIERRO










Y entonces Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera." Y cuando estaban en el campo, lo mató...
- Génesis, 4.8


Llegaron a la madrugada, cuando el sol anunciaba apenas su salida al oriente. No podría asegurar exactamente a qué horas, pero si que era un día de domingo y que todos dormíamos. Primero entraron al pueblo un par de blindados de exploración, y poco más atrás, dos o tres decenas de camiones llenos de soldados de rostro inescrutable.

Arriaron nuestra bandera, que el comisario político, en su huída, olvidó retirar. En su lugar, colocaron la suya, que ondeó con la brisa de la mañana como si fuera un ave liberada. Desde un altavoz, fuimos conminados a salir, como estuviéramos vestidos, como fuera. Una voz severa y autoritaria nos ordenó presentarnos a los nuevos dueños de esta tierra. Amodorrados la mayoría, pero asustados todos, salimos descalzos, a medio vestir.

Estábamos demasiado aterrados como para reparar en la desnudez propia o en la del vecino. Los invasores, indiferentes, no perdieron el tiempo: recorrieron nuestro pequeño poblado marcando las puertas de algunas viviendas con una ominosa cruz negra. A los dueños de esas casas marcadas, los obligaban a permanecer en su interior, con palabras altisonantes, con gritos o, incluso, con golpes: por aquí o por allá, se escuchaba el sordo ruido de la culata de un fusil rompiendo una nariz, quebrando algunas costillas. Un disparo acalló el llanto atemorizado de un niño, los alaridos de dolor de una madre cesaron tras el tartamudeo seco de una ametralladora.

Todos temblábamos. El sol, empezaba a calentar la tierra como si aquel amanecer fuera igual a todos los demás, y no lo era. Era junio, el ardiente verano desgranaba otro día de estío, pero yo sentía mucho frío.

Un militar en uniforme de campaña, un coronel, nos reunió a los hombres del pueblo en el rectángulo irregular de tierra apisonada que hacía las veces de plaza. Encaramado a un cajón de madera a modo de tarima, nos arengó por algunos minutos. Habló de los crímenes indecibles que habían llevado a cabo los que habitaban esas casas marcadas. Y sus mujeres e hijos, afirmó, también eran culpables. Al principio, yo, incrédulo, bajaba la vista hasta mis pies descalzos manchados por el barro. Entonces recordé que Miklas, el lechero, alguna vez nos había vendido de menos, pero había cobrado de más. Y aquel coronel seguía rugiendo, alzando la voz paulatinamente, como en oleadas, temblando de coraje, como si nuestras afrentas fueran de él. También recordé – como si fuera ayer – como Burian se burlaba porque su rebaño producía más crema y mantequilla que mi propio hato de ganado. Esa gente era la gente que traía la miseria y el hambre a estos lugares, continuaba el coronel. Nuevamente vino a mi memoria el día en que Damek me negó un préstamo que habría salvado el trigo de mi parcela. Allá al frente, el coronel cedió su puesto a un sacerdote. Era tiempo de que aquellos expiaran sus culpas, y era tiempo en que pagaran la desgracia y la degradación moral que extendían como una plaga entre nosotros, dijo aquel hombre de Dios, refiriéndose a nuestros vecinos cautivos. Y era cierto. Recordé como Milos veía con lascivia a las mujeres cuando acudían a su tienda. Era un rumor conocido por todos que a las que se les retrasaban los pagos, las perdonaba a cambio de manosearlas en la trastienda, fueran muy jóvenes o muy viejas. Era cierto, todo cierto, y ahora mis pies cubiertos de lodo no me daban vergüenza: me daban rabia. Seguramente mi pobreza era culpa de ellos. Seguramente nuestros pesares eran culpa de sus embrujos, de sus maldiciones, de sus fechorías. Observé a mí alrededor. Mis vecinos asentían. Algunos con la mirada afiebrada de los que han encontrado una misión que cumplir. Otros, los menos, con apenas un atisbo de convencimiento. Todos estábamos de acuerdo y los que quedábamos en las orillas de aquella formación, recibíamos miradas de aprobación de los soldados, que mantenían sus fusiles distraídamente apuntando al suelo. Algunos de ellos, los más entusiastas, nos daban palmaditas en el hombro y otros empezaron a repartirnos tablillas de chocolate.

Estamos – argumentaba nuevamente desde su improvisado púlpito el coronel – en una nueva Edad del Hierro, en el que los hombres débiles y pérfidos sobran. En el que los malditos y los que insisten en vivir apartados de la mayoría, salen sobrando en nuestra nueva sociedad, en la que – quiéranlo o no – Ustedes han sido incluidos por nuestra gran nación, aún a costa de sí mismos. Y ahora, para merecer su pertenencia a esta nueva era ¡Ahí están los culpables de la guerra! ¡Ahí tienen a los causantes de que la mitad de las familias este pueblo hayan recibido telegramas y cartas dándoles la noticia de que un padre, un hermano o un hijo han caído en el frente! Ellos son, y no nosotros, los verdaderos culpables ¡Cumplan de una vez con el destino y háganlo sin dudar!

Sentí rabia subir por mi garganta. Sentí odio infinito – ni siquiera me detuve a pensar un momento si todo aquello era verdad o no – pues en el bolsillo de mi pantalón quemaba como una brasa el telegrama recibido hacía algunos días, anunciándome la muerte de mi hijo mayor por heridas recibidas en combate. Lloré, y recordé con coraje, como esos malditos se recluían en sus templos a orar en secreto. Como sus sacerdotes únicamente santificaban los matrimonios entre aquellos que profesaban su misma religión, ya fueran de aquí mismo o de ciudades más alejadas. Se creían superiores – me escuché farfullar en voz alta – no se sienten dignos de calentar nuestros lechos, ni de compartir nuestra suerte. Me sorprendí escuchar mi voz, que no era mi voz, si no una ronquera temible. Me sorprendí porque, como viejas fotografías, me llegaron imágenes que me hicieron estremecerme involuntariamente: Kasia, la vecina lavandera, abrazándome cuando murió de fiebre mi hija pequeña, sin importarle su ropa recién lavada volcada sobre el polvo, mis pulmones llenándose del suave aroma a lavanda. Zakari, rompiendo la boleta de empeño el día de mi boda, para que iniciara mi vida de casado sin la losa de una deuda. Rurik tocando su violín hasta el amanecer los años en que la cosecha era buena, cuando el mundo parecía sonreírme de repente y sin merecerlo. Y otros recuerdos acusadores más, que hacían arder mis ojos, pues todos ellos estaban encerrados en sus casa marcadas con la cruz negra y yo estaba aquí, pidiendo su castigo sin haberme hecho ellos nada. Mi cobardía aumentó el volumen de un odio que nunca había sabido que existía..

El coronel nos observaba, satisfecho, a su lado, el sacerdote repartía bendiciones aquí y allá, como si nos embarcáramos a una cruzada. A nuestras espaldas, escuchábamos un rumor callado de sollozos y plegarias: los habitantes de las casa marcadas eran llevados a empellones hacia la barranca seca formada por el antiguo cauce del río. Pero eso nos distrajo bien poco: los invasores nos repartieron uniformes nuevos, parecían recién planchados. Ahí mismo, olvidando nuestro antiguo miedo, los hombres del pueblo nos probamos aquellas prendas. A pesar de nuestros cuerpos desgarbados, nos sentimos hombres nuevos. Frescos para la justicia vengadora, exclamó el coronel al vernos uniformados, mientras nosotros nos observábamos, unos a otros, con sorpresa.

Ordenaron dar un paso al frente a los que supieran usar armas de fuego. Sin pensarlo, avancé y un sargento con rostro impasible me entregó un fusil. Me separó del resto, llevándome junto a un puñado de hombres que también sabían usarlos.

Se hizo el silencio. De entre el grupo de aldeanos uniformados, surgió la figura delgada y alta de Karel, el loco. A zancadas largas, llegó hasta la tarima. El pantalón oscuro le quedaba corto. El kepí no lograba cubrir su cabeza y la elegante casaca de cabo de guardias de asalto le daba un aspecto de buitre desvalido. Tan marcialmente como le permitió su cuerpo encorvado, saludó llevándose la mano a la visera. El coronel bajó del cajón, seguramente sin saber por qué, y Karel se apropió de nuestra atención. Su voz, cavernosa y grave, se multiplicó como si tuviera muchos ecos. ¿Están parados aquí – preguntó – para aprovechar la oportunidad y confundir lo que está mal con lo que les conviene? Ustedes, los de los rifles (apuntó a nosotros) ¿Saben que esta vez no cazarán al alce o al jabalí? Se volvió al coronel, que estupefacto lo miraba. Le agradezco, padrecito – dijo – este bello disfraz que Usted me regala. Yo desde hace mucho duermo en una porqueriza, y en pocos lugares podré lucir mejor estos vestidos que entre lo cerdos. Y a Ustedes, hijos del lobo (levantó el brazo derecho, abarcándonos a todos) puesto que años de vivir al lado del vecino no les ha permitido conocerle, y se creen las historias traídas por un carnicero disfrazado de héroe, y a un pope que avergonzaría al mismo Diablo, me marcho para encerrarme a cualquiera de las casas marcadas. Prefiero pertenecer a los condenados por los hombres, que a los que estarán condenados por el Altísimo, si es que Él existe, que empiezo a dudarlo.

A grandes trancos, se perdió en el patio de una de aquellas casas, donde un cerdo salió a recibirlo alegremente desde un zoquetal.

Estábamos en trance. Para entonces, la multitud abigarrada de condenados lloraba en silencio frente a nosotros. Un delicado murmullo se elevó del centro de la multitud – era uno de los cantos que a veces escuchábamos salir de su templo - envolviendo suavemente sus cuerpos desnudos. Es el Canto de la Buena Muerte, dijo uno de los que estaban junto a mí. Nos atenazó algo parecido a un temor reverencial. Los soldados colocaron a los condenados dándonos la espalda, con la vista hacia el lecho del río. Los padres tapaban los ojos de sus hijos. Las madres acurrucaban en su pecho a los niños más pequeños. Percibí una náusea terrible en mi garganta. Entonces nos ordenaron disparar. El primer disparo que salió de mi fusil recorrió mi cuerpo como un relámpago. Cerré los ojos. Recé – lo juro, en verdad – porque mi víctima no sintiera dolor, pero esa mañana hice muchos disparos más. Cuando terminamos, casi a media tarde, nuestros ojos estaban enrojecidos por el humno acre de la cordita y por el asco.

Los nuevos asesinos evitábamos vernos a la cara, intentamos, sin éxito, rehuir de todas las miradas, pero hubo algunas de las que no pudimos escapar, y eran esas que ahora atisbaban insistentes desde los recuerdos.

El coronel nos hizo formar nuevamente. Nos quitaron los uniformes. Nos retiraron las armas. Quedamos otra vez semidesnudos, temerosos, inermes. Los motores de los vehículos rugieron entre nubes de combustible mal quemado y los soldados se dispusieron a seguir su marcha, pues su guerra todavía no terminaba. El coronel nos veía con una sonrisa torcida, como el gato que finalmente saborea la captura de un canario.

Ahora, dijo por última vez, ahora pueden presumir que son como nosotros.

Sin decir nada más, la columna se retiró, desapareciendo en un recodo del camino, levantando una nube de polvo amarillo.

Era junio, recuerdo, y las cigüeñas extendían sus alas desde su nido, en el campanario de nuestra iglesia.

Me senté en el dintel de la puerta de mi casa y cerré los ojos.

TERNURA POR TRAVOLTA








Son las dos de la mañana. En la tele acaban de pasar la película Saturday Night Fever, que en los 70 parecía atrevida, porque, entre otros detalles, trataba el tema de los jóvenes y la droga de manera muy somera, tanto, que para estándares de estos tiempos, pecaría de ingenua.

Aparte, el célebre traje blanco que vestía Travolta, estaba peor que el de Juliancito Bravo en la película El Traje Blanco.

No se cómo mis padres me colaron al cine hace veinte años, para ver una película entonces clasificada para “adolescentes y adultos”. Recuerdo que apenas tenía nueve años. Creo que mi madre pensaba que el filme sería de temática familiar, pues el Travolta venía de hacer “Vaselina”, con la australiana Olivia Newton John.

Hoy tampoco quise dejar de verla, tal y como lo hice hace 26 años.

El fondo musical para los créditos con los que se cierra la película, es la legendaria “How Deep is your Love” de los Bee Gees (que dos de ellos ya estén viendo crecer los rabanitos por debajo le da todavía más solemnidad al asunto), y puedo decir sin miedo que acabo de sentir súbitamente una enorme ternura por Travolta.

No es que su papel haya sido magistral. De hecho, nada tiene que ver su actuación con esto. Para nada. Incluso, unos años después tuvo la fatal idea de hacer una “segunda parte” de la película que se llamó Staying Alive, y fue un reverendo bodrio. Tan estrepitoso fue el fracaso, que tuvieron que pasar casi veinte años (y al menos treinta kilos) para que Tarantino lo rescatara en Pulp Fiction, convirtiéndolo en un indiscutible imán de taquilla, sobre todo si no baila. O sea, John Travolta es todo un éxito, con todo y sus jaladas cienciológicas, o incluso a pesar de ellas.

A lo que me refiero es a que al escuchar otra vez “More than a Woman”, me acordé de mí, con el añadido de que esta vez observé detalles en la película que a los nueve años me parecieron indescifrables, o de plano extraños.

Por ejemplo, cuando una chica quiso seducir al cuestionablemente apuesto Travolta, después que éste la botara por otra mujer que bailaba mejor (y que estaba definitivamente más buena que ella), la tipa saca cuatro paquetes de condones, ofreciéndoselos, en una actitud suplicante, poco sensual.

Así, hace veintiocho años, salí del cine con la idea de que algunas gringas intentaban enamorar a los hombres ofreciéndoles mentitas.

Mis padres, claro, no se apresuraron a sacarme de la duda, y por varios días me dio vueltas en la cabeza la imagen de esa chica – Annete, creo que se llamaba en la película... en la vida real, de su nombre no se deben de acordar ni sus padres – su gesto suplicante, sus “mentitas”, los zapatos de tacones torcidos, un abrigo con un sospechoso peluchín blanco en el cuello, y un maquillaje policromado y horrible como el que luego haría célebre a la esposa de López Portillo.

Cuando digo que me acordé de mí, me refiero a que me recordé entonces. Travolta es una excusa. La música de los hermanitos Gibb (un tío mío aseguraba seriamente que cantaban así porque los habían castrado) solamente un móvil.

Me transporté a unos años en los que mis temores eran otros: los de ahora son verdaderos, los de ayer eran ficticios, pero para mí, eran reales. También, creía que el mundo estaba terminado, perfectamente concluido. Había solamente que pulir las esquinas en algunos lados, sacarle brillo a algunas partes.

Qué injusto fui, a los ocho años, con los constructores de lo que recibiría mi generación, apenas tres o cuatro lustros después. Escucho aquella música, y por arte de magia reviven varios de mis muertos más queridos, que suelen ser los más injustos: con todos quedaron algunas palabras pendientes, eso pasa siempre. Algunos fueron una tangente fugaz: dolieron poco, pero otros tal vez sean a los que más necesité después, incluso ahora.

Varios de ellos murieron lejos, en otra ciudad, en la curva de una carretera, en un quirófano. A otros les cerré los ojos yo mismo, al filo de la madrugada.

Al final de la historia, Travolta huye de casa, para intentar, al menos, un comienzo desde cero, en otro lado. Se quedaba con la chica bonita, aunque no de la manera clásica: un final agridulce, un poco exagerado, tal vez creíble. Un churro, pues.

En este mismo instante, Yvonne Elliman canta “If I Can´t Have You”. La película terminó. Corre el año de l977. Elvis todavía está vivo. Aquel mundo que entonces creía completo, está felizmente inacabado, y yo estoy absolutamente vivo.

Por eso digo que a estas horas sentí una increíble ternura por Travolta, pero, claro, esto no tiene nada que ver con él.