martes, 20 de noviembre de 2012

LA REVOLUCIÓN, SEGÚN RODRÍGUEZ




 















“I like a man that grins when he fights…”
(Winston Churchill)

Escribo esto gracias a que mi abuelo un día tuvo mala suerte. Mala, pero de la de la buena: la ardiente mañana del 20 de julio de 1923 perdió un sorteo que le salvó la vida. 

Ese día, el general Francisco Villa tenía una invitación para un bautizo y mi abuelo, en calidad de profesor de escuela en la hacienda de Canutillo, era de los invitados recurrentes por la especial estima que sentía Villa por los maestros,  y muy particularmente por él, que lo había iniciado en los secretos del ajedrez. Pancho lo apodaba “Profesor Canutillo”. 

Pero había un problema: era día de “raya” y alguien tenía que quedarse como pagador en la hacienda,  así que decidieron dejarlo a la suerte con el clásico “el que saque la ramita más corta,  pierde”. Y mi abuelo perdió, afortunadamente. 

Rumió su mala suerte por toda la Casa Grande de la hacienda de Canutillo – propiedad que algunos decían era un soborno del gobierno federal para que Pancho se apaciguara, y otros decía que era una recompensa por sus desempeño durante la Revolución. 

Cuando Doña Luz Corral, enésima (pero legítima) esposa del Centauro lo mandó callar, El “capitán de infantería-profesor de escuela” Rodolfo Rodríguez se largó al salón de clases, a leer un libro de la pequeña biblioteca que José Vasconcelos en persona había donado para los niños que tomaban clases ahí: en ese mismo sitio lo sorprendió horas después la noticia del asesinato de Villa y sus compañeros. Primero, me dijo, sintió como un mazazo en la cabeza. Después lloró toda la tarde. Nadie se dio cuenta porque la escuela en fin de semana permanecía cerrada.

Le pedí una y otra vez que me contara la historia de la Revolución: para mí era una versión rústica y salvaje de la Ilíada, que mi abuelo contaba, actuaba, reclamaba y lloraba, sentado ante el tablero de ajedrez. 

Ahí el peón quedaba solitario en su casilla y se las arreglaba solo, muriendo o matando en una lobera. El Rey Negro siempre ganaba, porque era el malo.  El alfil de blancas era emboscado y los gruesos muros de las torres – todas - escondían un puñal envenenado para quien fuera, porque durante la Revolución Mexicana tal vez hubo un puñado de hombres buenos, pero nunca existió la lealtad.

El Rey Blanco, en el tablero de ajedrez de mi abuelo, siempre era Francisco I Madero y como era bueno, se moría al principio.

“Madero - decía mi abuelo apoyando un dedo sobre la corona del rey de blancas - fue el más limpio de todos. Sencillo y honesto, era parte de la aristocracia que apostaba a que el viejo Porfirio Díaz permaneciera en la Silla hasta que lo momificaran y que un ventrílocuo gringo viniera a Palacio Nacional a hacerlo funcionar. Con todo, Panchito Madero estaba dispuesto  a unirse a los menos afortunados, así fuera despreciado por los de su clase.”

Mi padre siempre pasaba por ahí, supongo que a propósito, y dejaba caer una bomba: “Bah: si se hubiera quedado don Porfirio, tendríamos el dólar a peso y no el chiquero que tenemos ahorita.”

“Luego – continuaba el viejo y su mano se movía a través del tablero hasta el rey Negro - está Victoriano Huerta. Sagaz, inteligentísimo. Un asesino:  la inteligencia no está peleada con la maldad. Mató a Madero cuando el presidente la confió su seguridad personal, ¡precisamente a él! y un día mandó matar a la mala -como si pudieras matar alguien a la buena- a Panchito Madero y al Vicepresidente Pino Suárez.  Le ayudaron los gringos. El embajador Henry Lane Wilson organizó todo en la Embajada norteamericana. Cuando el ejército federal da su golpe de estado, mi general Villa toma las armas: ahí nacen los Dorados, la División del Norte… las grandes batallas: Torreón, Tierra Blanca, Juárez, Paredón, y el huertismo se acaba con Zacatecas.”

“Y Victoriano, abuelo?”

“Ése era un borracho perdido. Se metía entre pecho y espalda dos botellas diarias de cognac Hennessy. Cuando murió, preso en los Estados Unidos, tenía el hígado del tamaño de un chícharo. A mí el cognac siempre me supo a meados de gato. Nada como el agua de chía…”

“Cuéntame de Rodolfo Fierro…”

“Ah – tomó entre los dedos el alfil negro – era el más cruel de los villistas. Huérfano de padre y madre, nadie le quiso por su carácter difícil y aprendió a odiar al mundo. Era el hombre más valiente que he conocido, pero también el más inescrupuloso, el más vil: murió en 1916, ahogado en una laguna, lastrado del oro que había robado de un tren. Nadie lo lloró porque tenía compañeros de armas, pero jamás tuvo amigos.”

Mi abuelo no tenía casa. Desde su huída de Canutillo viajaba de allá para acá, viviendo en pensiones y hoteles, desempeñando trabajos inverosímiles: censor de ballenas grises en Mulegé, capataz de un rancho chiclero en Colima,  encargado de formar a las milicias cívicas por si los japos, los italianos o los alemanes decidían invadir México durante la Segunda Guerra,  cosas así, increíbles: había conocido a Ricardo Montalbán y a Anthony Quinn, y estuvo presente en el mismísimo instante en que se compusieron los primeros acordes de la Marcha de Zacatecas: “Fue en harpa” me decía confidencialmente.

Pero mi abuelo acababa de cumplir los 96 años y ya no viajaría más: llegó a mi casa con su catre de campaña y lo colocó bajo el hueco de la escalera, para tenderse a morir. En los tres días con sus noches siguientes, hablamos siempre de lo mismo y esa fue nuestra manera de despedirnos.

“Maclovio Herrera, abuelo…” dije casualmente…

Tomó uno de los caballos, el negro: “Maclovio era general de caballería. El mejor de todos. Era medio bruto, pues solamente había aprendido a leer, escribir su nombre y sumar para  hacer cuentas, pero tenía una intuición extraordinaria para ubicar a su brigada, la Benito Juárez, en los sitios más necesarios. A veces Villa le decía donde colocarse, a veces él solito sabía exactamente donde iba a atacar al enemigo o cubrir a la infantería nuestra. Se le volteó a Villa. Trató de convencerlo de que ya dejara las armas en 1917, y Villa lo hizo su enemigo, por puro orgullo. A Herrera lo mataron sin querer sus propios hombres, una noche en que salió del  campamento a mear y se le olvidó  dar la contraseña…”

De Venustiano Carranza, decía que era un gran cabrón, y de Obregón lo mismo, si bien nunca los conoció personalmente. Y de esos ladrones, se negaba a hablar una sola palabra más. 

Le pregunté por Zapata y dijo que simplemente era un ranchero maricón y sus soldados eran capaces de retirarse del combate para comerse un taco o para violar a una soldadera: de plano no entendía la fascinación de la gente por Emiliano.

Del único que habló bien alguna vez fue de Lázaro Cárdenas, al que conoció en Torreón, durante el reparto agrario que desmanteló la producción algodonera de La Laguna, que era la capital mundial de esa fibra y del aceite de semilla de algodón. Hizo miserable a Torreón, Lerdo y Gómez Palacio y todavía le aplaudían.

“El Trompudo”, decía, hizo lo que era necesario para implementar el socialismo a México… y es que, entre otras cosas, mi abuelo también era un comunista, pero a los que les gustaba ir a los toros, beber vinos españoles y pasear en Packards descapotables. Él lo hacía a menudo, cuando su péndulo económico oscilaba hacia el extremo de la abundancia, que no era muy seguido.

Mi padre volvió a aparecerse de la nada, por joder, de nuevo: “Y como general era medio pendejo…”  

Mi abuelo no contestó, pero asintió con la cabeza muy despacio: 

“Lo era. Alvaro Obregón se refería a él cuando acuñó una frase de antología: Sálvanos de un pendejo con iniciativa…”

Recuerdo que anochecía. En piyama, decidí acompañarlo. Le había dicho que permanecería con él hasta el final y aceptó, sin más. 

Mi madre le ofreció llevarle un sacerdote y el viejo ateo (porque también era ateo, aunque parece que a veces creía en Dios) se negó, revolviéndose como gato montés en el catre. 

Finalmente aceptó guiñando un ojo: “Bue…uno nunca sabe – dijo - igual y del otro lado hay algo.” 

Mi padre regresó: “Espérese un rato, don Rodolfo, si nos aguanta dos años más, escribimos un libro y lo titulamos Tres Siglos nos Contemplan, ya ve que Usted nació en 1898… ”

Mi abuelo se río por última vez.

A las cuatro de la mañana me dijo que me acercara y me tomó fuerte del saco de la piyama. 

“Te dejo, dos cosas: mi orgullo y la Revolución. Y no trabajes mucho: un día llegará el comunismo y nos va a hacer iguales a todos…”

Me quedé sorprendido: a mis diez años todavía no pensaba siquiera en votar y ya había decidió no hacerlo por lo revolucionarios: en el ajedrez de mi abuelo estaba muy claro que perdieron los buenos, y él no tenía otra tabla de salvación que ese recuerdo: le era imposible volver a empezar. 

Pero yo no tenía porque esperar nada de esos caballos, alfiles o reyes, salvo recordar una o dos anécdotas. Muy divertidas, por cierto.


lunes, 22 de octubre de 2012

Ascensores






Boris no recuerda desde hace cuántos años está acurrucado en la esquina del ascensor de aquel rascacielos.

Su ruta diaria está anclada a un recorrido vertical que inicia en el lobby, en el nivel uno, hasta el observatorio, en el piso 106. Recorre trescientos setenta metros en solo unos minutos de subida y otros tantos en el viaje de regreso.

El panorama ha sido devorado por la rutina y si alguna vez la vista ilimitada de los cuatro puntos cardinales de la ciudad  y una buena parte de la ribera del lago lo emocionaron, ya era agua pasada.

Llegó a sentir una completa indiferencia por los turistas que abordaban el elevador todos los días para visitar el mirador y disfrutar el paisaje. Subían un rato y minutos después la pequeña cabina los depositaba de nuevo en el primer nivel, donde se perdían para siempre entre las baldosas de mármol blanco y el aire acondicionado. Salían a la calle con sus cámaras fotográficas llenas de imágenes.

Los días en que hay visitas programadas, un guía sube hatos de hasta cuarenta personas. Enfundado en un impecable traje oscuro, destaca con elegancia discreta entre hombres y mujeres, que en verano llegan con bermudas de colores y patas de gallo ofensivas y en invierno se presentan envueltos en capas sucesivas de ropa, como matrushkas, en combinaciones atroces, moqueando, tiritando a veces, sosteniendo un folleto y preparando teléfonos móviles y cámaras. Tan pronto se cierran las puertas del elevador, el guía empieza dándoles la bienvenida  y con una sonrisa obligatoria, los inunda con datos importantes: alturas, fechas, pesos.

Boris se mantiene en su esquina, se imagina como un boxeador tozudo sosteniendo una defensa cerrada. Escruta los rostros de la gente. Pronto aprendió a analizarlos con precisión y frialdad, como un taxidermista diseca una liebre.

Reconoce a los que defraudan, a los que traicionan, a  los que aman y a los que se niegan a a hacerlo. A veces lo único que lo sorprende es la mirada secretamente satisfecha de quién ha salvado una vida sin jactarse: lo enternece el fulgor inapagable que permanece al fondo de sus ojos. También estuvo codo a codo con un asesino sin capturar, pero su gran constante está en la mirada de los niños, un sitio donde se siente abrumado por una inexplicable tristeza, como de puente sin terminar.

Cuando están por abrirse las puertas del elevador en la terraza acristalada del piso 106, el guía remata con algunas anécdotas que arrancan risas, aplausos o suspiros, como cuando una mujer dio a luz en pleno elevador, o cuando una joven pareja se juró amor eterno, antes de partir ambos a la guerra, o como cuando el viento enloqueció súbitamente y la violenta oscilación de la torre arrojó a varios visitantes al piso. O como cuando hacía diez años, la terraza se cerró después de que un indigente saltara al vacío.

Boris mira hacia el lago: parece una lámina de aluminio infinito y siente la melancolía sólida que solo tienen las tardes de domingo.

Y es que, coño, él no había saltado. Lo empujaron.













martes, 9 de octubre de 2012

LOS RAYOS




















“Mañana en la batalla piensa en mí,
y caiga tu espada sin filo.
Mañana en la batalla piensa en mí, cuando fui mortal,
y caiga herrumbosa tu lanza…”
(William Shakespeare, Ricardo III)
 


-Valeriano, Valeriano. ¡Despiértese ya, cabrón!

Valeriano abrió los ojos. Como siempre, le costó recordar dónde estaba. El velo del sueño se levantó y por medio minuto disfrutó de la cascada de luz que entraba por la ventana: los rayos de sol caían en tiras gruesas, oblicuas. Era el tipo de mañana en la que te gustaría despertar todos los días y que siempre fuera el primer lunes de una semana de vacaciones.

Si los rayos del sol hicieran ruido al precipitarse por mi ventana, pensó, ah, qué escándalo harían…

-Ya, Valeriano, no seas huevón y despiértate...

Pero Valeriano ya estaba despierto, carajo, ¿Qué no veían?

Bueno, pues, ya estoy despierto – dijo- y ya que me despertaron, nomás díganme que quieren tan temprano. Y luego le bullen, porque no quiero que asusten a mi nieto.

En el sillón frente a su cama estaba los de siempre: Cipriano Cienfuegos, Juan Santos y Paulino Silvestre, estos dos sentados, mientras Cipriano permanecía de pie, flaco y alto, parado junto al bote de basura, depositando ahí la ceniza de su cigarro, evitando  que ensuciara el piso.

-Aquí no se fuma Chano, ya lo sabes.

Cipriano se rió.

-Ah que Valeriano. Siempre fuiste ocurrente: ¡Pos si es ceniza de a mentiritas!
¡Es cigarro es de a mentiritas! ¡Y nosotros también somos de a mentiritas!

-Como si no supieras – dijo lacónicamente Paulino Silvestre, que era gordo, chaparro y de pocas palabras.

-Hasta pareces nuevo – dijo festivamente Juan Santos, el bromista del grupo. Era bigotón y de ojos brillantes, no le faltaba un solo cabello, ni le había brotado aún una cana.

Valeriano se colocó la almohada a la altura de los riñones, para apoyarse contra la cabecera. Tenía las piernas inertes, así que ni las intentó mover. Se quedó viendo a los tres.

-¿Ora? ¿Qué se les ofrece? - preguntó

Nada. Lo de siempre – dijo Chano Cienfuegos, que era el portavoz del grupo.
Era el que siempre decidía por todos, el que tenía la última palabra. El organizador nato.

-´Pos que te estamos esperando, Valeriano, vente con nosotros  ¿Qué haces aquí? ¿No te aburres?

-¡No, que me voy a aburrir! Aquí vivo, mi hija me cuida, mi yerno me quiere, mi nieto y yo jugamos todas las tardes ajedrez cuando regresa de la escuela. Reviso su tarea y repasamos la lección del día siguiente cuando su padre está de viaje.

-Ay Valeriano, nunca sales de este cuarto. Te la pasas aquí, oyendo pasar los coches, dizque viendo un jirón de cielo, dizque mirando siempre el tronco del mismo árbol.
¿No te fastidias? ¡Vente con nosotros, hombre! Déjate de sonseras.

-Aparte somos tres. Eres mi pareja en el dominó y estos méndigos me dejan siempre afuera. Quesque tú ya vienes.  Que me espere. Así nos tienes: dilatados desde hace rato – habló lastimeramente Juan Santos, que era un jugador empedernido de dominó. Y con eso sí que no bromeaba nunca.

Valeriano se distrajo con el paso de una nube. De momento, los rayos se interrumpieron.

Una nube alta y algodonosa hizo sombra. Sin voltear a verlos, negó con la cabeza.

-Hoy no. Todavía no. Otro día, otro día en que de plano esté cansado, o, cuando de plano sienta que soy una carga para la familia, entonces les hablo a que vengan a recogerme. Todavía no es ese día.

Es que aquí estoy a gusto, pensó, y no sé si morirse también sea igual de placentero. Tengo esa duda. Me queda esa única cosa sin definir. No sé.

Chano apagó su cigarro en la cubierta de una cómoda llena de pomadas, ungüentos y medicinas donde se había acodado. Predominaba el olor a yodo.

-Morirse, Valeriano, es morirse. Punto. Nada más. Pero tiene su lado bueno: cuando mueres, tus amigos tienen la edad que tenían cuando más los quisiste.  A ti te ven como quieres que te vean: en tu mejor año, en tu día más glorioso, cuando bailaste más horas, cuando viajaste más lejos, cuando amaste más, cuando besaste más, cuando eras más joven o cuando eras más sabio – o menos pendejo, si quieres – cuando tuviste más centavos en el bolsillo o simplemente cuando fuiste más feliz. Las mujeres que amaste tendrán la cara y el cuerpo tan deseables como el día en que te hicieron caso. Todas las cosas - así de sencillo - son tan buenas como en tus recuerdos, como nunca lo fueron en realidad. Ese es el premio de los que ya nos fuimos. Déjate de boberías, anda, vente con nosotros, te estamos esperando...

Juan Santos suspiró: Para nosotros, morirse es jugar dominó hasta la noche, beber cerveza helada hasta hartarnos y escuchar la música que nos gusta a la sombra, con la brisa en la cara. Y el día siguiente, volvemos a hacerlo todo de nuevo. Sin aburrirnos, sin cansarnos.

-Entonces Dios existe, suspiró Valeriano, existe en serio. Y nosotros que tanto nos burlábamos de eso.

Paulino Silvestre protestó: Carajo. Mierda. Aquí nosotros te venimos a hablar de jugar dominó todo el día y beber cerveza y platicar de lo que siempre nos ha gustado desde el mediodía hasta la noche, y tú metes a Dios en esto. ¿Qué, dime, tiene que ver una cosa con la otra? Los aquí presentes podemos decir sin temor a equivocarnos que Ese le dio cuerda al mundo hace mucho tiempo, lo dejó a la buena (o a la mala, de eso no habría duda), y después se largó a inventar a los marcianos, o ve tú a saber qué, y resulta que ahora te preocupa. Valeriano: vete decidiendo, porque ya tenemos un rato esperando. ¿Vienes o no?

Valeriano miró hacia el cielo. Allá, muy, muy arriba, la línea plateada de un jet trazaba una estela blanca de condensación. Siempre había querido saber qué se sentía volar tan alto, pero a su edad - y en su estado - ya era muy tarde. Tampoco podría conseguir una licencia para manejar un automóvil, como el de su hija, o el de su yerno. Siempre fue de infantería. De a pie.

¡Y con las noticias que había ahora todos los días!

Un día – ya no recuerda si fue ayer o hace diez años - su nieto llegó con una noticia increíble:
“Abuelo, abuelo, ¡Ya no existe la Unión Soviética!”

Esa tarde se la pasaron redibujando un mapa de Europa. Países nuevos nacían, otros eran borrados. Algunos volvían a existir tras décadas de vivir solo en el recuerdo de sus exiliados.

Con autoridad de viejo, le decía donde estaba otra vez Estonia o Serbia. Borraba la sinuosa línea que dividía las dos Alemanias. Colocaba una fina división entre la República Checa y Eslovaquia.

-Yo estuve aquí, decía con memoria de elefante. Y aquí. Y un poco por acá.

Después de tantos años, había seguido con una taza de café y un mapa casi todas las guerras del mundo. Todas esas fronteras que un cordón de soldados recorrían para aquí o para allá. Sí, carajo, hablemos de Dios y su presencia en todos lados. Con tanto cañonazo debe estar aturdido. O sordo. O muy cansado.

La luz de la ventana parecía comerse las siluetas neblinosas de sus amigos, que se iban desdibujando. Motas de polvo cabalgaban con pereza los rayos oblicuos. Como ayer. Y antes de ayer. Y quién sabe hasta cuánto tiempo atrás, porque podía acordarse de algo que pasó hace mucho, pero la memoria le jugaba bromas con lo que había pasado hacía unos días.  

-¿Vienes…?

La pregunta se deshebró en el aire. Valeriano se quedó solo.

Entonces sintió que el pecho le ardía demasiado: como si le estrujaran el corazón con violencia. Sentía dolor, pero también reía con la alegría rabiosa del animal recién liberado.  Le importó bien poco que el pantalón de la pijama se mancharan de un líquido oscuro y viscoso.

Los rayos parecían brillar como lumbre. Como nunca.

El ruido de las fichas de dominó chocando sobre la mesa lo estremecieron como un mazazo.
Era el ruido de fondo más amable del mundo. Uno que tenía mucho de no escuchar. El chasquido de una botella al ser destapada y el retintín metálico que hizo la corcho lata al caer al suelo le erizaron el cortísimo pelo de la nuca. De asomarse a un espejo, hubiera descubierto a un viejo que sonreía.

Juan Santos apenas se levantó el ala del sombrero como saludo. Estaba ocupado con sus fichas, que parecían brincar de la mesa.

-Pinche Valeriano, llegas tarde: anda, jálate una silla.


martes, 28 de febrero de 2012

Hombre Ciego Soñando a su Hijo










Añoro asir los colores,
paraísos rebeldes que estallan violentamente como ruidos
en tus ojos.
Y quisiera que la noche,
(mi estación eterna)
se disipara de vez en cuando:
que mi pupila se disciplinara a todos los nombres que me son abstractos,
- me refiero a cosas banales, ligeras como telarañas-
como la llovizna que pasea vertical sobre mi rostro.
Porque añoro el tacto amigo,
tan diferente a mi cotidiano asir temeroso sobre tu hombro
(tan frágil y tan niño)
Que yo sé que para tí pesa,
como si mi andar fuera un castigo.
Quiero poder señalar para tí lo que vemos al pasar,
colocarle el nombre justo al color de tu pelo
a la emoción de tus pasos y tus besos.
Porque no se si te vas quedando indefenso con el tiempo
con la bondad has engendrado
al comprender mis tropiezos
al disculpar mis palabras altisonantes a Dios,
(ese Ciego Eterno)
que me robó la necesidad de mirarnos poco a poco.
Porque nos negó los lugares comunes:
nunca correremos juntos con un perro,
porque los papalotes en el cielo son fantasías que no comprendo,
y aunque las flores son maravillas que descubro,
en mitad espinas y aromas,
Siento que no cambiarías tu voz por lo que significaría no conocernos.
Hijo,
Te voy dejando libre poco a poco,
y debiéndonos tanto uno al otro
me tocó representar para tí,
-en el mismo renglón agudo-
en igual proporción a la dignidad y a la desgracia,
y aunque nos privamos mutuamente de las visiones típicas,
las hemos logrado intercambiar por palabras provechosas.
Ese será nuestro íntimo tesoro:
conservaremos el mudo sabor del tacto
y la electricidad del consuelo instatáneo,
manteniendo la maravilla de hablar de más para reinventar
todo paso a paso en nuestro provecho.
Pero ahora anochece
a tientas acomodo tu almohada
y mientras duermes,
yo también comienzo a soñar:
entre la neblina y la oscuridad,
puedo apostar que adivino tu rostro.

lunes, 12 de diciembre de 2011










Juan Diego, Entrevista


(Aunque evidentemente esto es un trabajo de ficción, los datos históricos aquí citados son verdaderos)

¿Han recibido correo no deseado que luego resulta que te salva el día, y puede que hasta el año entero?
Yo sí: justo la semana pasada recibí un correo electrónico que estuve a punto de desechar porque en el subject se leía:
¿Quieres tener una entrevista con Juan Diego?
Y el cuerpo del texto era igual de lacónico:
Nos vemos el miércoles a las 16.00 hrs en la cantina El Santuario, a dos cuadras de la Basílica. Y si no le interesa, pos no vaya.
Casualmente me habían pedido una columna sobre el 12 de diciembre, gran coincidencia, y a falta de cosa mejor que hacer, me lancé a la cantina en cuestión, que es de esas de aserrín en el piso, escupidera en las esquinas y una barra de madera de color indefinido por el tiempo.
Justo pedía un mezcal al cantinero, cuando un individuo se plantó junto a mí, con una sonrisa brillante - más pícara que alegre - adornando una barbita de candado que remataba en una piocha como de chivo. Me extendió la mano. Sí, era Juan Diego.
No podía ser otra persona porque estaba igualito que en las estampitas: llevaba el calzón de manta blanca a media pantorrilla. Como Caltzontzin, el personaje de Rius, calzando unos huaraches bíblicos – se veían viejísimos – que llevaban gastadas ya varias suelas de llanta (hice una nota mental: en tiempos de la Colonia, no había neumáticos) y bajo el brazo llevaba enrollado algo que parecía un petate.
-Inspector – abrió fuego el santo - me da gusto saber que creció y se hizo hombre de bien. Su mamá pedía mucho por Usted a la virgencita…ahorita está muy contenta, pero dice que se preocupa porque a veces sigue siendo medio brusco con la gente.
No supe qué decir y mejor pedí un mezcal también para él y pensé “Caray, lo que daría Sandoval Íñiguez por estar aquí.”
Juan Diego negó con la cabeza - Pues creo que no tanto: si a los obispos les caía gordo, a los cardenales, supongo que les caigo pior.
-Oiga, empecé hablando con cuidado, no me fuera a leer la mente …emmm (¡Coño!¿Cómo entrevistas a un santo?)
-Tranqui, no se me apanique, como decía un compadre huichol: yo guío el viaje…nomás aguante - apuró su trago y pidió otro haciéndole una señal al cantinero. La entrevista empezó.
-Dicen que estuve ahí ¿sabes? en el Tepeyac. Dicen que pasé por el cerro una mañana del siete de diciembre, pero la verdad es que ni ese día ni el siguiente fui a la casa del Obispo Juan de Zumárraga. Apenas había caído Tenochtitlán hacía poco menos de diez años, la ciudad todavía estaba en ruinas… ¿Crees que un Obispo recibiría a un indio así nomás? Nunca.
Me zampé mi mezcal de un trago y ya con más valor, lo interrumpí:
-Hay una relación de esos años, en el códice Nican Mopohua, ahí dice…
- Ah, claro, el Nican – dijo interrumpiéndome mientras hundía los dedos en un tazón de cacahuates – ese es el único documento en el que se basan los “aparicionistas” para dar como bueno el milagro de Guadalupe ¡Pero se escribió veinte años después de que pasó lo que dicen que pasó! Y verá, el Obispo Zumárraga nunca relató nada sobre las apariciones guadalupanas en sus memorias. Ni siquiera en su testamento incluyó en su relación de hechos – algo típico entonces – el haber mandado levantar una ermita donde ahora está el Santuario de Guadalupe. Y, bueno, si la madre de Dios se manifiesta durante tu obispado, ¿no lo cuentas como sea y a quién sea? Pues Zumárraga no lo hizo. Murió como olvidando eso. Y contrario a la leyenda, nunca nos conocimos. Es más, en un catecismo editado en 1547, escribió “Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester…”
-¿Y luego? ¿Te sientes santo?
-Y luego, nada. En estos días no te hacen santo los milagros, sino la fe ajena, la inexorable roca de las creencias de otras personas…eso si mueve montañas. Juan Diego por sí mismo, nanay. Fui beato por imposición y ahora soy santo por clamor popular, sin pruebas de por medio, así que me puedes llamar “santo legítimo”, aunque siendo un santo indígena, le valgo madre a los indígenas, pero supongo que es porque la nueva forma de fabricar santos se tarda algo en causar euforia. Antes las cosas tenían otro matiz, pero no eran ni mejores ni peores que hoy. Simplemente los tiempos cambian.
-¿Cómo?
-Pues… hay santos y santos. ¿Existió San Jorge, el santo patrono de los británicos? Mataba dragones. ¡Y los dragones no existen! ¿Y los niños mártires de Tlaxcala? un trío de chavales bautizados que son cuchileados por un cura para que se metan en casas ajenas a romper ídolos porque –según ellos –el único Dios verdadero era el suyo…Y toda esa serie de santos y mártires medievales, cada cual martirizado de peor forma, a los que les conceden gracias brutales y que a su vez conceden gracias prodigiosas: le rezan a Santa Águeda, a la que asaron viva los romanos, y el volcán Etna no arrasa la ciudad de Catania, Santa Catalina también fue martirizada: iban a destrozarla entre dos ruedas de coche, pero un rayo divino destruyó el artilugio…y entonces nomás la decapitaron. San Cucufato – no es broma, así se llamaba – se salvó de la muerte varias veces, pero Dios atendió sus plegarias donde pedía morir mártir y lo apedrearon hasta morir cerca de Barcelona. Y de nadie de ellos se sabe donde están sus tumbas ni se tiene testimonio alguno de sus vidas por parte de testigos contemporáneos. Vaya, eso de ser santo es complicado. Sobre todo si no existes, como hay muchos casos. Yo digo que la mayoría.
-¿Conoces a algunos?
Juan Diego atacó un recién servido platón con tacos de cueritos que trajo el cantinero. Se quitó una cascarita de cacahuate que le colgaba del labio superior y sin mirar alargó el brazo para tomar una cerveza helada que ya lo esperaba en la barra, entonces me miró a los ojos, como considerando contar o no lo que tenía en la punta de la lengua.
Los conozco a todos –concedió - a los más mejores, a los bien magníficos, y podrían ser católicos, musulmanes, protestantes o ateos: no tuvieron filiación con Iglesia alguna, sino con el fulano que estuvo cerca de ellos cuando se les iluminó la cabeza, el corazón, o ambas cosas y les dio por hacer locuras inexplicables…
-Juan, a ver, ‘pérate… tú hablas de héroes…
-No, no, inspector. Ser héroe es otra cosa, es algo más público y general: la patria, las banderas, la gloria, tonterías similares. Es santo el que es modesto y hace lo que tiene que hacer a pesar de estar cansado o terriblemente agobiado por la rutina – entonces chasqueó los dedos y las puertas de vaivén de la cantina se abrieron: justo pasaba por ahí un padre ciego guiado por un niño de pocos años.
-Ahí tienes: santidad instantánea.
-Ya andas mal… ( me sentí bien tuteándome con un santo)
-Nunca más sobrio: ese hombre que acaba de pasar está en sesión permanente, dándole a ese pequeño una lección diaria de humildad y de paciencia. El niño se ha hecho fuerte: tiene ocho años, pero ya puede aguantar una carga de caballería solito… querías ver santos, pero yo prefiero enseñarte tipos comunes y corrientes, que se sostienen con fe extraordinaria. En realidad ellos son la infantería que sostiene al mundo, o lo mantiene rodando. A pesar de cualquier cosa. A pesar de un dios sordo, de una iglesia muda.
-Muchas analogías militares…y a ver si no te corren del Cielo.
-Es que últimamente me junto mucho con San Ignacio de Loyola y ese fue soldado media vida y contestatario siempre.


-En el Nican Mophoua te citan diciéndole a la virgen algo que ilustra mucho la relación entre indígenas y españoles… ¿lo recuerdas?
- Ps, me acuerdo de todo, pero seguramente te refieres a lo que le dije a Guadalupe cuando me manda con Zumárraga: “me envías a un lugar donde no ando y no paro…” ¿A eso te refieres? No te quiebres la cabeza. Había un abismo entre nosotros, los vencidos y los sacerdotes españoles. Ese cuento de la evangelización victoriosa extendiéndose por México como fuego sobre hierba seca es un mito genial. Tardaron décadas en convertirnos. A los conversos que enviaban los padrecitos para ayudar en la evangelización, otros indios los mataban con saña por traidores. A eso me refería: me mandas a una fiesta ajena. Esto no va conmigo porque cuando pase todo el jolgorio y cuelguen la tilma en la pared de algún templo, nadie me recordará, a mí, al indio. ¿Tuve razón? Claro: yo aparezco en la narración del milagro hasta 1658, casi siglo y medio después, no antes. Y pasa lo mismo con los indígenas de este país quinientos años más tarde. Hoy ni los ven ni los oyen. Hasta a mí me tocó en el mismísimo año de mi santificación, ¿O no te acuerdas lo que dijo Fernández de Cevallos de mí? “Juan Diego era un indio, si, pero no un indio patarrajada cualquiera, sino un descendiente de emperadores”. O algo así.
- ¿Y tú desciendes de emperadores?- pregunté
Juan Diego tomó de un jalón el tercer caballito de mezcal recién puesto en la barra mientras en la otra mano asía con fuerza una manita de puerco en escabeche. A mí las manitas de puerco me dan ñáñaras.
-¿Y eso de descender de emperadores me hace más yo o menos prójimo? Caray, inspector ¿Por qué no trabajas en Caras o alguna revistilla de esas? Claro que no. ¡Ah! también recuerdo como el Vaticano, cambió la imagen del Juan Diego tradicional (acá, tu rey mago) y presentó su imagen oficial, un fulano bien afeitado, que hasta ojitos verdes tenía y su piel no era color canela, sino bronceado tipo gringa en Acapulco.
-¿Pero finalmente te habló en el Tepeyac la Guadalupana?
- Nunca lo he negado, inspector, y cuando la vi me puse contento: creí que era mi señora Tonatzin.
-¿Entonces tú no “ibas pasando por el Tepeyac”?
-Nel. Yo le rezaba a los dioses de mis padres ahí en el cerro sagrado. Como todas las mañanas. Esa es la verdad.
En sus ojos había un cierto desafío que no supe si atribuirle al mezcal que se había tomado él, al que me había tomado yo, o al recuerdo lejano de sus dioses antiguos, arrebatados. Decidí cambiar de tema.
-Decías que admirabas a otros santos…
-Maximilano Kolbe. Polaco. Asesinado en Auschwitz en 1941 por los nazis, invasores de su tierra. Don Max pidió tomar el lugar de un condenado a muerte para que este pudiera volver a ver a sus hijos y su familia. Los alemanes lo encerraron en una celda y lo dejaron morir de hambre y sed. El sobreviviente, un sargento polaco, sobrevivió junto a su familia al infierno del campo de exterminio, vivió una larga vida, fue devoto y feliz…esos son milagros y no fregaderas.
Me imaginé a Kolbe muriendo de hambre y pedí unos tacos de deshebrada. Juan Diego tomó uno del plato humeante, poniéndole tanta salsa de habanero que parecía que se quería suicidar.
-¿Crees en los milagros? pregunté de primera intención.
Masticando un buen bocado, mi entrevistado mantuvo los ojos cerrados a medias, como meditando.
-Creo, si, pero somos una raza a la que le gustan los trucos de magia, los espejitos, los vestidos de chaquira y las matracas. Soy un mal parámetro porque soy crédulo por herencia. ¿Y tú?
-Pues yo no sé…
-Yo sí: ¿Verdá que te mueres por ir a mear? ¿Qué no?
Efectivamente, sentí unas ganas urgentes. Corrí. Y cuando regresé, Juan Diego ya se había ido.
El cantinero me miró, compasivo.
-Siempre hace lo mismo, güero, siempre: se espera que se levanten al servicio, paga la cuenta, y se va. Y ya no lo vuelvo a ver hasta el diciembre siguiente.
-¿Siempre?
-Sí, al menos desde que mi abuelo compró la cantina. Siéntese. Le sirvo otro mezcalito: cortesía de la casa. Y deje le cambio el tazón de los cacahuates.