martes 28 de febrero de 2012

Hombre Ciego Soñando a su Hijo










Añoro asir los colores,
paraísos rebeldes que estallan violentamente como ruidos
en tus ojos.
Y quisiera que la noche,
(mi estación eterna)
se disipara de vez en cuando:
que mi pupila se disciplinara a todos los nombres que me son abstractos,
- me refiero a cosas banales, ligeras como telarañas-
como la llovizna que pasea vertical sobre mi rostro.
Porque añoro el tacto amigo,
tan diferente a mi cotidiano asir temeroso sobre tu hombro
(tan frágil y tan niño)
Que yo sé que para tí pesa,
como si mi andar fuera un castigo.
Quiero poder señalar para tí lo que vemos al pasar,
colocarle el nombre justo al color de tu pelo
a la emoción de tus pasos y tus besos.
Porque no se si te vas quedando indefenso con el tiempo
con la bondad has engendrado
al comprender mis tropiezos
al disculpar mis palabras altisonantes a Dios,
(ese Ciego Eterno)
que me robó la necesidad de mirarnos poco a poco.
Porque nos negó los lugares comunes:
nunca correremos juntos con un perro,
porque los papalotes en el cielo son fantasías que no comprendo,
y aunque las flores son maravillas que descubro,
en mitad espinas y aromas,
Siento que no cambiarías tu voz por lo que significaría no conocernos.
Hijo,
Te voy dejando libre poco a poco,
y debiéndonos tanto uno al otro
me tocó representar para tí,
-en el mismo renglón agudo-
en igual proporción a la dignidad y a la desgracia,
y aunque nos privamos mutuamente de las visiones típicas,
las hemos logrado intercambiar por palabras provechosas.
Ese será nuestro íntimo tesoro:
conservaremos el mudo sabor del tacto
y la electricidad del consuelo instatáneo,
manteniendo la maravilla de hablar de más para reinventar
todo paso a paso en nuestro provecho.
Pero ahora anochece
a tientas acomodo tu almohada
y mientras duermes,
yo también comienzo a soñar:
entre la neblina y la oscuridad,
puedo apostar que adivino tu rostro.

lunes 12 de diciembre de 2011










Juan Diego, Entrevista


(Aunque evidentemente esto es un trabajo de ficción, los datos históricos aquí citados son verdaderos)

¿Han recibido correo no deseado que luego resulta que te salva el día, y puede que hasta el año entero?
Yo sí: justo la semana pasada recibí un correo electrónico que estuve a punto de desechar porque en el subject se leía:
¿Quieres tener una entrevista con Juan Diego?
Y el cuerpo del texto era igual de lacónico:
Nos vemos el miércoles a las 16.00 hrs en la cantina El Santuario, a dos cuadras de la Basílica. Y si no le interesa, pos no vaya.
Casualmente me habían pedido una columna sobre el 12 de diciembre, gran coincidencia, y a falta de cosa mejor que hacer, me lancé a la cantina en cuestión, que es de esas de aserrín en el piso, escupidera en las esquinas y una barra de madera de color indefinido por el tiempo.
Justo pedía un mezcal al cantinero, cuando un individuo se plantó junto a mí, con una sonrisa brillante - más pícara que alegre - adornando una barbita de candado que remataba en una piocha como de chivo. Me extendió la mano. Sí, era Juan Diego.
No podía ser otra persona porque estaba igualito que en las estampitas: llevaba el calzón de manta blanca a media pantorrilla. Como Caltzontzin, el personaje de Rius, calzando unos huaraches bíblicos – se veían viejísimos – que llevaban gastadas ya varias suelas de llanta (hice una nota mental: en tiempos de la Colonia, no había neumáticos) y bajo el brazo llevaba enrollado algo que parecía un petate.
-Inspector – abrió fuego el santo - me da gusto saber que creció y se hizo hombre de bien. Su mamá pedía mucho por Usted a la virgencita…ahorita está muy contenta, pero dice que se preocupa porque a veces sigue siendo medio brusco con la gente.
No supe qué decir y mejor pedí un mezcal también para él y pensé “Caray, lo que daría Sandoval Íñiguez por estar aquí.”
Juan Diego negó con la cabeza - Pues creo que no tanto: si a los obispos les caía gordo, a los cardenales, supongo que les caigo pior.
-Oiga, empecé hablando con cuidado, no me fuera a leer la mente …emmm (¡Coño!¿Cómo entrevistas a un santo?)
-Tranqui, no se me apanique, como decía un compadre huichol: yo guío el viaje…nomás aguante - apuró su trago y pidió otro haciéndole una señal al cantinero. La entrevista empezó.
-Dicen que estuve ahí ¿sabes? en el Tepeyac. Dicen que pasé por el cerro una mañana del siete de diciembre, pero la verdad es que ni ese día ni el siguiente fui a la casa del Obispo Juan de Zumárraga. Apenas había caído Tenochtitlán hacía poco menos de diez años, la ciudad todavía estaba en ruinas… ¿Crees que un Obispo recibiría a un indio así nomás? Nunca.
Me zampé mi mezcal de un trago y ya con más valor, lo interrumpí:
-Hay una relación de esos años, en el códice Nican Mopohua, ahí dice…
- Ah, claro, el Nican – dijo interrumpiéndome mientras hundía los dedos en un tazón de cacahuates – ese es el único documento en el que se basan los “aparicionistas” para dar como bueno el milagro de Guadalupe ¡Pero se escribió veinte años después de que pasó lo que dicen que pasó! Y verá, el Obispo Zumárraga nunca relató nada sobre las apariciones guadalupanas en sus memorias. Ni siquiera en su testamento incluyó en su relación de hechos – algo típico entonces – el haber mandado levantar una ermita donde ahora está el Santuario de Guadalupe. Y, bueno, si la madre de Dios se manifiesta durante tu obispado, ¿no lo cuentas como sea y a quién sea? Pues Zumárraga no lo hizo. Murió como olvidando eso. Y contrario a la leyenda, nunca nos conocimos. Es más, en un catecismo editado en 1547, escribió “Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester…”
-¿Y luego? ¿Te sientes santo?
-Y luego, nada. En estos días no te hacen santo los milagros, sino la fe ajena, la inexorable roca de las creencias de otras personas…eso si mueve montañas. Juan Diego por sí mismo, nanay. Fui beato por imposición y ahora soy santo por clamor popular, sin pruebas de por medio, así que me puedes llamar “santo legítimo”, aunque siendo un santo indígena, le valgo madre a los indígenas, pero supongo que es porque la nueva forma de fabricar santos se tarda algo en causar euforia. Antes las cosas tenían otro matiz, pero no eran ni mejores ni peores que hoy. Simplemente los tiempos cambian.
-¿Cómo?
-Pues… hay santos y santos. ¿Existió San Jorge, el santo patrono de los británicos? Mataba dragones. ¡Y los dragones no existen! ¿Y los niños mártires de Tlaxcala? un trío de chavales bautizados que son cuchileados por un cura para que se metan en casas ajenas a romper ídolos porque –según ellos –el único Dios verdadero era el suyo…Y toda esa serie de santos y mártires medievales, cada cual martirizado de peor forma, a los que les conceden gracias brutales y que a su vez conceden gracias prodigiosas: le rezan a Santa Águeda, a la que asaron viva los romanos, y el volcán Etna no arrasa la ciudad de Catania, Santa Catalina también fue martirizada: iban a destrozarla entre dos ruedas de coche, pero un rayo divino destruyó el artilugio…y entonces nomás la decapitaron. San Cucufato – no es broma, así se llamaba – se salvó de la muerte varias veces, pero Dios atendió sus plegarias donde pedía morir mártir y lo apedrearon hasta morir cerca de Barcelona. Y de nadie de ellos se sabe donde están sus tumbas ni se tiene testimonio alguno de sus vidas por parte de testigos contemporáneos. Vaya, eso de ser santo es complicado. Sobre todo si no existes, como hay muchos casos. Yo digo que la mayoría.
-¿Conoces a algunos?
Juan Diego atacó un recién servido platón con tacos de cueritos que trajo el cantinero. Se quitó una cascarita de cacahuate que le colgaba del labio superior y sin mirar alargó el brazo para tomar una cerveza helada que ya lo esperaba en la barra, entonces me miró a los ojos, como considerando contar o no lo que tenía en la punta de la lengua.
Los conozco a todos –concedió - a los más mejores, a los bien magníficos, y podrían ser católicos, musulmanes, protestantes o ateos: no tuvieron filiación con Iglesia alguna, sino con el fulano que estuvo cerca de ellos cuando se les iluminó la cabeza, el corazón, o ambas cosas y les dio por hacer locuras inexplicables…
-Juan, a ver, ‘pérate… tú hablas de héroes…
-No, no, inspector. Ser héroe es otra cosa, es algo más público y general: la patria, las banderas, la gloria, tonterías similares. Es santo el que es modesto y hace lo que tiene que hacer a pesar de estar cansado o terriblemente agobiado por la rutina – entonces chasqueó los dedos y las puertas de vaivén de la cantina se abrieron: justo pasaba por ahí un padre ciego guiado por un niño de pocos años.
-Ahí tienes: santidad instantánea.
-Ya andas mal… ( me sentí bien tuteándome con un santo)
-Nunca más sobrio: ese hombre que acaba de pasar está en sesión permanente, dándole a ese pequeño una lección diaria de humildad y de paciencia. El niño se ha hecho fuerte: tiene ocho años, pero ya puede aguantar una carga de caballería solito… querías ver santos, pero yo prefiero enseñarte tipos comunes y corrientes, que se sostienen con fe extraordinaria. En realidad ellos son la infantería que sostiene al mundo, o lo mantiene rodando. A pesar de cualquier cosa. A pesar de un dios sordo, de una iglesia muda.
-Muchas analogías militares…y a ver si no te corren del Cielo.
-Es que últimamente me junto mucho con San Ignacio de Loyola y ese fue soldado media vida y contestatario siempre.


-En el Nican Mophoua te citan diciéndole a la virgen algo que ilustra mucho la relación entre indígenas y españoles… ¿lo recuerdas?
- Ps, me acuerdo de todo, pero seguramente te refieres a lo que le dije a Guadalupe cuando me manda con Zumárraga: “me envías a un lugar donde no ando y no paro…” ¿A eso te refieres? No te quiebres la cabeza. Había un abismo entre nosotros, los vencidos y los sacerdotes españoles. Ese cuento de la evangelización victoriosa extendiéndose por México como fuego sobre hierba seca es un mito genial. Tardaron décadas en convertirnos. A los conversos que enviaban los padrecitos para ayudar en la evangelización, otros indios los mataban con saña por traidores. A eso me refería: me mandas a una fiesta ajena. Esto no va conmigo porque cuando pase todo el jolgorio y cuelguen la tilma en la pared de algún templo, nadie me recordará, a mí, al indio. ¿Tuve razón? Claro: yo aparezco en la narración del milagro hasta 1658, casi siglo y medio después, no antes. Y pasa lo mismo con los indígenas de este país quinientos años más tarde. Hoy ni los ven ni los oyen. Hasta a mí me tocó en el mismísimo año de mi santificación, ¿O no te acuerdas lo que dijo Fernández de Cevallos de mí? “Juan Diego era un indio, si, pero no un indio patarrajada cualquiera, sino un descendiente de emperadores”. O algo así.
- ¿Y tú desciendes de emperadores?- pregunté
Juan Diego tomó de un jalón el tercer caballito de mezcal recién puesto en la barra mientras en la otra mano asía con fuerza una manita de puerco en escabeche. A mí las manitas de puerco me dan ñáñaras.
-¿Y eso de descender de emperadores me hace más yo o menos prójimo? Caray, inspector ¿Por qué no trabajas en Caras o alguna revistilla de esas? Claro que no. ¡Ah! también recuerdo como el Vaticano, cambió la imagen del Juan Diego tradicional (acá, tu rey mago) y presentó su imagen oficial, un fulano bien afeitado, que hasta ojitos verdes tenía y su piel no era color canela, sino bronceado tipo gringa en Acapulco.
-¿Pero finalmente te habló en el Tepeyac la Guadalupana?
- Nunca lo he negado, inspector, y cuando la vi me puse contento: creí que era mi señora Tonatzin.
-¿Entonces tú no “ibas pasando por el Tepeyac”?
-Nel. Yo le rezaba a los dioses de mis padres ahí en el cerro sagrado. Como todas las mañanas. Esa es la verdad.
En sus ojos había un cierto desafío que no supe si atribuirle al mezcal que se había tomado él, al que me había tomado yo, o al recuerdo lejano de sus dioses antiguos, arrebatados. Decidí cambiar de tema.
-Decías que admirabas a otros santos…
-Maximilano Kolbe. Polaco. Asesinado en Auschwitz en 1941 por los nazis, invasores de su tierra. Don Max pidió tomar el lugar de un condenado a muerte para que este pudiera volver a ver a sus hijos y su familia. Los alemanes lo encerraron en una celda y lo dejaron morir de hambre y sed. El sobreviviente, un sargento polaco, sobrevivió junto a su familia al infierno del campo de exterminio, vivió una larga vida, fue devoto y feliz…esos son milagros y no fregaderas.
Me imaginé a Kolbe muriendo de hambre y pedí unos tacos de deshebrada. Juan Diego tomó uno del plato humeante, poniéndole tanta salsa de habanero que parecía que se quería suicidar.
-¿Crees en los milagros? pregunté de primera intención.
Masticando un buen bocado, mi entrevistado mantuvo los ojos cerrados a medias, como meditando.
-Creo, si, pero somos una raza a la que le gustan los trucos de magia, los espejitos, los vestidos de chaquira y las matracas. Soy un mal parámetro porque soy crédulo por herencia. ¿Y tú?
-Pues yo no sé…
-Yo sí: ¿Verdá que te mueres por ir a mear? ¿Qué no?
Efectivamente, sentí unas ganas urgentes. Corrí. Y cuando regresé, Juan Diego ya se había ido.
El cantinero me miró, compasivo.
-Siempre hace lo mismo, güero, siempre: se espera que se levanten al servicio, paga la cuenta, y se va. Y ya no lo vuelvo a ver hasta el diciembre siguiente.
-¿Siempre?
-Sí, al menos desde que mi abuelo compró la cantina. Siéntese. Le sirvo otro mezcalito: cortesía de la casa. Y deje le cambio el tazón de los cacahuates.

domingo 22 de agosto de 2010

Mermelada de Cucaracha: La Felicidad Nacional Bruta, Bobby Kennedy y un rey de Bután

Mermelada de Cucaracha: La Felicidad Nacional Bruta, Bobby Kennedy y un rey de Bután

La Felicidad Nacional Bruta, Bobby Kennedy y un rey de Bután




Hacia 1974, en una mañana de esas en las que uno no tiene nada que hacer, Syngie Wangchuck V, rey de Bután, concluyó que los índices que existían para medir el progreso de los países – muy específicamente el del Producto Nacional Bruto - no tenía cabida en su reino y se inventó el índice de Felicidad Nacional Bruta.

Bután es un diminuto reino enclavado entre los gigantes de China e India, un lugar donde hasta hace cincuenta años no existía moneda de curso legal, sin carreteras o escuelas públicas. Cerrado al resto del mundo, fue gracias a las iniciativas del rey Syngie que ahora cuentan con elecciones democráticas, libertad de prensa, telefonía, internet y televisión. Todo en menos de treinta años: un ejemplo para aquellos memos que creen que los cambios estructurales son graduales.

También ya tienen un puñado de siquiatras, lo que ya preocupa a más de un funcionario del ente gubernamental encargado de la felicidad del país, aunque no tanto. Tal vez los focos rojos solo se encienden si aumenta el número de abogados.

Como todas las buenas historias con giro alternativo, la del índice butanés cuenta con sus mayores fanáticos en gente de credibilidad vacilante: vegetarianos extremos, hippies Benetton, maestros de yoga con o sin programa de tele, blogueros espiritualistas, socialistas semibudistas y el presidente de Brasil.

Y sus aplausos a tan novedoso sistema evita que se recuerde – por ejemplo -que cien mil nepaleses étnicos que vivían en Bután desde hacía varias generaciones fueron expulsados del país por no ser lo suficientemente felices, o algo así, para los estándares del rey, o que, simplemente, el sistema de medición llegue ser bastante inexacto en principio, aunque a la larga puede arrojar datos fidedignos… si no se manipulan a conveniencia.

Despegando desde la buena fe, digamos que el sistema es bueno y ya tiene sus adeptos: Australia, país que usa todos los sistemas que existen para medir sus avances sociales y económicos, aplica el del Centro de Estudios Butaneses para la Felicidad Nacional, que ha determinado que el país de los canguros y los koalas es desde el 2005 el país más feliz de la tierra. Algo tendrá de válido el sistema del rey Syngie, pues en la última investigación que hizo Newsweek sobre los mejores países del mundo, Australia ocupa el cuarto lugar por segunda vez al hilo, solo detrás de Suecia, Suiza y Finlandia, que serán lo que sea, pero tienen un clima horrible al menos la mitad del año.

Robert Kennedy, butanés por intuición, cuestionó los criterios que usa la economía neoclásica para generar el Producto Nacional Bruto:

“Toma en cuenta la contaminación ambiental y los anuncios de tabaco, las ambulancias que llegan con urgencia a levantar muertos y heridos en los accidentes carreteros. Registra las cerraduras que compramos para las puertas de nuestras casas y las cárceles que se construyen para alojar a quienes las violentan… pero ignora por completo la belleza de nuestra poesía, la fortaleza de nuestras familias, nuestra inteligencia para debatir públicamente o la integridad de nuestros empleados públicos. No mide nuestro ingenio, o nuestra entereza, ni nuestra sabiduría o disposición para aprender. Ignora nuestra capacidad para ser compasivos o nuestro amor hacia nuestro país. En breve, lo mide todo, excepto aquello que hace que vivir valga la pena…”

Bobby Kennedy tenía razón. Y aunque Bután siempre se ha negado a decir qué tan felices son sus ciudadanos, los parámetros que se usan para determinar la felicidad parten de temas que inciden en el bienestar de cualquier sociedad:

1. Un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo.
2. La preservación y promoción de la cultura.
3. La conservación del medio ambiente.
4. El buen gobierno.

El Centro de Estudios Butaneses tomó en cuenta estos temas y bajo auspicio del rey logró hacer que prácticamente la burocracia del país girara en torno a la búsqueda de la felicidad, proponiéndose a hacer medibles sus resultados en nueve rubros principales: Bienestar psicológico, Uso del tiempo, Vitalidad de la comunidad, Cultura, Salud, Educación, Diversidad medioambiental, Nivel de vida y Gobierno.

La encuesta personal es el medio por el que el gobierno obtiene la información que proporciona los resultados.

Aún en eso, los cuestionarios son sui géneris: “¿Ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones?“. “¿En su opinión, qué tan independientes son nuestros tribunales?“. “¿En el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos?”. “¿Cuenta usted cuentos tradicionales a sus hijos?“, y mi favorita: “¿Ha percibido cambios este año en el diseño arquitectónico de las casas de Bután?“

Charlatanería o exageración, realidad o lo que sea, pero algo le están aprendiendo los canadienses y australianos al Bután. En México, lo más probable es que al menos les envidiemos tener líderes tan originales.

viernes 16 de julio de 2010

Espacio en el Tiempo


Viendo tu fotografía en el periódico, caigo en cuenta que por ti no había pasado el tiempo desde nuestra graduación de la escuela preparatoria. Soy especialmente sensible a esos cambios: noto como voy dejando de ser aquella persona que quería ser y que poco a poco va difuminando la erosión inclemente de los días.

Pero te alcanzó el tiempo de repente y lamento no haberte saludado aquellas veces que te vi de lejos. En todo caso, mi descortesía siempre tuvo un motivo, y por eso a lo largo de los años evité llegar hasta donde estabas para no echar a perder el rato. Para no romper el momento.

Recuerdo entre varias una ocasión: estabas en un parque cercano a la casa de mis padres. Jugabas con un niño de tres o cuatro años, seguramente tu hijo. Lo hacías girar por encima de tu cabeza, con suavidad y cuidado mientras él abría los brazos, estirando la punta de sus dedos, estallando con cada carcajada. Tú tenías los ojos cerrados y también reías. Aproveché para verlos de lejos, acercarme hubiera roto la comunión y el instante de algo tan fugaz. Seguramente, pensé entonces, eso es la felicidad.

Te vi otras veces. De lejos. De paso. De prisa. Nunca hubo oportunidad de cruzar palabras, de intercambiar datos, suertes, direcciones. Y siempre me quedé con ese día en el parque identificándote con los que ya tienen la vida encarrilada, segura, duradera, predecible, recordándola así en un recuento fugaz de las vidas de los otros.

Fuiste esa imagen hasta la mañana de hoy, en que una esquela del periódico informó que habías muerto, que desde aquellos años hasta ahora, habías tenido (dejado) dos hijos más. Verás, no encuentro la forma de decirte como duele no haber cruzado una calle transitada, una acera lluviosa, o un par de escaleras para darnos un poco de espacio en el tiempo para despedirnos.

domingo 6 de junio de 2010

El Libro del Mes: El Asedio






"Hay un mendigo en el suelo, su espalda apoyada contra la pared... Al pasar el corsario por su lado, levanta hacia él la vista.

- Deme algo, mi brigadier... Por amor de Dios

Sigue adelante, pero se detiene de pronto. Un tatuaje azulado, borroso por el tiempo, que advierte en el antebrazo del mendigo llama su atención. Un ancla, parece, entre un cañón y una bandera.

- ¿Qué barco?

Le sostiene la mirada el otro, desconcertado al principio. Al cabo mueve la cabeza, como si comprendiera. Se mira el tatuaje y luego levanta de nuevo los ojso hacia Pepe Lobo.

- El San Agustín, un ochenta cañones. Su comandante, don Felipe Cajigal

- Ese barco se perdió en Trafalgar"

La boca del mendigo se quiebra en una mueca desdentada que en otro tiempo y otra vida fue una sonrisa. Con ademán indiferente señala su muñón desnudo.

- No fue lo único que se perdión allí.

- No hubo socorro, supongo - comenta Lobo

- Lo hubo, señor... el de mi mujer metida a puta.

Ahora es el corsario quien asiente despacio. Pensativo. Después mete la mano en un bolsillo y saca un duro: el vejo rey Carlos IV miranda hacia la derecha, lejos, como is nada de aquello fuese con él. Al tocar la onza de plata, el mendigo observa al corsario con curiosidad.

Después aparte la espalda de la pared y parece ergirse un poco, con una ráfaga de insólita dignidad, minetras se lleva dos dedos a la frente.

"Cabo de cañón Cipriano Ortega, señor. Segunda batería".

El capitán Lobo sigue su camino. Lo acompaña la hosca pesadumbre que todo hombre sometido a los azares del mar y de la guerra siente ante la mutilación y la miseria de otro marino.

Quizá un día se vea él mismo de ese modo, piensa Pepe Lobo mientras se aleja del mendigo. Y en el acto se obliga a dejar de pensar."

Pasó algún tiempo desde que salió de las imprentas el último libro de Arturo Pérez Reverte, Un Día de Cólera, pero esta obra no es de ficción: narra los sucesos del levantamiento popular de Madrid contra los franceses en 1808, que fueron inmortalizados por los terribles grabados de Goya.

Este trabajo multitudinario, narra con rigor de historiador y con pinceladas de novelista lo que ocurrió en aquellos días funestos de la historia española, tal y como narró en Cabo Trafalgar los sucesos de la famosa batalla naval desde el punto de vista español.

Ahora nos presenta una novela cuyo telón de fondo es histórico, pero sus personajes ficticios, con un sabor parecido a lo que logra en su exitosa serie El Capitán Alatriste, donde la España del Siglo de Oro es descrita con delicadeza y minuciosidad.

En El Asedio, el marco es el asedio del puerto de Cádiz durante la ocupación napoleónica, con historias que se van engarzando en la trama de la ciudad sitiada: un capitán corsario, una dama que maneja una empresa naviera, un oscuro y brutal oficial de policía, el asesino serial que mata a sus víctimas a latigazos, el capitán francés obsesionado con destrozar el corazón de Cádiz con sus queridos cañones de bronce, el guerrillero español que se bate contra el enemigo a veces sin saber porqué... Y todo con la magia narrativa de un autor que habla de los usos y costumbres de una ciudad y personajes que vivieron hace doscientos años como si fueran sus mismos vecinos.

Es la mejor narrativa del Maestro de Cartagena hasta ahora: Asediar este libro me tomó 72 horas. Es de los que no puedes dejar de leer, valga el cliché.

jueves 27 de mayo de 2010







¡HEY, IGNACIO!

"Las armas nacionales se han cubierto de gloria... el enemigo se batió con bizarría... sus jefes han actuado con torpeza..."
-- Ignacio Zaragoza, en el parte oficial de la Batalla de Puebla


"Rechinando los dientes": Eso hubieras contestado si alguien te hubiera preguntado en ese mismo instante cómo entraste a la ciudad de Puebla de los Ángeles: eso es lo que le hubieras contestado. Así nomás, seca y brevemente, como acostumbrabas dar las órdenes y también obedecerlas.

Encabronado, montado en un caballo de guerra, observabas los arcos triunfales, las flores de colores en los balcones de las mejores casas de Puebla, colgadas de las iglesias o adornando los palacios de los más pudientes. Mensajes de bienvenida, de agradecimiento eterno; todos escritos primorosamente en francés. Estaban ahí también las condenas hacia el legítimo Presidente de la República, Benito Juárez, en bandos pegados en todas las paredes. El demonio de Juárez, el indio Juárez, al cual los curas maldecían, y quienes señalaban a tus soldados cansados, condenándolos al fuego eterno, más que nada, por militar en el Ejército de Oriente que defendía al gobierno liberal. Desde tu montura repasaste a tu tropa que entraba ordenada y silenciosa por las principales calles de la ciudad. Harían campamento en sus afueras, hacia el rumbo de los fuertes de Loreto y Guadalupe, que bloqueaban el camino que llevaba hasta el corazón del país, el valle de Anáhuac.

Delante de ti desfilaron los uniformes rasgados, los pies descalzos, las fornituras desgastadas, las espadas romas de tus oficiales, pero también viste lumbre en los rostros morenos y el brillo de sus dientes afilados que sonreían con desdén. Habían husmeado, como lobos jóvenes, el olor de la pólvora allá atrás, en Acultzingo, en una maniobra que desequilibró a tu enemigo: emboscaste al ejército invasor. Querías que tus jóvenes soldados olvidaran un poco la Historia Nacional pletórica de retiradas y despojos: las Cumbres de Acultizngo bautizaron a tus soldados. En un parte de guerra breve como un relámpago, le mandaste decir a don Benito: “los franceses pelean bien... pero los nuestros matan bien.” Te desahogabas en tu correspondencia oficial, y en la privada. De la ciudad trazada por los ángeles escribías a tu mujer, lleno de coraje: "¿Puebla? Puebla debería ser quemada hasta los cimientos... ". En un informe, igual de agresivo le confiaste lo mismo a Benito Juárez, que ponía en tus manos la supervivencia de la República.

Puebla. En 1847 la ciudad se negó a oponer resistencia al invasor yanqui, abriéndole las puertas del Valle de México, entregando sus fuertes intactos, su artillería completa. Puebla, que soñaba con España, con Francia, con Europa y con un principito rubio, de buenas maneras. Puebla, que no tenía un solo mendrugo de pan para tu ejército de mexicanos libres, republicanos, casi desnudos, pues el trigo y el vino lo guardaban para la fiesta de bienvenida que se organizaba casi abiertamente, ante tus ojos sorprendidos, para los invasores: Pinche Puebla.

Tu estado mayor estaba compuesto por oficiales hechos al vuelo. Soldados por necesidad. Guerreros a fuerza. ¿Qué tenías para oponerte al ejército francés que venía de vencer a los rusos en Crimea, a los austriacos en Solferino y Magenta ¿A Francia que tenía al mejor ejército del mundo? Casi nada. Muy poco. Al menos en teoría, las apuestas estaban cargadas en tu contra. En fin.

Desde un mirador del fuerte de Guadalupe fácilmente se distinguían las delgadas y altas columnas de humo de las cocinas de campaña del orgulloso ejército francés. Al pardear la tarde, se veían a ojo desnudo los puntitos escarlata de las fogatas de su campamento. Según tus informes, aproximadamente siete mil soldados franceses venían hacia Puebla. La vanguardia la componían dos mil infantes del regimiento No2 de zuavos, tropas de asalto argelinas conocidas por su ferocidad y destreza en el combate cuerpo a cuerpo. Según tus informes, la artillería naval que llevaban los franceses había sido reforzada: superaban con mucho al puñado de cañones que componían la artillería fija de tus fuertes. Pero también tus exploradores - aquí te sorprendiste enormemente - te dijeron que la artillería pesada enemiga estaba emplazada a decenas de metros de donde su alcance era eficaz. Tus espías aseguraron que las recuas de mulas de carga asignadas a los batallones de artilleros descansaban plácidamente en el campamento, que los barriles de pólvora y los proyectiles de cañón yacían sin ton ni son alrededor de sus emplazamientos, que las cureñas de los cañones estaban ya fijas con gruesos torones al suelo: removerlas y volver a colocarlas en posición les tomaría horas preciosas.

Lo que tú no sabías era que el Mariscal Conde De Lorencez había asegurado a sus tropas que serían recibidos con flores y lluvia de papelitos de colores al llegar a las puertas de Puebla. Le decía satisfecho a los oficiales de su estado mayor que tú, Ignacio Zaragoza, General del Ejército de Oriente, huirías aterrorizado al ver a los zuavos de pantalón bombacho y color escarlata marchar hacia las posiciones defensivas de Puebla, como si fueran a un día de fiesta. Lástima por Lorencez, lástima por el Obispo de Puebla, que esperaban merendar juntos la tarde del día cinco de mayo: entre ambos te interponías tú, con cinco mil de infantería y setecientos jinetes que, para desgracia de las glorias de Francia, en su mayoría nunca habían oído hablar de Magenta y Solferino.

En la noche del cuatro de mayo reuniste a tus oficiales: Porfirio Díaz, Celestino Negrete, Jesús González Ortega, Sóstenes Rocha. Sin mayor preámbulo planteaste la estrategia a seguir: "Es difícil pensar en una victoria, los franceses nos aventajan en número, armamento y logística. Enfoquémonos en hacerles la mayor cantidad de bajas y pérdidas de material de guerra... Esto los obligará a retrasarse en Puebla por lo menos seis meses para recuperarse. La marcha a la Capital se tendrá que suspender y nos dará tiempo de preparar la defensa del país. La consigna, para ustedes y sus hombres, es breve: la mayor cantidad de bajas al enemigo, el mayor daño a su material de guerra... eso es todo, a sus puestos."

Desde la madrugada del día cinco se esperaba el asalto francés. Al amparo de un amanecer sin luna, antes de clarear, habías mandado a la caballería del General Negrete a dar un rodeo y situarse justo atrás del fuerte de Loreto, a extra muros del alcázar. Hacía horas que los “dragones” esperaban tus órdenes, impacientes e invisibles. Si los franceses intentaban un asalto frontal al fuerte, serían rechazados al carecer del apoyo de su artillería pesada. La caballería entonces desarticularía cualquier intento de reorganizarse con un contraataque sorpresivo y mortífero. En caso de que el asalto al fuerte fuera eficaz, por lo menos Negrete podría intentar romper el cerco... echaste un último vistazo a los defensores que tomaban sus posiciones medio dormidos todavía, con un hueco en el estómago que evitaba tener hambre. Viste un bosque disparejo de bayonetas quebradas o torcidas: fusiles ingleses de chispa, sobrantes de la batalla de Waterloo, con más de veinte años de obsolescencia, que armaban al grueso de los soldados rasos de Ejército de Oriente. Algunos rifles modernos en las manos de tus leales Rifleros del Norte. Algunos de sus oficiales lucían revólveres americanos de cinco o seis tiros. Se hicieron los últimos ajustes, se dieron las últimas órdenes.

En los emplazamientos de artillería, los cañones se cargaron con perdigones de acero para detener a la infantería atacante. Los cañones abrirían fuego sobre el enemigo cuando estuviera a una distancia menor a cien metros de las murallas. La infantería entonces cazaría a los que continuaran avanzando; si algunos lograban escalar las paredes, serían fácilmente rechazados. Un audaz reconocimiento hecho en la madrugada hasta los emplazamientos de artillería franceses te había confirmado que, salvo unas pocas baterías de montaña móviles, de los cañones de gran calibre no tendrías nada que temer. Poco a poco, las cosas dejaron de verse tan oscuras como te lo habías temido el día anterior.
El coronel Sóstenes Rocha, que siempre te dijo en broma que parecías tendero y no general, te vio sonreír hacia la oscuridad por un par de segundos. Sobre esas cosas ya no preguntaba nada, porque ya se había acostumbrado a ciertos hábitos tuyos, como reírte solo o el mentar madres a cada rato.

Pasadas las ocho de la mañana, tus vigías detectaron una oleada de zuavos e infantes de marina que avanzaban – colina arriba - entre los abrojos y la maleza rala que crecía cerca de las fortificaciones gemelas. Avanzaban en silencio, algunas órdenes habladas mas que gritadas por los oficiales de cada pelotón, se escucharon hasta donde las bocas de los fusiles los seguían, individualizando de todo el grupo específicamente a un individuo, siguiéndolo en cacería, esperando la señal de fuego. Entrando la primera oleada al perímetro de los treinta metros convenidos, los fuertes se encendieron con la primera descarga cerrada. Las piezas de artillería atronaron por el resto del día, incansables, mientras los artilleros extendían paños húmedos sobre el hierro de los cañones que se calentaba por la frecuencia de los disparos. Oleada tras oleada de asaltantes fue lanzada para tomar los fuertes que defendías.

No te explicabas porque el general francés no te forzaba a pelear fuera de tus fortificaciones. Estaba claro que la preparación y equipamiento del militar francés era mejor en esas condiciones. No comprendías porqué en lo que iba de la mañana el Conde de Lorencez no cambiaba su táctica, a todas luces inútil. Oleada tras oleada de infantes franceses eran contenidos por la fusilería mexicana. Los que llegaban hasta el pie de los muros se batían contra un feroz batallón de exploradores indígenas de las tribus zacapoaxtla y xochipulca, que pidieron batirse contra los franceses extra muros al arma blanca. De un momento a otro, esperabas que Lorencez se lanzara sobre las tapias del vecino convento del Carmen para tomar tu retaguardia. Dentro del infierno de la guerra, sentiste algo cercano a la felicidad. Te encogiste de hombros: "Yo lo hubiera hecho"--te repetías una y otra vez. Te sorprendía tu buena suerte, tan ajena a los destinos de tu Patria invadida.

Ordenaste a los impacientes jinetes de Negrete contraatacar por los flancos para desarticular un avance potencialmente peligroso. El corneta de órdenes de la División Negrete dio el toque "a degüello": los jinetes mexicanos parecían volar sobre la maleza baja y los fragmentos ardientes de metralla, que volaban como moscardones enloquecidos. Los dragones lazaron zuavos, los arrastraban entre los matorrales, alanceándolos o cargando a sable en grupos perfectamente sincronizados. Sabías que la caballería ligera mexicana era la mejor carta del Ejército Nacional, y la jugabas bien. Después de su sexta intervención exitosa, recibieron órdenes de abrigarse en los pliegues del terreno que los ocultaba eficazmente. Entonces se abrieron las puertas del cielo sobre Puebla. Un diluvio empantanó la vanguardia asaltante, que resbalaba entre el lodo, tratando de proteger del agua sus fornituras y mecanismos que se anegaban e impedían disparar más. Era una situación propicia para la caballería, ordenaste a Negrete atacar nuevamente: esa última carga de caballería deshizo el ímpetu de los atacantes que huyeron, abandonando varias piezas de artillería de montaña. Pocos minutos después, un teniente de dragones llevó al cuartel general una bandera francesa capturada al 2do Regimiento de Infantería Ligera Imperial: los zuavos.

Cuando amainó la tormenta, tuviste que imponerte a los generales Díaz y Negrete. Querían arrasar el campamento enemigo con un contraataque inmediato. González Ortega, de profesión tenedor de libros y por circunstancias de la vida, artillero en jefe del ejército de Oriente, te apoyó sin hacerse ilusiones: avanzar a terreno descubierto los pondría fuera del cobijo de su propia artillería, que no era de mucho alcance. Tal vez, razonó, los franceses habían tenido entre dispersos, heridos, prisioneros y muertos, poco más de mil doscientas bajas, pero dos tercios de su fuerza de combate aunque desmoralizada, permanecía intacta. Ya lo decían los viejos: "A enemigo que huye, puente de plata."

El seis de mayo, los poblanos esperaban el contraataque francés: ese día, se gastaron diez mil pesos en arreglos florales nuevos, colgaron de los arcos triunfales tafetanes con los colores de Francia. El contraataque no llegó, pues Lorencez puso distancia entre su ejército derrotado y tus soldados victoriosos, marchando hasta la frontera entre los estados de Puebla y Veracruz: Habías vencido.

Entonces la fiebre, Ignacio, te empezó a devorar en Acultzingo. Te hizo empezar a alucinar. Soñabas con pelotones de fusilamiento enemigos ejecutando a tus amigos, a tus compañeros de armas, a don Benito. Y también llegó la carta que te informaba la muerte de tu esposa, allá en Monterrey. Poco después, llegó el anuncio de la muerte de tu hijo primogénito. Tal vez esa carta fue la que te hizo ver a Puebla en llamas otra vez. Pinche Puebla. Allí te contagiaste de la tifoidea que te invadía, que te mataba sin remedio. Esto nunca te evitó salir, afiebrado y todo, a pasar revista a tu ejército vencedor envuelto en un capote encerado de color oscuro. Tus leales Rifleros, bajo la lluvia helada y omnipresente de la serranía poblana, se sorbían los mocos, se enjugaban las lágrimas: se atragantaban sin remedio. "Mí general se muere, pero no nos quiere dejar solos todavía."

El general González Ortega, que siempre te tuvo envidia, se escondía para no verte encorajinado con los charcos, con el fango. Caminaba retrasando los pasos, ligeramente atrás de ti, durante las inspecciones porque no se aguantaba el coraje, la mala leche, la poca madre de quién fuera: eras el primer general victorioso en la historia de la República, y no podían tus generales defenderte de la fiebre, que te consumía a diario.

¿Quién eras, Ignacio? ¿Quién habías sido hasta entonces? Eras neoleonés y coahuilense y nacido en Texas, todo a la vez, gracias los cambiantes caprichos de la geografía nacional. Casi fuiste sacerdote, casi abogado, recluta a los veintidós, capitán a los veinticuatro, general de división a los veintiocho, Ministro de Guerra de la República a los treinta, Defensor de la Patria a los treinta y uno, muerto a los treinta y dos. Siempre fuiste leal al federalismo, en una época en que casi nadie lo sabía explicar bien a bien. Rápido, letal y breve: fuiste una bala de cañón.

Te hubiera sacado un poco de tu habitual mal humor una última broma que le jugó a Puebla el Presidente Juárez, que detrás de su habitual seriedad, era de una ironía exquisita. Cuando el mensaje telegráfico llegó hasta el Palacio Nacional anunciando tu muerte, el Presidente perdió el aplomo, le dijo emocionado a Ignacio Comonfort, "Nos han dejado indefensos." Pero un poco tiempo después de tu muerte, Puebla de los Ángeles, por Decreto Presidencial cambió su nombre oficial.

Te repito Ignacio, hubieras sonreído al volver a Puebla de los Ángeles... Perdón, a Puebla... de Zaragoza.

Pinche Puebla.

viernes 11 de diciembre de 2009

Pablo, el semáforo en rojo y una chamarra de astronauta

Esta Navidad va a ser una mugre, pensó. Y es que el clima no ayudaba tampoco. Era una tarde invernal, pero a esas horas el día se empezaba a transformar en noche. La somnolencia causada por la calefacción del coche lo adormecía, la marcha lenta de los coches lo sumía poco a poco en un letargo que se interrumpía con cada frenada suave que daba el vehículo. La lluvia tamborileaba el cristal del parabrisas rítmicamente. Con los ojos cerrados, se dejaba sorprender de pronto por el ruido que causaban las llantas del tráfico lento sobre los charcos del pavimento en la avenida. Se imaginaba olas que desde el punto de vista de una hormiga debían de ser terribles, pero desde la perspectiva de los seres humanos eran simplemente una molestia que aumentaba la miseria de los peatones que allá afuera se empapaban esperando algún transporte urbano o algún taxi. Así es fácil imaginar el frío.

Su padre manejaba el coche mecánicamente. Alguna vez se preguntó Pablo si podría manejar como él. Se preguntaba demasiadas cosas porque no sabía si algún día él mismo podría arreglar una fuga como lo hacía su padre, o cambiar un fusible, o encender el boiler cuando se apagaba accidentalmente, igual a como lo hacía su padre. Lo miró desde su propia estatura de ocho años de edad y se preguntaba si los papás van a alguna dependencia de gobierno donde les enseñan a ser adultos o si eso te lo van enseñando en la escuela conforme vas cumpliendo años. Él mismo, por ejemplo, tenía poco tiempo de saber como amarrarse las agujetas de los zapatos. Su madre lo había festejado ampliamente por un rato por aquello, pero viendo a papá conducir el coche, sabía que era poseedor de un conocimiento menor. Aquello era algo de todos los días para un adulto cualquiera.

Un bocinazo lo trajo de vuelta al asiento del coche. Su padre nunca hacía sonar el claxon, lo consideraba de pésimo gusto y supo de inmediato que el conductor del vehículo de atrás era el culpable. Estaban en el cruce de las calles de Carranza y Arteaga, un camión se atravesaba en ambos sentidos, obstruyendo la circulación de la avenida. El semáforo en verde les daba el paso pero aquel camión maniobraba lentamente. Había que esperar. Su padre se veía contrariado. Cuando se desesperaba por algo al ir conduciendo, acariciaba el volante con la mano izquierda, se tranquilizaba y se mordía una o dos veces los labios. Nunca decía nada, nunca gritaba y en esas ocasiones simplemente se volvía hacia él, le acariciaba una pierna o cariñosamente le daba palmaditas en el cachete “¿Cómo está el Jefe Cejas?” preguntaba sonriendo, así le decía de cariño desde la cuna. Solo lo llamaba así cuando estaban solos, nadie lo sabía, ni los abuelos, ni los tíos: era un secreto de ellos tres. Pero en esta ocasión, su padre permaneció con la vista al frente, acariciando el volante, mordiéndose los labios. El camión lentamente desalojó la calle, huyendo por Arteaga. El semáforo cambió su luz y el disco color rojo detuvo el flujo de los vehículos. Pablo entrecerró los ojos y giró su cabeza hacia la acera.

Ahí, parado sobre la banqueta estaba un niño. La lluvia, el frío y la grisura de la tarde lo hacían ver como si fuera una foto borrosa, irreal. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, el suéter sucio a franjas horizontales en blanco y azul, llevaba unos pantalones ajados que no aguantarían una lavada más.

Pablo bajó el cristal de la ventanilla - la pequeña figura estaba a escasos dos pasos del coche - y lo miraba fijamente.

Había bajado el cristal a medias cuando se le ocurrió voltear hacia su padre. ¿Se habría dado cuenta? ¿Por qué no le decía Hijo, la lluvia, el frío, no lo hagas o algo así? Su padre veía hacia el frente.

El disco rojo detenía el tráfico con su mirada sin parpadeo. La lluvia estaba en suspenso, entre el cielo y el suelo. El tiempo, el tráfico y el frío se habían detenido de pronto. Al volverse se topó son la mirada fija del niño que lo tocaba con el vaho de la respiración. Un sobresalto casi lo hace irse hacia atrás.

Hola Pablo. ¿Tú me conoces? Claro, desde siempre. ¿Por qué? Porque así es, por que si te fijas bien, somos iguales. ¿Iguales? Casi, casi iguales, pero hay algo que nos hace diferentes, es algo imperceptible: el tiempo ¿El tiempo? Claro, el tiempo, el pequeño tiempo, los segundos o los minutos, esos que todo mundo gasta sin darse cuenta. ¿Cómo es eso? Muy fácil: sales a la calle y saludas al vecino y mira, ya se te fueron un par de minutos, ves la tele y se te van veinte o treinta y ni los extrañas: tú y yo somos idénticos excepto por el tiempo.

Pablo lo observó de cerca: podría ser su hermano gemelo sin problema, salvo por que sus ojos tenía unas ojeras profundas. Un lejano olor a podrido se filtraba discretamente hasta el interior del coche. Sobre todo Pablo sintió temor por esos ojos profundísimos, que no iban a ninguna parte.

Trató de ser amable: Tendrás frío, toma, te doy mi chamarra de astronauta, me la ha traído mi papá cuando fue a Ciudad Juárez, es impermeable ¿ves? nadie en la escuela tiene una como ésta. El frío es lo de menos, Pablo. Hambre tendrás, yo tengo por aquí mi sándwich que no me comí en el recreo, no tuve tiempo de comerlo. Sí, ya sé, fueron por ti para llevarte al hospital, pero no, hambre tampoco tengo. Tú lo sabes todo. De ti, sí, es natural. Eres raro. No, mírame bien, yo soy tú: ahorita mismo te estás viendo. ¿Y qué tiene que ver eso con el tiempo? Es que el tiempo se detiene a veces para algunos, para que puedan ver como unos segundos lo cambian todo. Nadie en mi cuadra me creerá que me he visto. Nadie le cree nada a nadie, mira, yo soy tú diez segundos antes o diez segundos después de que nacieras, diez segundos antes o diez segundos después de que tus padres te imaginaran, diez segundos antes o diez segundos después que tu resultaras ser el hijo de un matrimonio que vive aquí en Monterrey, y no un niño africano muriéndose de hambre o el príncipe heredero de España ¿ves? yo no soy nada, pero tú si eres. ¡Eres un fantasma! La gente se inventa sus fantasmas, Pablo, pero ahora no necesitas ninguno, simplemente yo estaba en esta esquina y tú atinaste a pasar justo en ese mismo momento. ¿Qué quiere decir esto? Que las posibilidades de que cualquier persona se cruce con el que nunca fue son remotísimas, los que nunca fuimos estamos al alcance de los dedos de quién sea, pero únicamente el tiempo de detiene cuando por coincidencia nos llegamos a encontrar con quién nunca seremos. ¿Tengo suerte al haberte encontrado? No sé, aunque creo que te llevaste toda la buena suerte que me pudo haber tocado. Lo siento. Tú no tienes nada que ver con eso, estas fuera de pedir disculpas o necesitar lástima, pero fíjate bien, en esta ciudad en que tu vives hay otra que se sobrepone y que tiene sus semáforos en rojo y sus chamarras de astronauta: ahí vivimos los que nunca fuimos y todos los días nos rozamos con los que han sido, tal vez eso sirva. Entonces esto tiene una moraleja. No sé, dime tú si tengo cara de fabulista. Se rió y sus dientes amarillentos contrastaban con la palidez de su cara. La sonrisa del otro Pablo era una segunda cicatriz aguda.

El semáforo cambió a la luz verde, el tráfico inició su desfile lento y un camión urbano levantó una ola de agua que mojó a una monja y dos enfermeras que esperaban una unidad de transporte de otra ruta. El padre de Pablo trató de acelerar. El tráfico por Venustiano Carranza apenas se arrastraba por el pavimento.

Pablo nunca lo había visto tan desesperado. El teléfono móvil de su padre sonó y él se tardó en reaccionar. Apenas iba a decirle “Papá, tu teléfono” cuando el hombre se había abalanzado sobre el aparato, entre la densidad del tráfico, se trató de orillar al ver el número. Contestó “Si, si, soy yo Belinda ¿Cómo está el niño?”.

El tráfico se detuvo y varios peatones sacaron al hombre histérico que gritaba desde adentro del automóvil. No, mi hijo, no, Pablo, no. Pablo se trató de quitar el cinturón de seguridad. No entendía nada. ¿Papá? Volteó hacia todos lados.

Desde el cruce de la Avenida Venustiano Carranza y la calle José María Arteaga, un niño con los dientes amarillentos y ojeras profundas le decía Adiós con la mano.

En la otra llevaba una plateada chamarra de astronauta.

domingo 27 de septiembre de 2009

Monólogo de Visitante Extranjera














Ahora mismo estoy conociendo tu país desde la ventanilla del avión.

Es grande, y aunque esto ya lo sabía, me sorprende descubrirlo por mí misma. En mi país, los pequeños bimotores de nuestra aerolínea local lo atraviesan de lado a lado en un par de horas y les sobra tiempo.

Desde acá arriba veo campos arados, pastizales extensos o bosques impenetrables. Veo montañas que desde el suelo deben ser majestuosas y retadoras, pero desde las alas del Airbus que me trae hasta acá, parecen pequeñas y humildes. Allá abajo, pasan lentas y heladas, mientras volamos a ochocientos noventa kilómetros por hora, a veinticinco mil pies de altura. Desde aquí paso revista a las serranías de tu tierra. Como jirones y manchas veloces de verdes oscuros y marrones van asaltando mi horizonte, casi como me lo constaste alguna vez.

No sé como son tus ciudades. Por más que las imagino me pregunto ¿Qué magia tienen? ¿Qué miseria esconden los rascacielos, los monumentos, los neones? ¿Qué historias oscuras podrían contar sus paredones y sus calabozos, los claustros y los monasterios, las fortalezas de tu ciudad? Sabrás, por que te lo he dicho, que en mi país no hay héroes. Allá solo existen los ciudadanos, y los ejércitos, que ya solo existen por costumbre, se aburren en los cuarteles... Es triste que un país tenga tantos héroes, por que para que estos existan son indispensables los canallas.

Estoy emocionada, pero el ronroneo de los motores me arrulla y finalmente, duermo. Sueño desde la isla presurizada de mi asiento, desde la península minúscula de mi patria (donde deseo que solo habitemos dos personas) ¿Qué me espera allá abajo? Yo solo acudo a encontrarte... ¡Y me mandas a tu país por delante a recibirme!

El manto de nubes interviene: las hay delgadas como sábanas e intervienen en esta breve introducción con montañas. ¿Sabes? He aprendido demasiado de este país y de su historia, su sucesión de partos solitarios, de batallas perdidas, y también que detrás de las letras muertas, palpita todo lo que muy pronto me enseñarás: Lo que no conozco de sus sueños y sus secretos. Su fe ante el dolor pesado y espeso de la incertidumbre, barnizado de una alegría desesperada, pero auténtica y sólida como un buen cimiento.

Sueño con sus sonidos particulares, los que se conocen por la noche.
Bajo mi pie murmuran la madera joven, el canto rodado de algunas calles y la cálida carne de su cantera. Ásperos son en mi imaginación el granito de sus templos y el basalto de los monumentos. Todo envuelto en música de mar, de aire, de sol nuevos y que ignoro, pero poco a poco reinvento... En fin, no sé si algún día te llegue a contar esto: me siento indefensa cuando logras traspasar mi mente y conoces lo que pienso, aunque intuyes lo que yo retengo ¿No es esto lo más privado que tenemos? El cuerpo se posee y hasta se intercambia, pero no existe callejón más privado que la conciencia y la memoria concreta. Me da miedo pensar que somos extraños aún conociéndonos. Estar tan cerca y tan lejos.

“El piloto aplica los aerofrenos. Son las seis de la tarde y los techos de lámina de las fábricas de tu ciudad brillan como las escamas del pez dorado y ardiente de los agostos mexicanos. Son novedades que no aparecían relatadas en tus cartas y no me gustan. Las fábricas y su rutina son tan antagónicas al viento (y a ti y a mí) como lo son la libertad a la corona. El avión tomará pista en un par de minutos: ¡Te extrañé tanto por tantos meses y ya voy a verte! El cielo sucio de tu ciudad me recibe como una asquerosa sonrisa de dientes amarillentos por la nicotina. Cortamos el smog de tu país, quizás ya lo respiro y esto ya es algo. ¿Habrá traducción al español para mi nombre? Lo ignoro. El lenguaje de tu tierra es autocrática como la lumbre y, para mí, musical como la lluvia. A ciento ochenta kilómetros por hora, tocamos en llantas de caucho la pista. Nos movemos cada vez con más lentitud... el avión ha parado totalmente: estoy llamando a tu casa. ”




Buscando Ítaca











Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca/
Debes rogar que el viaje sea largo…
(Constantino Kavafis/ Itaca)


Hace décadas partí.
Abandoné Ítaca, la de muros blancos, playas cristalinas.
Y ahora que intento regresar, extenuado de la guerra,
Yo te pregunto a ti,
¿En dónde está Ítaca, viajero?
¿Me reconocerán su aire, su playa, sus muros blancos?
Si ya no me conozco yo, si ya dejé atrás tanto
Si ya no recuerdo el camino de vuelta,
Si quedaron en algún lugar mi equipaje y mis días
¿A dónde volver, si es que vale la pena volver a algún lado?
¿En dónde está Ítaca, viajero?
Llevo en la memoria mil deseos muertos
Banderas arriadas
Retiradas al amparo de la noche
Sueños muertos de sed y frío
Pero ningún recuerdo de mi infancia,
Ni un ladrillo que sea mi casa
Ni un terrón de suelo amado
Por eso vago - es cierto - y la brújula quedó guardada en algún lado,
O ronda perdida en algún tiesto, con la carátula quebrada y el Norte inútil.
Y si no existe ya Ítaca,
¿Cuál playa es la indicada?
¿A dónde descansará la proa de las negras naves?
Yo te pregunto a ti, viajero,
¿Existió Ítaca alguna vez?
¿Valdrá la pena seguir buscando?

jueves 17 de septiembre de 2009

"Mas vale morir de pie..."










"Más vale morir de pie, que vivir de rodillas..."
- Miguel Hidalgo
(Septiembre de 1810)


Firmaste la carta y leíste otra vez la última frase. Sí, era un buen remate para una carta, Miguel, pero los gritos - esos gritos insoportables - no te dejaban en paz. Todos ellos estallaban dentro de tu cabeza. Todos eran de dolor y de guerra, de muerte.

Afuera del improvisado despacho desde donde escribías tu correspondencia, ardía ferozmente Guanajuato. Cerca, en la Alhóndiga de Granaditas, todos los españoles de la ciudad que se habían atrincherado allí habían sido pasados a cuchillo sin miramientos: hombres, mujeres, niños. Todos. Paradójicamente, el intendente Antonio Riaño, el líder de la resistencia española, había sido buen amigo tuyo.

Muérete de vergüenza, Miguel, con artimañas le habías pedido prestados a Riaño varios tomos de su magnífica "Enciclopedia" - la edición francesa de Denis Diderot- para aprender cómo fundir bronce y hacer cañones, como reparar mosquetes, como fabricar armas: indirectamente llevabas en las manos la sangre de un buen amigo.

Tu escasa artillería, dirigida por Mariano Jiménez con algo de habilidad y mucha suerte, escupió metralla y balas sólidas de fierro toda la mañana hasta que la Alhóndiga y los barrios circundantes eran solo ruinas humeantes.

Para entonces, ya había surcos de sudor y lágrimas de arrepentimiento en tu rostro cubierto por el polvo generado por tanta demolición. Ignacio Allende, el verdadero líder militar de la revuelta, te encontró repartiendo extremas unciones y pidiendo perdones aquí y allá.

Lo viste enorme, montado en su caballo negro como la guerra, traía el sable aún desenvainado, sus pantalones blancos de capitán de dragones tenían manchas color óxido de la sangre seca y lumbre en los ojos.

Te miró con algo parecido al desprecio, "Va a haber muchos muertos, Miguel" te había advertido hacía tiempo ya. Tú no escuchaste.

Creías cándidamente que la turba desorganizada que comandabas sería suficiente para lograr que las plazas del Bajío se rindieran ante tu ejército, una a una, sin un solo tiro, sin un solo muerto. Bueno deseos. Amargos despertares. Allende tenía razón, la tuvo siempre.

Y es que, aunque te pesara, Ignacio José Allende era un héroe nato: valeroso y enamorador, inteligente, buen táctico, estratega natural, inmune a todas las heridas aún cuando estuvo siempre en lo grueso del combate.

Allende te reprochó mil cosas. Era un soldado: los muertos le tenía sin cuidado. No era un desalmado, era un -excusando el término- un realista.

Algunos meses después de que escribiste aquella carta, convertiste esa frase en un grito de guerra.

"Más vale morir de pie, que vivir de rodillas".

Eso se lo repetías a los indios y los desamparados que te seguían como una plaga bíblica, sin mayor afán que la rapiña del que no tiene que perder.

Caían en combate como insectos, pues sus armas eran las mismas piedras del campo de batalla, los cayados del pastor o sus instrumentos de trabajo. Y esa conciencia tuya, Miguel, te era tan leal que no te dejó nunca, obligándote a ver a los moribundos, a los lisiados de tu guerra.

A Ignacio Aldama, el "abogado insurgente" le dijiste en secreto que ninguna independencia valía todo aquello. Pero ya no podías hacer nada al respecto, lo sabías.

Terribles errores provoca en el líder militar el sentimiento a flor de piel. Quién manda un ejército debe calcular un número de muertos y aceptarlo, por eso la guerra es uno de los caballos del Apocalipsis, pero tú eras un libertador que amaba la vida demasiado.

Así, a pesar de que la ciudad de México había perdido todas sus defensas tras la rotunda y casi definitiva victoria que obtuviste en la batalla del Monte de las Cruces, te negaste a tomar la capital de la Nueva España por asalto.

El ejército español que la defendía había sido arrollado por tus soldados improvisados, el estupor del gobierno virreinal era absoluto y las fuerzas españolas disponibles quedaban dispersas y lejanas.

Inexplicablemente, decidiste retroceder hasta Querétaro, pero tampoco quisiste tomar esa ciudad. Cuando alguno de tus soldados exclamaba, excitado, aquellas palabras triunfales de Guanajuato -"Aún quedan muchas Alhóndigas por incendiar"- te estremecías, preferías escapar.

Los fantasmas de los asesinados hijos del intendente Riaño te quitarían el sueño para siempre. Allende nunca te perdonó eso, y simplemente en las juntas del Estado Mayor Insurgente te llamaba cobarde y miserable. Los líderes de esa accidental guerra de Independencia que empezó con vivas al rey de España, ya eran agua y aceite.

Autonombrándote Generalísimo, ordenaste varias retiradas a tu ejército victorioso, que se desmoralizó, enflaqueció por la deserción, perdió el respeto del enemigo y terminó perdiendo en todos lados.

Tú sabías que la amalgama de ese ejército era el odio. Una nación, como a un hijo al que se le espera con ansia, no puede nacer del odio. Eso pensaste tú, Miguel. Decidiste esperar. No sabías qué, pero decidiste esperar. No te diste cuenta que un ejército que huye está condenado a la derrota.

Los españoles se reorganizaron. El mando de los ejércitos realistas - que estaba formado por nativos de estas tierras, por lo que nuestra guerra de Independencia tiene mucho de guerra civil - le fue entregado al feroz general Félix María Calleja, "Culo de Fierro", y el resto del cuento es del domino público.

Te venció en Puente Calderón y también en Aculco. Eran batallas a las que Allende se oponía: no se debían comprometer los indisciplinados ejércitos insurgentes. Supo que la gran oportunidad se había perdido en el Monte de las Cruces.

Tu formación de clérigo te permitía buscar un perdón, pero su formación como militar le impedía aceptar la derrota como camino de redención.

La ruptura entre ambos y tu falta de decisión a las puertas de la ciudad de México significó el alargamiento de nuestra guerra de independencia por diez larguísimos años más: eres el gran humanista de nuestras guerras, porque trataste de evitar el sufrimiento de tu nación, olvidando que los partos son dolorosos.

Leales a pesar de todo – a pesar de ti mismo - los insurgentes de 1810 cayeron contigo: Aldama, Allende, Jiménez...

Última paradoja, Miguel, rápido, ahora que ya viene por ti el pelotón de fusilamiento.

Los tribunales eclesiástico y militar se quisieron vengar de tí, sin lograrlo: por órdenes directas del virrey, fuiste condenado a ser fusilado atado en una silla de madera.

"Más vale morir de pié que vivir de rodillas..."

sábado 5 de septiembre de 2009

Dancing Queen












“The reason that the all-American boy prefers beauty to brains is that he can see better than he can think…”
(Farrah Fawcett, 1947-2009)


Don Antenor Patiño, fíjense Ustedes, murió un día dos de febrero.

En el mismo día en que se conmemoraba el aniversario luctuoso del acaudalado millonario boliviano – si es que alguien todavía lo recuerda - festejaba su cumpleaños nada más y nada menos que Farrah Fawcett.

Don Antenor heredó un imperio minero: controlaba como el implacable mercenario que fue el precio internacional del estaño - del que Bolivia era el mayor productor mundial - y cuando la revolución boliviana de 1952 nacionalizó los extensos complejos mineros del poderoso Grupo Patiño, el enrabiado multimillonario provocó la caída del precio internacional del estaño, organizando después un golpe de estado que derrocó al gobierno, provocando el caos.

Vivió poco en Bolivia, Don Antenor: odiaba a su país y a su gente.

Este sentimiento se renovaba cada mañana, cuando se veía al espejo y este arrojaba un rostro de pómulos prominentes, tez de bronce, nariz chata: la fisonomía andina del indígena puro.


En cambio, amaba Europa. Coleccionaba barones y duquesas para adornar sus fiestas. Cuando los motivos para celebrar eran lo suficientemente importantes, lograba que aristócratas segundones – príncipes daneses, condesas italianas – acudieran a sus salones y alternaran con algunas aves del paraíso como Salvador Dalí o Pablo Picasso, a los que nunca les compró un centímetro cuadrado de lienzo pero que eran indispensables si esperaba llegar a ser algo más que un indígena adinerado viviendo en Paris.

Un día se le metió entre oreja y oreja invertir en bienes raíces. No, no lo haría en un país de ingratos como Bolivia. Tampoco lo hizo en Europa, donde los trámites eran engorrosos y los sistemas tributarios eficaces. Prefirió México, y adquirió la que sería la esquina más cara del país, una donde se podía ver al Ángel de la Independencia como deben hacerlo los millonarios sin escrúpulos, tanto de México como de cualquier otro país: hacia abajo.

En esa equina se alzó el hotel María Isabel, llamado así en honor a una de sus hijas, producto de un matrimonio de conveniencia llevado a cabo por su padre con una mujer que aprendió muy pronto a despreciarlo: Maria Cristina de Borbón y Bosch-Labrús, III duquesa de Dúrcal y Grande de España. María Isabel – su hija predilecta - moriría en labores de parto años después.

De la señora marquesa fue la idea de construir una casa de playa en alguna playa mexicana virgen y remota, sin el oropel barato de Acapulco, sin el voyeurismo de Puerto Vallarta: sería una casa grande, un club de playa privado.

En la península de Santiago, en Colima, descubrieron una playa en que por las noches de luna llena se veían siluetas misteriosas danzando sobre el rompiente de las olas. Los navegantes españoles que zarpaban del la desembocadura del río Salahua hacia las Filipinas llamaron a aquel lugar “playa de las hadas”.

La casa fue diseñada por Jose Luis Ezquerra y su ejecución duró diez años. En 1974 acudieron trescientos invitados a la fiesta más dispendiosa en la historia del estado, pero para 1976 don Antenor Patiño vivía enfermo y casi arruinado: una de sus hijas vendió a sus espaldas la enorme casa de playa y sus nuevos dueños lo convirtieron en un hotel de arquitectura fantástica. Las Hadas.

Y bueno, todo esto tuvo que ocurrir para que a principios de febrero del 78, apenas anocheciendo y con nueve años encima, yo me asomara furtivamente dentro de una palapa amplia y abierta que era la “discoteca” del hotel: ahí, a media luz, Farrah Fawcett bailaba sola mientras una canción nueva, Dancing Queen de Abba, se iba desgranando en el aire, nota por nota.

Ojos cerrados, pies descalzos, jeans deslavados y justos, una playera de algodón roja – del mismo tono del célebre traje de baño inolvidable de su póster que vendió ocho millones de copias – y despachando un trago tras otro, Farrah Fawcett celebraba sola su cumpleaños treinta y dos, dividida entre su matrimonio en proceso de demolición con Lee Majors y su tormentoso romance en puerta con Ryan O’Neal.

Leslie, el barman, pretendía no verla, manteniendo la vista baja, ocupado en pulir la barra de mármol, en limpiar los vasos largos a conciencia, eso sí, con la ginebra atenta, la licuadora impecable, por si antes de marcharse a su suite, la mujer más deseada del mundo pedía otro trago, solo uno más, para irse temprano - y sola - a su habitación.

Ella bailaba suavemente – imagínense - sin hacer ruido, levitando sobre el fresco piso de cemento pulido, con un atisbo de curvatura en los labios, muy distinta a la que la convirtiera en la reina de los comerciales de Ultra Brite. Era una de esas sonrisas satisfechas que no le regalas a nadie, que logras al recordar una travesura de hace mucho tiempo, o cuando disfrutas un futuro inalcanzable, o cuando cometes el crimen perfecto: una sonrisa que pocos se pueden dar el lujo de tener alguna vez.

Verla era el mar: un azote de tendones corriendo marea arriba, desde sus pantorrillas hasta las caderas. El suave látigo de su espalda, tersa y perfecta, que terminaba en el oleaje dorado de la cabellera más envidiada del planeta.

Nunca había visto algo parecido.

Ese mismo año, la Farramania estaba en su apogeo y todas las semanas se publicaba algo sobre ella, al punto que la revista New Times Magazine – de corte político liberal – reconocía en un número de ese año que “en esta edición (lo sentimos mucho) no encontrarán nuestros lectores mención alguna sobre Farrah Fawcett”.

Y, cosas de un México más ingenuo pero igual de cruel y desigual que el de ahora, nadie la molestaba. Ni un solo paparazzo se adentró en el hotel, ni se ocultó entre las buganvillas o se colgó de alguna palmera para robar fotografías. Ningún mesero le pidió un autógrafo.

El fade out de la canción me sorprendió viéndola desde la entrada y ella sonrió. Sonrío como en los comerciales. Dejó el trago a medias: un discreto y silencioso carrito de golf se deslizó a la entrada para llevarla hasta su habitación. Lo vi hasta que se perdió en aquel laberinto de muros blancos.

La playa estaba a la vista y esa noche había luna llena. Las hadas danzaban, lejanas, sobre el oleaje, pero no les presté atención: yo ya las había visto de cerca – o al menos había visto una, la más bella de todas – bailando suavemente Dancing Queen.




Bufanda Roja




En memoria,
SCR
(1928-2006)


Cuando esto termine, voy a comprarte una bufanda roja.
Una como la que alguna vez, hace muchos años, vimos en el aparador de una tienda del centro. Era julio, y decidiste no comprarla, pues ya no era temporada de llevar bufandas.

Yo tenía siete años, lo recuerdo como si fuera ayer: bajamos al puerto y visitamos los muelles, fuiste señalando cada barco anclado en la dársena. Leíamos sus nombres sobre los cascos inmóviles y las banderas desplegadas por el viento apacible del Golfo. Cuando no conocíamos los países correspondientes a cada bandera, inventábamos países y banderas, y terminabas convenciéndome que la geografía era sumamente importante: "Imagínate que estás en un país y no sabes como se llama – me preguntabas - ¿Pues entonces cómo le haces?".

Cuando llegó el verano siguiente y fui a visitarte, pude adivinar todas las nacionalidades de los navíos del puerto, y me sentí muy contento, pues ya había solucionado un problema que se me había metido en la cabeza desde mi visita anterior. Ahora que puedo viajar solo, si me pierdo en un país lejano, al menos puedo presumirte que sé como se llama.

Después de ver los barcos, dimos una vuelta en lancha, hasta un restaurante que, según creo, estaba en medio de alguna bahía. Te daba risa que yo me pasara un buen rato buscando camarinas entre mi orden de mariscos, pues solo había camarones, y según yo, eso no estaba bien. Recuerdo que un marino me trató de convencer que podía haber jaibas y jaibos, pero no camarones y camarinas: no le creí. Esto tal vez lo haya soñado esa misma noche, pero de lo que sí me acuerdo es de haber regresado a casa agotado por el calor, por la emoción y porque el día me había parecido demasiado corto.

Ahora que le doy una vuelta a mis recuerdos, pasaron ya treinta años desde entonces, y nunca volvimos por la bufanda roja que tanto te había gustado.

Ese mismo día, o el siguiente, fuimos a dar una vuelta en helicóptero. Cómo lo lograste, a quién tuviste que convencer, nunca lo supe, pero recuerdo que sonreías cuando el piloto del helicóptero, uno de verdad, con galones dorados en las bocamangas del uniforme, me subió a la cabina, que era una burbuja de cristal. Sobrevolamos el mar, los muelles, y los manglares, que seguramente ahora ya han sido destruídos por el crecimiento del puerto y por nuestra irresponsabilidad suicida. Pasamos cerca de algunos pinos que crecían casi al filo del agua y recuerdo haber visto una solitaria pieza de artillería que apuntaba al mar abierto desde aquel pinar. Recuerdo que te pregunté porqué estaba ahí, y me dijiste que estaba ahí "para hacer pinole al enemigo si se acercaba". Reímos mucho, porque entonces dijiste que el enemigo era un tal masiosare, el fulano ése del himno nacional, que siempre estaba haciéndole maldades a los mexicanos.

Recuerdo – el verbo de este sueño es recordar – que reí mucho ese día, pero no sabría decir cual de todos los días en que te acompañé a pasear fué, pues siempre reía contigo. Ahora que me doy cuenta, me quedó un sabor extraño en la boca, un sabor dulce que nunca me llegó a empalagar, pero que todavía me falta definir con la precisión de un diccionario.

De lo que sí me acuerdo, es que cuando alguien mencionaba tu nombre, de inmediato saltaba a mi mente el verano, el color rojo o el naranja. Tal vez se me quedó fijo en la mente lo de la bufanda, por eso tu nombre desde ese día tiene algo que ver con el calor del verano, con el viento tibio acariciando mi cara cuando sacaba la cabeza y los brazos por la ventanilla del coche, cuando tomábamos aquella carretera llena de hoyancos que hoy está igual de maltratada. Tu nombre, además, tiene el sabor de un helado, comprado a escondidas solamente para mí, que siempre era de sabor diferente, pero que desde entonces no he vuelto a probar en ningún lado, y es que nadie ha inventado aún el sabor a complicidad inocente, de verano de hace treinta años del que me acuerdo con todo detalle.

Recuerdo una noche – pero seguramente fueron varias - en que el calor era intenso, y mejor salíamos a ver las estrellas a la terraza, pues la casa era un horno. En la oscuridad de la noche sin luna, las observábamos en silencio. Instantáneamente viene a mi el recuerdo del olor a mangos dulces, pues sacabas un par de ellos del refrigerador, para que los comiera en silencio, y mientras veíamos el cielo, el aroma suave a fruta nos envolvía calladamente. Algunas veces vimos pasar un aerolito: un rayita blanca en el telón de fondo, que duraba unos cuantos segundos. Otras veces nos acompañaban los ladridos de los perros de la casa, que se alborotaban por cualquier cosa, pero nunca nos alcanzó la madrugada, pues antes llegaba el cambio de la marea. Una leve brisa de mar soplaba tierra adentro, refrescando la casa, llenando sus rincones, y escuchábamos desde la costa la sirena larga y grave de un barco que abandonaba el puerto para cruzar el Golfo de México. Me decías que seguramente algunos pasajeros iniciaban un viaje largo, y yo los imaginaba casi entre sueños, agitando pañuelos blancos desde la barandilla.

Eso fue hace tiempo, pero lo recuerdo ahora mismo como si hubiera sido ayer.

Cuando esto termine – me repetía entre sueños – voy a comprarte una bufanda roja. Volvía a subir al helicóptero, a tener siete años, a montar una lancha, a contar los barcos en la dársena, como en aquel día que no recuerdo cuál fue, pero que fueron muchos.

Desperté al sentir unas insistentes palmaditas en la manga de la gabardina. Un médico se inclinaba a mi lado. Recordé que estaba en una sala de espera, en el pabellón de cuidados intensivos, y sentí un frío atroz. Amodorrado, pregunté "¿Ya?". El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza. " Fue a las cinco y media, apenas hace unos minutos... no hubo dolor".

A lo lejos, escuché una sirena. Un barco partía y su única pasajera me agitaba un pañuelo blanco desde la barandilla, a manera de despedida.

Cuando esto termine - te lo prometo - voy a comprarte una bufanda roja.

martes 18 de agosto de 2009

EL BLUES DEL AUTOBÚS




Pues sí, tengo tres semanas con el auto arruinado, y como por lo pronto no tengo dinero para que el mecánico le meta mano, decidí dejarlo a la sombra de un árbol (al auto, se entiende, el mecánico creo que está en su taller), y, de paso, disfrutar de las maravillas del transporte público de esta mezcla de Ciudad del Conocimiento, Chicago de Al Capone y reino de los Teletubbies en versión platanera en que se ha convertido la Sultana del Norte. Esto último lo digo sobre todo por Adalberto Madero, que es alcalde de una extraña ciudad: “Montedey”.

Como update, Monterrey acaba de cambiar de un alcalde gangoso a un alcalde que robó en uno de los lugares de los que los políticos se mantienen bien apartados: una biblioteca. A joderse.

Volviendo al tema, confieso que volví a ser peatón. Y, naturalmente, a estas alturas empiezo a tomarle un coraje horrible a las clases altas: estoy desarrollando algo que mi profe de metodología llama “conciencia de clase”, y ya hasta el poseedor de un volkswagen modelo 94 se ha convertido, ante mis ojos, en un maldito pequeño burgués, de esos que los soviéticos (Stalin no ha muerto: ¿ya vieron una foto reciente de Fernández Noroña?) confinaban a los gulags de Siberia.

Si sigo en esta espiral de decadencia, terminaré como militante perredista, o lo que es peor, como fanático de los Tigres.

Aprendí a evitar las horas pico, a perder la pena de buscar monedas de a cincuenta y veinte centavos en los bolsillos para completar el pasaje, a pedir cambio en monedas de a dos pesos en los Oxxos, y a dar de baja algunos hábitos arraigados, como dominar mi natural inclinación a proteger mi espacio vital: he ampliado mi conciencia para darle cabida a descubrimientos interesantes, por ejemplo, que cuatro personas pueden ocupar el mismo sitio al mismo tiempo sin conocerse, sin saludarse y, lo que es más raro, también sin desvestirse.

Dirán a estas alturas que qué carajos tengo. Que qué importa esto de subirse a un maldito camión. Que millones de mexicanos lo hacen. Que hay gente sin piernas y transitan por la vida en una Avalancha, de esas que regalaba Chabelo, digo, para irnos al extremo. O que hay cosas más importantes, como el calentamiento global, la posibilidad de que un negro se convierta en presidente de los Estados Unidos - como si importara: el tipo podrá ser esquimal, igual nos va a joder a nosotros y a los afganos - o el hecho terrible de que nadie, ni el Secretario de Hacienda, sepa como se va a pagar el IETU. Y tienen razón, pero como el calentamiento global no me lleva de mi oficina a mi casa, y viceversa, decididamente lo del camión me preocupa más.

Total, ya lo decía Napoleón (me refiero a Bonaparte, no a González Urrutia): “los hombres siempre atenderán sus intereses, más que a sus derechos”.

Aclarado el punto, volvamos al tema: por lo pronto superé etapas como la negación, esa angustiante sensación como de león perdido en el taller del taxidermista, para entrar a la más atroz del proceso, que es la aceptación.

Descubrí que en esta etapa se transita por algo que he definido como el Síndrome de Roberto Benigni, (Si, el tarado de Buongiorno principessa!) en el cual recurres a contarte mentiras piadosas para evadir tu propia miseria.

En mi caso, imagino que no voy en camión de ruta atestado, disfrutando el reggetón más selecto, sino que soy un rock star abordo una limusina brasileña con chofer y cuarenta de mis más adictos groupies, pensamiento que se reafirma sobre todo en horas pico, cuando las involuntarias pasteleadas son de rigor.

Y digo que son involuntarias porque, al igual que Ana Frank, estoy convencido que la gente es esencialmente buena.

Claro, mientras que no me vaya igual que a ella…

¡Salud y república!

lunes 17 de agosto de 2009

TREN DE LARGO RECORRIDO

Subimos al vagón de Metro como todos los días, siempre a la misma hora para hacer el mismo recorrido. A veces, ella reconocía a algún pasajero: intercambiaban sonrisas, saludos breves, señales de reconocimiento, esas que se dan entre extraños cordiales.

La acompañé en silencio, como suelo hacerlo, hasta el portón de la escuela. Esperamos brevemente, pues a las cinco en punto salen los niños con sus libros y su gritería, rodeándome, perdiéndome un poco entre ellos, como entre un cardumen de peces dorados. Uno de ellos la toma siempre de la mano y caminamos los tres de vuelta a la estación, mientras el sol se escurre por las ramas de los árboles, entre la tristeza y el poniente.

En invierno, cuando oscurece temprano y las luces interiores del vagón tardan en encenderse algunos minutos, ella descansa la barbilla sobre su pecho, como si dumiera, pero en realidad se despide del mundo brevemente para acariciar con ternura el pelo del niño adormilado en su regazo. Entonces el tiempo parece detenerse, mientras ellos se arrullan con el continuo deslizar de las ruedas viajando sobre rieles. A veces, si forzo la vista un poco más, puedo verla llorar en silencio, como suelen hacerlo las mujeres fuertes.

Entonces me doy cuenta del paso de los meses, de los días, y me siento infinitamente triste por haberlos dejado solos, sin haber escrito una nota de despedida.

NIÑA VESTIDA DE MARIPOSA

NIÑA VESTIDA DE MARIPOSA

Hoy que abrí la ventana
pasó una niña disfrazada de mariposa
después de saber que se inició la guerra
ésta fue una buena noticia
me refiero a saber que no se entera
que todavía no sabe
eso que otros niños sobrellevan
de una manera,
que es odiando
o de otra,
que es muriendo.
Ustedes saben a qué me refiero.
No me vio,
ni al caso que lo hiciera.
Iba concentrada en hacer bien su papel
en el festival de la primavera
llevaba un leotardo negro
y alas verdes de gasa a la espalda
ignora que vive milagros pequeños:
(como la mano de su papá
llevándola tarde a la escuela)
y son un lujo caro
de los que ojalá nunca se dé cuenta.
Ahora que no cuenta el Hombre
(lo digo filosóficamente hablando)
ése que inventó la rueda
aquel que dominó el fuego
y que celebran al que miente
o respetan al que mata
necesito un milagro diario.
Aclaro: no soy creyente,
pero creo que a veces Alguien lo manda
les diré mi secreto:
Hoy que abrí la ventana...

martes 2 de diciembre de 2008

NABUCODOONOZOR ESQUINCA, ALIAS "PANTERA ROJA"








“Y retiemble su centro la tierra...”


Esa era la frase que usaba mi abuelo para darle énfasis final a alguna discusión o plática. O sea, quería decir que después de lo que había dicho, pues nada, todo estaba completamente de más.

A veces era cierto, pero la mayoría de las veces estaba en un error que no le importaba corregir... pero me estoy adelantando.

Empiezo por presentar a Ustedes al personaje. Nabucodonozor Esquinca nació a la vuelta del siglo, por ahí de 1910 ó 1915. No lo recuerdo bien. Y él menos. Contaba que era de La Laguna, pero el recuerdo más presente de su infancia, era que la gente en Zacatecas se detenía, a diario, a las once de la mañana para tomarse un mezcal y combatir el frío. Según esto, todos lo hacían: las damas, los caballeros, los ancianos... los niños obviamente no. Añade que no era raro que la “gente decente” entrara unos minutos a cualquier cantina a beberse un caballito de mezcal, colocar algunas monedas de cobre en el mostrador, y despedirse. Y eso es todo lo que recuerda de su infancia, salvo uno que otro ahorcado colgando de los postes de telégrafo, durante la revolución cristera.

Le he ido siguiendo las huellas a sus cuentos, y de ahí he ido hilvanando algunas cosas. Cotejo la historia real con los recuerdos, sacando las conclusiones pertinentes.

Por ejemplo, existe una foto de uno de sus hermanos pequeños. En la imagen, el niño tendría cuatro o cinco años, pero se le ve ataviado con uniforme militar, gris oscuro, propio de los soldados alemanes de la era nazi. En la cabeza lleva una gorra cuartelera con una siniestra calavera plateada: la totenkopf, el pelo lo lleva cortado a cepillo. Parecería una imagen salida de la propaganda alemana, pero al calce se lee un mensaje supuestamente escrito por el improvisado guardia de choque, pero que indudablemente es de mi abuelo: “Aquí estoy, rumbo a Estalingrado, Septiembre, 1942”. La caligrafía, rimbombante y barroca, no eran de un niño como el de la foto, si no que era un añadido del abuelo, que entonces, como el 60% de los mexicanos, era germanófilo.

Incluso don José Vasconcelos creía en esas burradas de la súper raza, de ahí lo de la “Raza Cósmica” y todo aquello. Precisamente al final de la batalla de Estalingrado, y con nuestro país declarándole la guerra al mismo tiempo a Alemania, Italia y Japón, (eso es tener huevos, digo yo) los mexicanos decidieron unirse a regañadientes al esfuerzo aliado, y el aquí biografiado no fue la excepción.

Por cierto, seguramente el hermano de mi abuelo agradecerá no haber estado “camino a Estalingrado en septiembre de 1942”, pues para febrero del año siguiente, los alemanes y sus aliados rumanos e italianos ya eran pasto para los zopilotes.

Mi abuelo fue piloto, estuvo en el Pacífico, junto con el reducido contingente nacional que combatió en la liberación de las Filipinas con el escuadrón 201.

Era el peor de todos ellos, como alguna vez lo reconoció, pero su talento como oficial meteorólogo era innegable. Después de su tercer aterrizaje de panzazo con un avión caza nuevecito, lo dejaron detrás de un escritorio. Fue una decisión sabia. Así que, después de todo, el abuelo sí marchó al frente, aunque no al ruso, como solía fantasear.

Le decían “Nabo”, aunque el apodo no era de su agrado, como pasa con todo mundo: insistía en ser llamado Pantera Roja, que era el “call name” que usaba para comunicarse por radio cuando volaba, nadie recordaba quién era el tal Pantera Roja, hasta que algún compañero tenía un chispazo de inspiración “Ah, es el cabrón del Nabo”, y entonces volvía a ser el Nabo para todo mundo.

Tras la guerra, siguió de uniforme un rato en la Fuerza Aérea Mexicana, lo suficiente para terminar de aburrirse por pertenecer a una institución relegada al olvido. Se quejaba: en las Filipinas, todos los días los pilotos mexicanos salían a tres o cuatro misiones diarias, misiones que los pilotos yankees rehuían hacer, pero que en tiempos del presidente Alemán - cuando mencionaba ese nombre, escupía al suelo un gargajo oscuro y pastoso - la hierba crecía sin control en los hangares, e incluso entre el fuselaje de los aparatos aparcados.

Se retiró antes del poco conocido “incidente guatemalteco”, cuando Guatemala casi invade México, el cual por falta de un ejército decente, tuvo que encargar su seguridad a la diplomacia brasileña y norteamericana.

Antes de volver a la vida civil, Nabo dibujó la mascota del escuadrón de caza 202, el fantasma Gasparín con una ametralladora en las manos. Era una broma cruel: en el papel, el escuadrón sí existía, pero en la realidad, algún generalote, o quizá el presidente mismo, se había embolsado el importe por la compra de doce aviones jet, por lo que los pilotos del 202, pasaban sus días jugando a las cartas, o escribiendo obscenidades en los sanitarios de la base de Ixtepec, Oaxaca.

Tengo otras fotos de él. Tengo un par de cuando fue capataz de una finca de hule, en Colima. En ella, se le ve orgullosamente de pie sobre el asiento del conductor de un jeep Willys. Lleva un casco tipo sarakoff, fornitura al cinto (sin arma, claro) y una mirada solemne, que más que la de un encargado de un rancho chiclero, es la de un amito blanco en una mina de diamantes en el Congo belga.

De esos años surgió la expresión esa de “y retiemble en su centro la tierra”: se quejaba amargamente de que el Himno Nacional estuviera escrito “Y retiemble en sus centros la tierra...” pues decía que era un error fatal suponer que la tierra tiene varios centros. Otra cosa peor: que la gente al entonarlo, cantara “Y retiemble en sus centros la tieee-rraaa” lo cual – según su opinión – era de un afeminamiento aborrecible.

Para él, el Himno era una cuestión de virilidad y marcialidad absolutas, por tanto, la entonación adecuada era “Y retiemble en sus centro la Tierr-a”. Nada más. Seguramente esos años fueron de completo ocio, pues solamente en esas circunstancias a alguien se le pueden ocurrir semejantes cosas.

Poco después vivió en Mulegé, en la punta sur de la península de Baja California. Ahí conoció a Raymond Chandler. Se hicieron amigos pronto por su afición compartida a los destilados mexicanos fuertes: sotol, mezcal, aguardiente o bacanora. A ambos los llevaban en carretilla a sus respectivos cuartos de pensión después de las horribles borracheras que protagonizaron.

El resultado de tanta inspiración fueron las novelas policíacas que Chandler publicaba con mucho éxito en los Estados Unidos.

Una noche, mi abuelo se adelantó al bar. En el bolsillo de la camisa llevaba una carta en la que su esposa, cansada de esperar a que regresara, a que creciera, o lo que ocurriera primero, anunciaba que lo abandonaría irremediablemente. Claro, él la había abandonado primero: mientras que la paciente mujer permanecía en Torreón, que es un pueblo aburridísimo, él se pasaba los días brincando de un puesto excéntrico al otro, siempre lejos de casa, y sin aportar un solo cinco.

El escritor gringo lo descubrió llorando en la barra. No era que le doliera el abandono. No. Le dolía el concepto: el concepto de ser abandonado le parecía atroz aunque él no se sintiera abandonado en absoluto. Raymond Chandler estaba azorado por aquel razonamiento tan prístino.

Esa noche, Chandler escribió una gran verdad: “No hay nada más triste, que un mexicano triste...”

Nabo, tras la resaca, ya no recordaba qué le había producido tanta tristeza pero celebró la frase lo suficiente como para que junto a la canción “A mi manera” de Paul Anka, que era su himno de batalla personal, tuviera la fuerza de un mantra tibetano.

Años después de la muerte de Raymond Chandler, Nabo se trasladó a otro lugar, pero se negó a decir a dónde, hasta la década de los 70.
Hasta entonces lo conocía únicamente a través de una serie de fotografías o de cartas que yo guardaba en un cajón: Nabo en la carlinga de un biplano amarillo; con uniforme militar caqui, cuando fue director de la Ciudad de los Niños ; pateando un cura, durante una manifestación de los seguidores del gobernador de Tabasco Garrido Canabal en los 30; con el barro hasta media pantorrilla, en medio de un arrozal inundado, estirándose los ojos hasta que estos eran un par de líneas oblicuas, como si fuera chino o vietnamita; entrenando a un perro pastor alemán a subir por una escala marinera (el perro se llamaba “Teutón”, por aquello de la germanofilia) y otras imágenes más, entre las que destacaban las que contenían al dorso mensajes grandilocuentes: “Así me observa la lente de la cámara, hacia 1956” o “Durante una misión, en la que la situación fue delicada por lo que únicamente consumíamos tortillas duras con tragos de aire, Isla de Formosa, 1944”, etcétera, etcétera.

Cuando finalmente lo conocí personalmente, sus mejores años ya habían pasado pero su memoria seguía siendo prodigiosa. Recordaba completa la obertura de una obra teatral, cuyo nombre no he vuelto a escuchar, pero que declamaba completita, con mucha soltura.

Siempre que llegaba de algún viaje, yo le pedía que la repitiera. Era una perorata nacionalista, pero me impresionaba su manejo de las emociones: lloraba, reía, podía enfurecerse cerrando sus manos en un par de puños funestos, o ver al horizonte como si la virgen le hablara:

“Desde el seno de las tinieblas, hasta donde ha descendido mi estirpe de águilas, vengo henchido de glorias y recuerdos de grandezas derruidas... ¡soy mi raza!”

Desde el comedor de la casa, podía escuchar a mi madre reclamando: Papá, ¡Vas a asustar a los vecinos! Y desde arriba, como un Hamlet mestizo, manaban contundentes los ríos de palabras:

“¡No arraigarán en suelo de mexica tus pinos y mis palmas! ¡No dejarán mis águilas al buitre hollar el pedestal de mis montañas! ¡Ni tu sangre unirás, de mercaderes, con mi sangre de dioses, que es sagrada; raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!”

Al final de una de estas largas recitaciones, y creo que el año era 1994, decidió dejar de hablar. Se retiró a un rincón de la casa donde solíamos él y yo pasar las tardes de verano jugando ajedrez.
Ahí escogió morirse.

Al retirar los de la funeraria su cuerpo del catre donde pasó esos últimos días, descubrí bajo las sábanas varios pliegos manuscritos con esa letra preciosista, la que solía utilizar cuando lo que estaba a punto de escribir tenía – al menos para él – alguna enorme trascendencia. Era la versión completa de ese poema, Aguilas y Estrellas, escrito para mí.

En medio de los pliegos de papel, había una fotografía en sepia, donde aparecía él a punto de declamar el citado poema, pero disfrazado de Cuauthémoc.

La foto la quemé: después de todo lo que he estado contándoles, seguramente esa imagen le quitará toda la seriedad al asunto.